sábado, 4 de noviembre de 2000

2000, La segunda mujer más feliz de Bayreuth


Presidenta

+ Schäuble, el soldado roto

Foto: alliance dpa
Por fin, un “Anillo”. El primero al que se asiste en el Bayreuth es la reválida para todo aspirante a wagneriano. 2000, estreno de la tetralogía en el templo, con Jürgen Flimm al frente de la producción y Giuseppe Sinopoli a la batuta.

Ni lo uno ni lo otro habrían justificado para mis patronos el dispendio que supone seis días de hotel en Bayreuth, más dietas, etc. Son cuatro las piezas, pero en medio suele programarse un día de “descanso”, lo que junto a la jornada previa acaba sumando seis pernoctaciones. Sin duda un detalle del festival al sector hotelero de esa ciudad de provincias bávara que todos los años, por cuatro semanas y media, se convierte en punto de peregrinación global.

Sí justificaba el viaje la presencia de un Sigmundo llamado Plácido Domingo. Era de cobertura obligada para un medio español, que acabó en jugada perfecta. En lo personal, porque la Siglinda de Sigmundo Domingo era Waltraud Meier, la más excelsa mezzosoprano a la que se puede aspirar en Bayreuth. La hija predilecta del festival. 

Desde el periodístico, porque tras un par de llamadas el manager de Domingo me organizó una entrevista con el tenor.

El déspota Wotan acababa de matar a Sigmundo; el tenor español no tenía nada mejor que hacer hasta el fin de su "Walkiria", por lo que dedicó cortesmente al medio español un espacio de tiempo en ese entreacto. Acudió a la cita aún enfundado en su traje, el pelo revuelto, entre cenizas y abriendo un seductor abrazo en dirección a la maravillada periodista.

Nada de lo que le explicó era relevante. Las frases comunes de esas situaciones. “Mi personaje es un héroe trágico, perseguido por el sufrimiento, cuya vida acaba justamente cuando encuentra la felicidad, cuando tiene a la mujer que ama y conoce, finalmente, a su padre”. Este tipo de cosas. Alabanzas a la “maravillosa” producción de Flimm, a la batuta de Sinopoli y, obviamente, a Meier. 

Sobre el escenario, la pareja desplegaba sensualidad, pasión y voz. A Domingo solo le quedaba esperar la ovación final tras el último acto, razón por la cual no iba a desprenderse del traje de Sigmundo ni de las cenizas del pelo para un encuentro con la periodista estratégicamente colocado en una salita de ensayos del teatro.

La entrevista no sería gran cosa. Pero el mero hecho de tenerla era superar la reválida con sobresaliente. Era, por lo demás, la segunda ocasión que veía a Domingo aclamado en Bayreuth. La primera fue en 1995, en el "Parsifal" de Wolfgang Wagner y Sinopoli. Mi segundo ascenso al templo, donde el simple  hecho de tener, por fin, una entrada era ya un triunfo. Ahora a ese privilegio se había incluido el de la entrevista y un estrecho abrazo del astro entre bambalinas, como se suele decir en esa terminología algo cursi cultural cuando no sabe uno exactamente como definir el lugar.

Podía dedicar las restantes jornadas a dejarme llevar por un experimentado colega alemán a los sitios ritualizados para los entreactos. En el primero se subía al "Freiluftbad", el chiringuito y solarium, a 100 metros del teatro, tras uno de los aparcamientos. Gente etiquetada, periodistas o público selecto hacían cola entre los vecinos de Bayreuth en bermudas para comerse una salchicha. 

Para el segundo descanso se iba al rústico “Mohren Blau”, colina abajo. Otro sitio donde tomarse una cerveza sin arruinarse, mientras nuevos ricos o ricos de verdad se reparten por los restaurantes oficiales vecinos, principalmente el Steigenberger. La entrevistadora de Sigmundo Domingo era ese año la mujer más afortunada de Bayreuth.

