El lamparón rosa
Las miradas de todo Bayreuth se clavaron en la apertura de esa temporada en Angela Merkel. No solo porque ese año ascendía a la colina, por fin, como candidata a la cancillería -primera mujer, crecida en la Alemania comunista, protestante, a los 51 años, etc-. También por el inoportuno lamparón en su traje de gala rosa. Un color arriesgado, a finales de mes de julio en que puede hacer mucho calor y, por tanto, se suda. El lamparón en la axila de la candidata a canciller era visible desde todos los ángulos.
Bayreuth es una mezcla de élite y provincianismo como solo puede darse en esa ciudad bávara. Los jardines que rodean al teatro se convierten todos los años, salvo tormenta, en picnic compartido entre los asistentes al festival y los mirones. Los que no pasan los entreactos en el restaurante Steigenberger o chiringuitos vecinos meriendan sobre la hierba, champagne francés incluido en la cesta de exquisiteces preparada en el hotel de lujo, bajo la mirada de los ciudadanos que subieron, de nuevo, a la montañita solo para ver quién entra y cómo va.
Por entonces la convivencia era casi perfecta. La vigilancia policial era discreta, sin aparatosos controles de seguridad, apenas una valla de protección entre el desfile vip y los mirones. El lamparón de la candidata no escaparía a las miradas, menos aún a los objetivos de las cámaras que, año a año, captaban llegadas, vestidos, sonrisas y saludos de los Wagner a sus visitantes, en perfecta formación ante su teatro. Ese año se había incorporado Patti Smith, fotógrafa y comentarista del universo wagneriano para "Die Zeit".
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| Foto: dpa |
El estreno de la temporada era un “Tristán” de Christoph Marthaler para el que la ortodoxia había precocinado ya su abucheo inaugural. La mezzosoprano sueca Nina Stemme tenía que hacerse perdonar no ser Waltraud Meier. La mezzo bávara era irrecuperable para el fue su festival de cabecera mientras siguiera bajo el dominio del viejo Wolfgang Wagner. La Isolda perfecta no regresaría, como tampoco lo haría la batuta de Daniel Barenboim ni tantos otros grandes, empeñados en pasear su amor a Richard Wagner por todo el mundo, menos por la verde colina.


