sábado, 1 de noviembre de 2003

Vía Efe: la DGB también canta

Bayreuth, con entrada reservada al sindicalismo

Gemma Casadevall 






Berlín, 8 ago (EFE).- La colina de Bayreuth, sobre la que Richard Wagner hizo levantar un teatro a su medida, se llena cada temporada de un público que no encaja exactamente con el cliché de este festival de opera: los sindicalistas, que desde hace medio siglo son espectadores exclusivos de dos funciones.

Siguiendo esa tradición, y por extraño que parezca en un teatro que abre sólo para treinta galas anuales y con listas de espera de diez años por entrada, el telón se alzará exclusivamente para la clase sindical en dos sesiones en esta temporada -el próximo domingo y el siguiente.
El "Holandés errante", único estreno del año en Bayreuth, y "El crepúsculo de los dioses" son las piezas reservadas a los sindicatos, con el mismo elenco y las mismas batutas -Marc Albrecht y Adam Fischer- por las que otros fieles "peregrinos" a Bayreuth habrán guardado pacientemente turno o buscado fortuna en la reventa.
"Es una larga tradición, entroncada con la idea por la que Wagner inauguró el primer festival, en 1876: abierto al pueblo y para todas las clases sociales", explicó a EFE Ursula Leibinger-Hasibether, historiadora y casi cronista del certamen.
"El arte para el pueblo: esa fue y debe ser la consigna", apunta asimismo Elisabeth Kugler, administradora ya retirada de la Confederación Alemana de Sindicatos (DGB) de Baviera, que durante décadas gestionó el contingente de entradas reservadas a ese fin.


"El único requisito para acceder a esas sesiones es ser afiliado, a ser posible bávaro", afirma la octogenaria señora Kugler, seguidora de 
Bayreuth, además de ex gestora de ese tesoro sindical.

Temporada a temporada pasó por sus manos el contingente completo de esas dos sesiones, que la DGB adquiere al festival y luego ofrece -a un 60 por ciento del precio de taquilla- a su gran familia.
"Habremos repartido unas 180.000 entradas en cincuenta años", dice con orgullo Kugler, que se distribuyeron "porcentualmente, por distritos de la DGB bávara, en función del número de afiliados de cada uno, además de un contingente menor para el resto del país".
"Al principio hacíamos más que repartir entradas: organizábamos el viaje, con billetes colectivos en tren, en autobús, coches compartidos. Luego todo el mundo tuvo su propio auto", prosigue.
El Bayreuth goza hoy de buena salud gracias al talento administrador de su patriarca, Wolfgang Wagner, nieto del compositor y director del festival. Pero la reapertura del festival de ópera, en los años 50, no fue fácil.
El teatro quedó en 1945 bajo custodia del ejército estadounidense y debía purgar las seis temporadas en que se puso al servicio de Adolf Hitler, al que los Wagner se habían rendido con pasión.
Wolfgang Wagner contaba con el entusiasmo y el dinero de los incondicionales wagnerianos, agrupados en la Fundación de Amigos de Bayreuth, así como la ciudad de Bayreuth, todavía en ruinas, pero dispuesta a invertir, y el estado de Baviera. Pero no era suficiente para garantizar la reapertura del festival.
Y en éstas les salió un buen aliado: Max Woenner, líder de la DGB y miembro del consejo de administración de la radio pública bávara.
Woenner no era un individuo fácil. Su DGB tenía un espacio semanal en la emisora, desde el que lanzaba sus afrentas contra el Gobierno federal y los partidos conservadores y liberales, que consideraba poblados de nazis disfrazados.
Incluso dentro de la DGB y su Partido Socialdemócrata se ganó enemigos, que le consideraban un agitador. Pero el sindicalista aportó a los Wagner la fuente de financiación preciosa: la radio.
Obtuvo el visto bueno del consejo de administración para la transmisión de óperas y para la compra del contingente de una sesión de la primera temporada de un festival estigmatizado por el nazismo.
El 26 de agosto de 1951 el telón de Bayreuth se levantó para ofrecer "Los cantores de Nuremberg" ante los sindicalistas. Es decir, la ópera preferida de Hitler, que unos años atrás se ofrecía como recompensa del Tercer Reich a heridos de guerra.
El apoyo de Woenner a los Wagner no quedó ahí. Visto el éxito, al año siguiente la DGB adquirió el contingente de dos sesiones. Una tradición que perdura hasta ahora, a modo de tributo de amistad a los sindicalistas que ayudaron a Bayreuth a renacer de sus cenizas.
"Es un acuerdo de amistad, casi legendario. Y así será por muchos años", explica el portavoz del festival, Peter Emmerich, respecto a una tradición, por ahora, sin fecha de caducidad.
Como cada año, la señora Kugler acudirá el domingo a Bayreuth -"ahora me llevan los sobrinos, porque desde hace tres años ya no conduzco", explica- a la sesión más familiar de la temporada. Es decir, con más aire bávaro y sin los "peregrinos" llegados de todo el mundo, tras aguardar casi una década por acceder al templo. EFE gc/ih/mcd/pq