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| Foto: Markus Fûhrer, dpa |
El premio de la renuncia
+ Y Schröder subió al templo
La gran renuncia valió la pena. El 25 de julio de 2003, Angela Merkel ascendió de nuevo al templo. El patriarca Wolfgang Wagner recibió como siempre a la farándula y a la elite política ante la puerta de su teatro. Se mantenía el pulso sucesorio entre la dinastía. Se estrenaba un “Holandés errante” que no pasaría a la historia. A Merkel la recibía un Edmund Stoiber pletórico y que al parecer no guardaba rencor a nadie, pese a no haber logrado el objetivo de convertirse en el primer líder bávaro en la Cancillería federal alemana.
A Merkel se la veía tan feliz como siempre sobre la colina. Obviamiente no se había convertido en la primera mujer en el poder en Alemania. Pero no había caído derrotada ante el animal político superior que era Gerhard Schröder. El canciller socialdemócrata había ganado por la mínima y había conseguido la reelección gracias al empuje de sus socios, los Verdes.
Los conservadores podían seguir regenerándose; los socialdemócratas, presumiendo con su reelección. Tal vez la mente analítica Merkel iba calibrando todo eso. Por eso se la veía feliz en su vestido verde, brazos al aire, escote abierto, de nuevo junto al catedrático de todos los años. Nadie cuestionaba la devoción wagneriana de Joachim Sauer; tampoco las dotes para el cálculo de su esposa, la líder de la oposición.
El “Holandés errante” de la apertura tal vez no era gran cosa, pero a Merkel le sentaba bien el sol de Baviera. Había enderezado su camino hacia la siguiente candidatura. Ya no era una líder accidental surgida del desplome de Kohl, de su trama de cuentas secretas o del charco en que quedó su sucesor, Wolfgang Schäuble. Ya no era la “Trummelfrau” en medio de las cuentas secretas de Helmut Kohl. Era la nueva jefa del grupo parlamentario conservador, pese a que obviamente su mente analítica sabía que seguía vivo su rival interno, el destronado Friedrich Merz.
El rey de la currywurst en Bayreuth
El reelecto Schröder, el socialdemócrata amante del fútbol y la currywurst, subió finalmente a la verde colina. Aportó, desde su calidad de intruso, su propio hito histórico. La carrera a la Cancillería no la ganó el bávaro Stoiber. Pero Bayreuth recibía por fin a un canciller de la República Federal de Alemania (RFA) en una de sus incómodas y disputadas butacas. No fue en la apertura, para disgusto de los captadores de impactos mediáticos. Schröder señoreando entre Stoiber y Merkel habría sido la foto de la temporada. Lamentablemente, el reelecto canciller, nada dado a la modestia, optó por presentarse en agosto, acompañado del primer ministro japonés, Junichiro Koizumi. Ambos eran neófitos en Bayreuth. El líder alemán, sin experiencia previa conocida en Wagner; el japonés, devoto del genial compositor, de visita de trabajo en Alemania. La cita no coincidió con la apertura y, encima, les correspondió asistir a la reposición de un “Tannhäuser”, el de Philippe Arlaud, que no encontró el aplauso ni de la ortodoxia ni de los innovadores. Tal vez Schröder pensó que, puestos subir a Bayreuth, mejor para algo sencillito que para las cuatro jornadas del “Anillo”. En Bayreuth, asistir a una sola de las piezas de la tetralogía se interpretaba entonces como una blasfemia.
También a Schröder le recibieron los Wagner, Wolfgang y Gudrun, el patriarca y la madre de la legítima heredera.
Unos días antes de su visita, el más caro granero del mundo había cumplido con una de sus tradiciones más recónditas: la gala de los sindicalistas. Dos de las treinta galas que forman la escueta y codiciada temporada operística de Bayreuth tienen los asientos reservados a los afiliados de la Confederación de Sindicatos Alemanes (DGB). No se trata de un regalo del festival al mundo sindical. Es la poderosa DGB la que adquiere la totalidad de las entradas de esas galas al teatro y las pone a disposición de los suyos.
Si en algún momento a Schröder le había pasado por la cabeza sentarse en Bayreuth aprovechando la gala de los sindicalistas, no era ése el mejor momento. Alemania había pasado de alumno ejemplar de los criterios de Maastricht a pecador respecto al límite del déficit. La segunda legislatura de la coalición roji-verde sería la de la Agenda 2010. Es decir, la de los recortes en prestaciones sociales, a los subsidios del desempleo, jubilaciones y sanidad pública. Todo aquello que había esquivado hacer Helmut Kohl.
Los sindicatos se sentían traicionados; empezaban a materializarse los males que aparentemente el izquierdista Oskar Lafontaine intuyó, cuatro años antes, al plantar a la socialdemocracia y el gobierno roji-verde de Schröder. Al canciller reelecto se le adivinaban sin disimulos ya los perfiles neoliberales que había denunciado preventivamente Lafontaine.
En política exterior, territorio de Josckha Fischer, los roji-verdes habían salvado ampliamente su expediente antimilitarista. Rechazaron la intervención en Irak, se desmarcaron del gran aliado transatlántico y de la sacrosanta fidelidad a EEUU. En la anterior legislatura habían marcado un hito en política medioambiental al sellar su apagón nuclear, otro hito para los pujantes verdes. Fischer representaba las contradicciones de los Verdes Era su máxima figura, el ministro que rompió moldes en Exteriores. Pero también el destinatario de los ataques, incluso físicos, de los suyos. En la memoria quedaba su gesto de dolor, llevándose la mano al oido donde había impactado una bolsa de pintura roja, lanzada a distancia en un congreso verde de 1999. Le estalló en el oido la protesta por su papel, en tanto que ministro, en los bombardeos aliados sobre Belgrado. También eso formaba parte del áurea del hombre que de enfrentarse a pedradas con la policía, en el 68, había llegado a jefe de la diplomacia alemana.
El partido aceptaba a Fischer regañadientes, incapaz de cuestionarlo. A Schröder en cambio se le agrandaba la grieta abierta en los principios socialdemócratas con la Agenda 2010.
Tal vez a Schröder le habría caído un “Nein Danke” de haberse querido sentar entre los sindicalistas. De haber sabido, lo que no está claro, de la existencia de esa gala. Mejor el formato clásico de los Wagner, a la puerta del teatro, con un invitado de Estado japonés y wagneriano. Tras franceses e italianos, los japoneses son el grupo de visitantes extranjeros mejor integrados en el universo de Bayreuth.
La reelecta coalición roji-verde vivía de nuevo sus propios terremotos. A los socialdemócratas les caía el trabajo feo de recortar lo que el conservador Kohl dejó intacto. Merkel, la líder de la oposición lograba que el congreso federal de la CDU aprobara una reforma fiscal y del sistema social más ambiciosa que la de Schröder. Fue en Leipzig, la ciudad del este donde vivió como estudiante germano-oriental.
Merkel cerraba así el año, cada vez más líder de su partido, con Stoiber resignado a ser el hermanado bávaro y sin haber caído ante el animal superior llamado Schröder. Merz seguía con sus propios cálculos, eso sí.
Libro recomendado:
"Mein langer Lauf zu mir selbst", Joschka Fischer, Kiepenhauer & Witsch, 1999. Autobiografía de alguien enamorado de sí mismo.
Gastro
Die Eule, el restaurante que llegó a Bayreuth antes que Richard Wagner. Todo terreno, casi siempre te dan cena, conscientes de su reputación y amables

