+ Schäuble, el soldado roto
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| Foto: alliance dpa |
Ni lo uno ni lo otro habrían justificado para mis patronos el dispendio que supone seis días de hotel en Bayreuth, más dietas, etc. Son cuatro las piezas, pero en medio suele programarse un día de “descanso”, lo que junto a la jornada previa acaba sumando seis pernoctaciones. Sin duda un detalle del festival al sector hotelero de esa ciudad de provincias bávara que todos los años, por cuatro semanas y media, se convierte en punto de peregrinación global.
Sí justificaba el viaje la presencia de un Sigmundo llamado Plácido Domingo. Era de cobertura obligada para un medio español, que acabó en jugada perfecta. En lo personal, porque la Siglinda de Sigmundo Domingo era Waltraud Meier, la más excelsa mezzosoprano a la que se puede aspirar en Bayreuth. La hija predilecta del festival.
Desde el periodístico, porque tras un par de llamadas el manager de Domingo me organizó una entrevista con el tenor.
El déspota Wotan acababa de matar a Sigmundo; el tenor español no tenía nada mejor que hacer hasta el fin de su "Walkiria", por lo que dedicó cortesmente al medio español un espacio de tiempo en ese entreacto. Acudió a la cita aún enfundado en su traje, el pelo revuelto, entre cenizas y abriendo un seductor abrazo en dirección a la maravillada periodista.
El déspota Wotan acababa de matar a Sigmundo; el tenor español no tenía nada mejor que hacer hasta el fin de su "Walkiria", por lo que dedicó cortesmente al medio español un espacio de tiempo en ese entreacto. Acudió a la cita aún enfundado en su traje, el pelo revuelto, entre cenizas y abriendo un seductor abrazo en dirección a la maravillada periodista.
Nada de lo que le explicó era relevante. Las frases comunes de esas situaciones. “Mi personaje es un héroe trágico, perseguido por el sufrimiento, cuya vida acaba justamente cuando encuentra la felicidad, cuando tiene a la mujer que ama y conoce, finalmente, a su padre”. Este tipo de cosas. Alabanzas a la “maravillosa” producción de Flimm, a la batuta de Sinopoli y, obviamente, a Meier.
Sobre el escenario, la pareja desplegaba sensualidad, pasión y voz. A Domingo solo le quedaba esperar la ovación final tras el último acto, razón por la cual no iba a desprenderse del traje de Sigmundo ni de las cenizas del pelo para un encuentro con la periodista estratégicamente colocado en una salita de ensayos del teatro.
La entrevista no sería gran cosa. Pero el mero hecho de tenerla era superar la reválida con sobresaliente. Era, por lo demás, la segunda ocasión que veía a Domingo aclamado en Bayreuth. La primera fue en 1995, en el "Parsifal" de Wolfgang Wagner y Sinopoli. Mi segundo ascenso al templo, donde el simple hecho de tener, por fin, una entrada era ya un triunfo. Ahora a ese privilegio se había incluido el de la entrevista y un estrecho abrazo del astro entre bambalinas, como se suele decir en esa terminología algo cursi cultural cuando no sabe uno exactamente como definir el lugar.
La entrevista no sería gran cosa. Pero el mero hecho de tenerla era superar la reválida con sobresaliente. Era, por lo demás, la segunda ocasión que veía a Domingo aclamado en Bayreuth. La primera fue en 1995, en el "Parsifal" de Wolfgang Wagner y Sinopoli. Mi segundo ascenso al templo, donde el simple hecho de tener, por fin, una entrada era ya un triunfo. Ahora a ese privilegio se había incluido el de la entrevista y un estrecho abrazo del astro entre bambalinas, como se suele decir en esa terminología algo cursi cultural cuando no sabe uno exactamente como definir el lugar.
Podía dedicar las restantes jornadas a dejarme llevar por un experimentado colega alemán a los sitios ritualizados para los entreactos. En el primero se subía al "Freiluftbad", el chiringuito y solarium, a 100 metros del teatro, tras uno de los aparcamientos. Gente etiquetada, periodistas o público selecto hacían cola entre los vecinos de Bayreuth en bermudas para comerse una salchicha.
Para el segundo descanso se iba al rústico “Mohren Blau”, colina abajo. Otro sitio donde tomarse una cerveza sin arruinarse, mientras nuevos ricos o ricos de verdad se reparten por los restaurantes oficiales vecinos, principalmente el Steigenberger. La entrevistadora de Sigmundo Domingo era ese año la mujer más afortunada de Bayreuth.
Felicidad entre lobos
La segunda mujer con razones suficientes para sentirse afortunada era Angela Merkel. Seguía siendo un cuerpo extraño, tanto en política como en Bayreuth. No encajaba en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Konrad Adenauer o Helmut Kohl. Tampoco en el templo wagneriano de Wolgang Wagner y la elite bávara. Pero se había apuntado el primer hito histórico. 1999 se cerró para ella y su partido con la ya incónica columna en la “FAZ” reclamando la “emancipación” del partido de Kohl, el coloso caído en descrédito. 2000 se había abierto con la confesión en la televisión pública, la ARD, del delfín del anterior, Wolfgang Schäuble. Reconocía haber sido el receptor de un donativo del comerciante de armas Karlheinz Schreiber, la pieza clave en ese entramado de donantes anónimos de Kohl. Aceptaba así explícitamente haber mentido ante el Bundestag, donde unos meses antes había sostenido lo contrario. Una semana después de la confesión, la cúpula de la CDU pedía a Kohl que dejara en suspenso la presidencia de honor mientras no diera la lista de sus donantes. A las pocas horas, el patriarca renunciaba al último cargo que se había autootorgado, pensando que adornaría su jubilación z convencido de que su presencia siempre sería imprescindible.
Para el segundo descanso se iba al rústico “Mohren Blau”, colina abajo. Otro sitio donde tomarse una cerveza sin arruinarse, mientras nuevos ricos o ricos de verdad se reparten por los restaurantes oficiales vecinos, principalmente el Steigenberger. La entrevistadora de Sigmundo Domingo era ese año la mujer más afortunada de Bayreuth.
Felicidad entre lobos
La segunda mujer con razones suficientes para sentirse afortunada era Angela Merkel. Seguía siendo un cuerpo extraño, tanto en política como en Bayreuth. No encajaba en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Konrad Adenauer o Helmut Kohl. Tampoco en el templo wagneriano de Wolgang Wagner y la elite bávara. Pero se había apuntado el primer hito histórico. 1999 se cerró para ella y su partido con la ya incónica columna en la “FAZ” reclamando la “emancipación” del partido de Kohl, el coloso caído en descrédito. 2000 se había abierto con la confesión en la televisión pública, la ARD, del delfín del anterior, Wolfgang Schäuble. Reconocía haber sido el receptor de un donativo del comerciante de armas Karlheinz Schreiber, la pieza clave en ese entramado de donantes anónimos de Kohl. Aceptaba así explícitamente haber mentido ante el Bundestag, donde unos meses antes había sostenido lo contrario. Una semana después de la confesión, la cúpula de la CDU pedía a Kohl que dejara en suspenso la presidencia de honor mientras no diera la lista de sus donantes. A las pocas horas, el patriarca renunciaba al último cargo que se había autootorgado, pensando que adornaría su jubilación z convencido de que su presencia siempre sería imprescindible.

