Un quimono, una renuncia y el diluvio
+ El imbatible impermeable de Schröder
La temporada 2002 parecía pre-cocinada para el máximo morbo político. El canciller Gerhard Schröder, un socialdemócrata más de fútbol y curriwurst que de Wagner, había anunciado su visita. La asistencia de Angela Merkel, líder de la oposición, se daba por descontada, lo mismo que la del líder bávaro, Edmund Stoiber, así como la del jefe del grupo parlamentario conservador, Friedrich Merz, enemigo interno de casi todo el mundo, tal vez incluso de sí mismo.
Se estaba en pre-campaña. A Schröder se le esperaba en Bayreuth porque su amigo Jürgen Flimm le había invitado a ver su “Anillo”. A Merkel, porque para entonces formaba parte ya del desfile anual de wagnerianos de todos los años. A Stoiber, en tanto que máximo líder bávaro y, además, candidato a derrotar a Schröder en las elecciones del 22 de septiembre. A Merz, por ser Merz.
La aparatosa dimisión del ministro de Defensa Rudolf Scharping apeó a última hora a Schröder del conjunto. Scharping se había convertido en una incomodidad persistente para el canciller. Un año atrás había rozado ya el barranco a raíz de un reportaje del ministro y su novia, la condesa Kristina Pilati. Aparecían haciéndose carantoñas como dos adolescentes en una piscina de Mallorca mientras en Berlín se hablaba de mandar tropas a Macedonia. Ahora el problema no eran ya los chapuzones del socialdemócrata con la aristócrata, sino unos engorrosos honorarios cobrados por dar unas conferencias como ministro.
Schröder, que en esa primera legislatura había despedido ya a siete ministros, fulminó a Scharping. Faltaban dos meses para las generales y tenía los sondeos en contra. Canceló su visita a Bayreuth mientras achicaba las aguas de la tormenta política.
Los focos de Bayreuth se plantaron en Merkel y Stoiber. La líder conservadora se había saltado sus hábitos monocromáticos y se presentó con una especie de quimono multicolor. Una prenda arriesgada, por expresarlo en términos diplomáticos, más teniendo en cuenta que en la colina la recibiría la esbelta Karin Stoiber, impecable como siempre y acorde a los cánones bávaros.
El quimono de Merkel no era un desafío, sino una muestra de su proverbial sangre fría o tal vez un amuleto. Llevó esa misma pieza en 1994, entonces como ministra de Kohl y entonces con su "compañero sentimental", el profesor Sauer. Me gusta pensar que ese fue su primer año en Bayreuth, probablemente porque también fue el de mi primera ascensión al templo.
Merkel y Stoiber no protagonizaron el pulso fraticida, en varios capítulos y sucesivas candidaturas, que enfrentó en sus tiempos Helmut Kohl y Franz Josef Strauss, dos patriarcas identificados con la cultura del puñetazo sobre la mesa. El desayuno de Wolfratshausen se convirtió en legendario precisamente porque nadie sabe qué ocurrió dentro. La líder se presentó en casa de los Stoiber a las ocho en punto de la mañana. Karin Stoiber sirvió uno de esos ricos desayunos consistentes en miel, zumo de naranja recién exprimido, mermeladas, queso, etc. Y Stoiber se convirtió en candidato.
Siete meses después del famoso desayuno y la renuncia, Merkel subía de nuevo a la colina, con su complicado quimono y su catedrático. De nuevo, bajo el dominio de los Stoiber, Edmund y Karin. El líder bávaro a la conquista de la Cancillería, previa renuncia de Merkel.
De pronto, el diluvio
Schröder no se estrenó ese año en Bayreuth. Sí lo hizo el “Tannhäuser” de Philippe Arlaud, con Christian Thielemann a la batuta. La producción de Arlaud, algo fría, se llevó uno de esos atronadores abucheos que llenan luego de orgullo a sus creadores. Su producción de diseño, una filigrana de luminotecnia, se consideró falta de pasión y ajena a los significados de los mitos wagnerianos.
Con la producción de Arlaud se introdujo en Bayreuth una especie de mecenazgo privado de la mano del multimillonario Alberto Vilar, prometedor de nuevas fuentes de ingresos en un festival elitista y monolítico, con una temporada escueta de cuatro semanas.
La presencia del mecenas tampoco acalló las críticas. Arlaud simuló encajarlo repartiendo sus “oh la la” franceses y sonrisas, tanto al pedregal de los abucheantes como a los aplausos en su defensa. La guerra entre ovaciones y pataletas es casi una seña de identidad en la casa.
Al fin y al cabo, a Bayreuth se sube a provocar las iras de la ortodoxia; lo contrario es pecar de sumiso. Thielemann, milimétricamente leal a las partituras de Wagner, copó las ovaciones.
Musicalmente la temporada no iba a reportar mayores sorpresas. Se reponía el ya bastante rodado “Anillo” de Flimm, el amigo de Schröder, según Schröder. Y también el “Lohengrin” de Keith Warner, con un juego de plataformas móviles que desarrollan ante el espectador desplazamientos al borde de lo imposible.
