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| Foto: Marc Müller, dpa |
Tres tormentas en ciernes
+ Sucesión en el templo, relevo bávaro, hecatombe europea
Angela Merkel escogió ese año un hermoso traje verde, con un escote moderado, pero algo más pronunciado de lo habitual en la canciller, al menos en Baviera. Parece que no había escarmentado con el revuelo causado por otro escote aún más generoso y profusamente difundido en los medios, por lo inhabitual en la discreta canciller, con que se habría presentado en la ópera de Oslo unos meses antes.
Angela Merkel escogió ese año un hermoso traje verde, con un escote moderado, pero algo más pronunciado de lo habitual en la canciller, al menos en Baviera. Parece que no había escarmentado con el revuelo causado por otro escote aún más generoso y profusamente difundido en los medios, por lo inhabitual en la discreta canciller, con que se habría presentado en la ópera de Oslo unos meses antes.
A su lado, el catedrático wagneriano de todos los años. En unos meses cumplirían su décimo aniversario como matrimonio formal. Se la veía feliz, casi radiante, a punto de completar los dos tercios de su primera legislatura como canciller y tres años después de convertirse en la primera mujer, y primer ser humano crecido en la Alemania comunista, al frente de la Cancillería de la primera potencia europea.
La temporada abría con un nuevo “Parsifal”. Se suponía que iba ser menos abucheado que el de su antecesor, el terrible Christof Schlingensief. Lo firmaba el noruego Stefan Herheim, quien prometía una nueva incursión en las esencias de Germania y el mito de Parsifal, lo que en el código de Bayreuth significa remover fantasmas del pasado. O colocar, por lo menos, algún soldado desfilante con resonancias nazis.
Todo se ceñía al orden establecido. Pero nada era como siempre. A Wolfgang Wagner no lo acompañaba ya, como cada año, la que había sido su mujer, parapetada y sonriendo a su lado para dar la bienvenida al mundo wagneriano, ante la puerta del teatro levantado por orden del abuelo Richard. Gudrun, veinte años más joven que el patriarca, había muerto el noviembre anterior tras casi tres décadas de recepciones y vida en común. Las fanfarrias llamarían al visitante, como todos los años, al término de cada entreacto. Mandarían los tres avisos prescriptivos para que el visitante deje la cerveza o el helado, con tiempo para la última visita a los servicios. Merkel y la cúpula de Baviera estaban ahí, también como cada año. Pero a Wolfgang le faltaba su puntal.
La temporada abría con un nuevo “Parsifal”. Se suponía que iba ser menos abucheado que el de su antecesor, el terrible Christof Schlingensief. Lo firmaba el noruego Stefan Herheim, quien prometía una nueva incursión en las esencias de Germania y el mito de Parsifal, lo que en el código de Bayreuth significa remover fantasmas del pasado. O colocar, por lo menos, algún soldado desfilante con resonancias nazis.
Todo se ceñía al orden establecido. Pero nada era como siempre. A Wolfgang Wagner no lo acompañaba ya, como cada año, la que había sido su mujer, parapetada y sonriendo a su lado para dar la bienvenida al mundo wagneriano, ante la puerta del teatro levantado por orden del abuelo Richard. Gudrun, veinte años más joven que el patriarca, había muerto el noviembre anterior tras casi tres décadas de recepciones y vida en común. Las fanfarrias llamarían al visitante, como todos los años, al término de cada entreacto. Mandarían los tres avisos prescriptivos para que el visitante deje la cerveza o el helado, con tiempo para la última visita a los servicios. Merkel y la cúpula de Baviera estaban ahí, también como cada año. Pero a Wolfgang le faltaba su puntal.

