Foto @gemmacasa privat
Dämmerung o Teflón
+ de la bienvenida al refugiado a Pegida
Angela Merkel no iba a tener un decenio fácil. Se acercaba el momento de recordar los diez años de su llegada al poder. La solidez, el liderazgo sin estridencias, tal vez el desgaste: los periodistas preparábamos la pieza inexcusable para el 22 de noviembre, el día en que se cumplían los diez años del doble hito histórico, primera mujer y del este al frente de la Cancillería alemana.
Sólo que los años no son solo un suma y sigue. Tienen que discurrir.
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| Foto @gemmacasa |
Era la primera vez en que no viajaba sola a Bayreuth. El departamento de prensa no da entrada de acompañante ni siquiera a los más fieles seguidores mediáticos. Pero por fin había accedido a una de las codiciadas entradas para el público. A mi acompañante le tocó la primicia de fotografiar la fachada simulacro. Lo hizo con pasión. Le presenté, uno a uno, todos los restaurantes, chiringuitos, bares al sol y solariums que me habían salvado del hambre en mis visitas anteriores, una vez enviada mi crónica. La terraza del Steigenberger donde pre-escribía mis crónicas, en los entreactos, mientras los asistentes de verdad, lo que pagaron por su entrada, comían o al menos tomaban su tempempié. El aparcamiento-picnic donde los más ahorradores abren el maletero del coche y sacan su tentenpié. El puesto de helados de chocolate, el de champagne de verdad y el del falso, el kebab último recurso junto a la Hauptbahnhof.
Nos fotografió un japonés desde el balcón donde la fanfarria sale a marcar el fin del entreacto. Nos entregamos al universo wagneriano en pleno. Recorrimos el recién renovado museo de la Wahnfries Haus. No hay como ir acompañado para revisitar todo aquello que conocemos.
Merkel nos daba la espalda, como siempre, desde su palco. Todos la fotografiábamos sin disimulo ya desde la llegada a la cultura universal de los celulares. Era parte del ritual.
Fue otro final de julio de calor agobiante. Katharina era, por fin, dueña y señora en solitario. Eva se había desprendido de la dirección bicéfala. La biznieta más biznieta estrenaba, además, un "Tristán" más bien opaco, pero con grandes voces.
Baviera era por entonces un derechismo hasta civilizado. La ultraderecha se concentraba en Dresde, cuna de un movimiento que tal vez habría sido esperpéntico y fugaz, de no ser que todos los medios nos lanzamos a seguir cada uno de sus "lunes". Pegida, los llamados Patriotas contra la Islamización de Occidente, salía todos los lunes por la capital sajona. Del puñado de islamófobos pasamos a decenas de miles, en proporción parecida al crecimiento del circo mediático.
El esperpento de Pegida y sus cómplices, los medios, fue un preámbulo del que acabó resultando el año más difícil para Merkel. Siria ardía desde hacía años. Pero ese verano la crisis migratoria dejó de ser un tema informativo para hacerse realidad a Alemania. Los refugiados avanzaban. Baviera era su puerta de ingreso. La canciller de hierro no cerró fronteras mientras otros lo hacían. Y los lobos se lanzaron sonre Merkel.