Felicidad entre lobos


La segunda mujer con razones suficientes para sentirse afortunada era Angela Merkel. Seguía siendo un cuerpo extraño, tanto en política como en Bayreuth. No encajaba en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Konrad Adenauer o Helmut Kohl. Tampoco en el templo wagneriano de Wolgang Wagner y la elite bávara. Pero se había apuntado el primer hito histórico. 1999 se cerró para ella y su partido con la ya incónica columna en la “FAZ” reclamando la “emancipación” del partido de Kohl, el coloso caído en descrédito. 2000 se había abierto con la confesión en la televisión pública, la ARD, del delfín del anterior, Wolfgang Schäuble. Reconocía haber sido el receptor de un donativo del comerciante de armas Karlheinz Schreiber, la pieza clave en ese entramado de donantes anónimos de Kohl. Aceptaba así explícitamente haber mentido ante el Bundestag, donde unos meses antes había sostenido lo contrario. Una semana después de la confesión, la cúpula de la CDU pedía a Kohl que dejara en suspenso la presidencia de honor mientras no diera la lista de sus donantes. A las pocas horas, el patriarca renunciaba al último cargo que se había autootorgado, pensando que adornaría su jubilación z convencido de que su presencia siempre sería imprescindible.


Kohl ya no era solo el patriarca. Era el presidente honorario "en suspenso". Schäuble era ya insostenible como presidente de la CDU. En pocos días se reveló que no era solo un donativo, sino al menos dos, los recibidos del comenciante de armas Schreiber. La tesorera del partido, Brigitte Baumeister, alguien que no tenía por qué mentir, daba una versión distinta de cómo fue esa entrega. El 16 de febrero Schäuble anunció su retirada al frente del partido. Caía el delfín, se desmoronaba una amistad masculina que en realidad no lo fue nunca, si por amistad se entiende una relación entre iguales.

“La CDU se encuentra en la peor crisis de su historia”, dijo entonces Schäuble. La suya era más que la retirada del sucesor designado por Kohl. Era una especie de conmoción nacional. Schäuble era para sus conciudadanos la encarnación del sacrificio personal desde el atentado sufrido el 12 de octubre de 1990. Fue en un mitin del partido, en el “Gasthof Brauerei” de Oppenau, una pequeña población de la Selva Negra. Ahí tenía y sigue teniendo su distrito electoral. Apenas diez días antes había entrado en vigor el Tratado de Unidad que selló la extinción de la República Democrática Alemana, la RDA, y de cuyo redactado Schäuble había sido el arquitecto.



Foto: dpa
Lo uno no tenía nada que ver con lo otro. El atentado fue el acto de un enajenado de 36 años, que le disparó tres tiros a medio metro de distancia. Una de las balas le atravesó la mejilla derecha, la otra se le incrustó en la columna vertebral, la tercera fue al estómago de su guardaespaldas, un policía de 28 años. Sobrevivieron.

Sus primeras palabras, aún en el suelo, fueron “no siento las piernas”. Schäuble, entonces ministro del Interior de Kohl, de 48 años y padre de cuatro hijos, quedaría atado a su silla de ruedas el resto de su vida. Unas semanas después del atentado reapareció en público.

Fue el soldado leal, perfecto de Kohl. El eterno segundo que esperó y esperó a que el patriarca le traspasará las riendas. Kohl no dio ese paso al lado hasta su derrota electoral, en 1998. Todo parecía orquestado para la sucesión perfecta. Hasta que en 1999 estalló el asunto de las cuentas y la engorrosa versión de la tesorera. 

Semana a semana, en ese año 2000,  surgían nuevos capítulos en una historia que sacudía el partido de Konrad Adenauer y que había arrancado casi diez años atrás como una película de gansters: la entrega del maletín del comenrciante, en 1991, con un millón de marcos en un aparcamiento de Suiza al entonces tesorero del partido, Walther-Leisler Kiep. Kohl sostenía que esos donativos ingresados irregularmente -o sea, vulnerando las leyes de financiación de los partidos- se destinaban a respaldar la labor de agrupaciones regionales. “Cuidar el paisaje”, le llamó Kohl. No eran sobornos, a pesar de proceder de personajes como el comerciante de armas Schreiber.

