Finalmente la realidad atrapó a Bayreuth. 2015 fue probablemente un año decisivo en la "era Angela Merkel". Pero los efectos de su decisión de no cerrar fronteras y de la frase "Wir schaffen das" -"lo lograremos"- see plasmaron con toda contundencia en 2016.
Imposible escapar a la realidad, ni siquiera en el interior del teatro de Richard. En lugar de desfile de políticos y farándula, recibía al asistente un cartel dedicado a las víctimas de los actos violentos "en los últimos días".
La frase era premeditadamente ambigua. Cabían en ese recuerdo los nueve inmigrantes asesinados tres días antes en un centro comercial de Múnich por un adolescente germano-iraní. Fue en el aniversario de la matanza del ultraderechista noruego Anders Behring Breivik en el doble atentado de Utoya y Oslo, con 77 muertos. O a los heridos de un tren regional sobre los que se lanzó un afgano de 17 años armado con un hacha, también en Baviera, unos días antes. O a los asistentes a un festival al aire libre en Ansbach, a 20 minutos en tren de Bayreuth, 17 de los cuales resultaron heridos cuando un sirio de 27 años detonó la bomba que llevaba en la mochila.
El adolescente germano-iraní que tal vez quería emular al ultraderechista noruego se suicidó de un tiro en la cabeza. El afgano del tren regional cayó abatido por la policía. El de Ansbach no causó ninguna otra muerte que la suya propia. Estos dos últimos eran refugiados llegados con la crisis migratoria de 2015.
![]() |
| Foto @gemmacasa |
La noticia de este último atentado, el de Ansbach, se produjo justo cuando entraba en mi hotel de Bayreuth, la víspera de la apertura, decidida a soltar mi portátil sobre la cama y dormir. No era la primera vez que el mundo real del presente invadía mi propósito de sumergirme en Wagner en el mejor lugar del mundo para escuchar sus óperas, en definición de Richard. En esta ocasión llevaba ya demasiados días seguidos de atentados y muertes.
Llegaba a mi festival de tantos veranos tras pasar un par de horas en Duisburg, a 313 kilómetros, para hablar con los padres de una de las muchachas españolas muertas en el túnel de la "Loveparade" exactamente cinco años atrás. Visitarlo fue espeluznante. Un túnel vacío, tétrico, en el que habían muerto de asfixia y pánico 21 muchachos, atrapados en la ratonera producto de la desidia de las autoridades más la avaricia del organizador.
Lo que menos podía desear al entrar en la habitación del hotel era abrir de nuevo el ordenador para lanzar la noticia del atentado de Ansbach. Había recibido -y tratado de ignorar- en mi móvil algún urgente sobre una ambigua "explosión" en una ciudad bávara por la casualmente había pasado mi tren camino a Bayreuth. Lo siguiente fue resignarme a abrir ordenador y buscar informaciones fiables para trasladar los urgentes a mi redacción. Sobre la cama del hotel, de madrugada, mirando la franja roja de los informativos alemanes y el apoyo de una buena colega de guardia compartiendo la historia, probablemente en posición parecida, con el portátil sobre las rodillas, pero desde la cama de su casa.
La vecindad de esa ciudad bávara con Bayreuth significaba que al día siguiente me pasaría por ahí para tratar de contar esa historia, hablar con algún testigo, antes de vestirme más o menos bien, subir a la colina y asistir a la apertura de la temporada del festival al que todos los años me empeñaba en ir, con o sin golpe de realidad, con o sin noticias paralelas que atender.