Kohl cayó del pedestal; Schäuble, de la presidencia; padrino y apadrinado dejaron de hablarse. Y la sucesora en medio de esa crisis, la más grave de la historia de la CDU, en palabras de Schäuble , sería una mujer, crecida en el este y que había ingresado apenas diez años antes en el partido. La revolución en un partido de pesos fuertes masculinos con decenios de militancias. Merkel accedió a la presidencia de la CDU el 10 de abril de 2000, con los votos de 897 de los cerca de mil delegados del congreso del partido de Essen.

Unos meses después, en julio, ya no entraba en el teatro de Wagner como parte del desfile de wagnerianos o intrusos de todos los años. A la muchacha del este se la recibía como un VIP en la apertura de Bayeuth. El “Anillo del Nibelungo” de Flimm y Sinopoli también sería, de alguna manera, su reválida. Le acompañaba el wagneriano auténtico que era el profesor Sauer, Joachim. El discreto marido al que más o menos por entonces o tal vez un par de temporadas después se le empezó a llamar “el fantasma de la ópera” porque apenas se le veía en público si no era en esas ocasiones.

Era ya una Merkel acosada por los lobos de la CDU. Los hombres fuertes del partido le cedieron el paso considerando que sería una presidenta de transición. Se la veía feliz, con un traje negro, escotado, brazos al aire, coquetonas sandalias y un socorrido chal fucsia de esos que nos ponemos las mujeres a última hora, cuando tememos no ir suficientemente arregladas y no tenemos nada mejor en la maleta.


Foto: alliance dpa
Alternaba con la plana mayor de la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) en su posición de presidenta teóricamente accidental del partido matriz. También con gente de la farándula como el moderador Thomas Gottschalk, rostro popular en la televisión alemana que año sí, año también, acudía a Bayreuth en trajes estridentes. Probablemente también le reservaría un espacio Sigmundo Domingo, el de los abrazos, en la recepción tras el estreno.

Ya no malvestía como cuando la incorporó a su equipo Kohl. La ministra del este, con sus amplios faldones, blusas anchotas y calzado masculinizado. Seguía teniendo un punto rústico. Pero iba domesticando un estilo propio, a medio camino entre la fidelidad a lo suyo y las concesiones a su rango.

Tal vez era la segunda mujer más afortunada de Bayreuth. Junto al wagneriano Sauer, rodeada de lobos bávaros y algunos ministros ilustrados del gobierno roji-verde rival. El año había empezado con la confesión del  delfín, desactivado como jefe de la CDU. Kohl era un coloso hundido. Pero su mente analítica debía ir calibrando qué planes de despedazamiento tenían los lobos hacia ella. O cómo conseguir que fueran ellos los que se despedazaran entre sí.

Las cuatro piezas del “Anillo” dan para analizar este tipo de situaciones. El bloque conservador estaba en su barrizal, con una presidenta a la que nadie percibía entonces como un peligro, sino como un neumático salvavidas del que desprenderse y abandonar en mitad del mar tras el rescate. Tampoco la consideraba un peligro el gobierno roji-verde de Gerhard Schröder y Joschka Fischer. Era una presidenta entre lobos, entre ellos un jefe del grupo parlamentario en el Bundestag, astuto y derechista, llamado Friedrich Merz.


Foto: @gemmacasa

Lectura recomendada: 

"Mitten im Leben", Wolfgang Schäuble, Bertelsmann 2000. La versión de Schäuble de un escándalo para nada zanjado

Gastro

Steigenberger, junto al teatro. Los helados de chocolate, el sekt, la brezel. Todo fuera, claro.