Al diluvio de la ortodoxia sobre Arlaud siguieron, unas semanas después, los aguaceros reales sobre Dresde, epicentro de una crecida histórica del río. La “Florencia del Elba” estaba amenazada por la presión de las aguas. Vecinos, soldados y voluntarios llegados de todo el país acarreaban sin descanso sacos de arena para proteger sus casas y los tesoros artísticos de esa ciudad del este.
Dos días después de esa noche electoral, Merkel fue elegida jefa del grupo parlamentario conservador. Merz había tirado la toalla ante la evidencia de que no tenía el respaldo suficiente para mantenerse en el puesto. Se abría el siguiente capítulo en la nada disimulada hostilidad entre ambos. Merkel, introductora en la CDU del concepto “economía social de mercado”, empezó a encarrilar ese día su futura candidatura a la Cancillería; Merz, a la derecha de esas posiciones, quedaría por ahí enredando un rato más.
El siguiente congreso del partido dejó claro que Merkel no era una presidenta de transición. Fue reelegida con un 93,7 % de los votos.
Se estaba en pre-campaña. A Schröder se le esperaba en Bayreuth porque su amigo Jürgen Flimm le había invitado a ver su “Anillo”. A Merkel, porque para entonces formaba parte ya del desfile anual de wagnerianos de todos los años. A Stoiber, en tanto que máximo líder bávaro y, además, candidato a derrotar a Schröder en las elecciones del 22 de septiembre. A Merz, por ser Merz.
La aparatosa dimisión del ministro de Defensa Rudolf Scharping apeó a última hora a Schröder del conjunto. Scharping se había convertido en una incomodidad persistente para el canciller. Un año atrás había rozado ya el barranco a raíz de un reportaje del ministro y su novia, la condesa Kristina Pilati. Aparecían haciéndose carantoñas como dos adolescentes en una piscina de Mallorca mientras en Berlín se hablaba de mandar tropas a Macedonia. Ahora el problema no eran ya los chapuzones del socialdemócrata con la aristócrata, sino unos engorrosos honorarios cobrados por dar unas conferencias como ministro.
Schröder, que en esa primera legislatura había despedido ya a siete ministros, fulminó a Scharping. Faltaban dos meses para las generales y tenía los sondeos en contra. Canceló su visita a Bayreuth mientras achicaba las aguas de la tormenta política.
Los focos de Bayreuth se plantaron en Merkel y Stoiber. La líder conservadora se había saltado sus hábitos monocromáticos y se presentó con una especie de quimono multicolor. Una prenda arriesgada, por expresarlo en términos diplomáticos, más teniendo en cuenta que en la colina la recibiría la esbelta Karin Stoiber, impecable como siempre y acorde a los cánones bávaros.
El quimono de Merkel no era un desafío, sino una muestra de su proverbial sangre fría o tal vez un amuleto. Llevó esa misma pieza en 1994, entonces como ministra de Kohl y entonces con su "compañero sentimental", el profesor Sauer. Me gusta pensar que ese fue su primer año en Bayreuth, probablemente porque también fue el de mi primera ascensión al templo.
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| Foto: red |
Envuelta en su emblemático quimono, Merkel llevaba en ese julio de 2002 cinco meses respaldando plenamente a Stoiber como candidato del bloque conservador a la Cancillería. Todo el mundo sabía que al respaldo pleno actual había precedido una conjura contra ella de los hombres fuertes del partido y finalmente su renuncia. Simplemente, nadie la creía capaz de imponerse al animal político teóricamente superior que era Schröder.
El año se había abierto con una especie de encerrona masculina en la cúpula de la CDU, simplificada en los medios bajo el término de “golpe” contra Merkel.
El 6 de enero, la líder de la CDU aún afirmaba públicamente que quería ser ella quien luchase por recuperar la Cancillería para los conservadores en las generales de ese año; el 11 de enero acudió a un desayuno privado que luego los cronistas y biógrafos de referencia calificarían de legendario. Fue en Wolfratshausen, la casa familiar de los Stoiber. Merkel salió de ahí con los ojos llorosos, según algunos medios; con aplomo, según otros. Renunció a su derecho más o menos natural a luchar por la candidatura, a cambio de que lo hiciera el líder de su hermanada Unión Socialcristiana bávara (CSU).
El año se había abierto con una especie de encerrona masculina en la cúpula de la CDU, simplificada en los medios bajo el término de “golpe” contra Merkel.
El 6 de enero, la líder de la CDU aún afirmaba públicamente que quería ser ella quien luchase por recuperar la Cancillería para los conservadores en las generales de ese año; el 11 de enero acudió a un desayuno privado que luego los cronistas y biógrafos de referencia calificarían de legendario. Fue en Wolfratshausen, la casa familiar de los Stoiber. Merkel salió de ahí con los ojos llorosos, según algunos medios; con aplomo, según otros. Renunció a su derecho más o menos natural a luchar por la candidatura, a cambio de que lo hiciera el líder de su hermanada Unión Socialcristiana bávara (CSU).
Aparentemente, a Stoiber sí le consideraban los hombres de la CDU capacitado para ganar a Schröder. Aparentemente, nadie o casi nadie atendió a la voz de otro que reclamaba para sí el puesto, Merz. Tan de la CDU como Merkel, pero hombre y por tanto capaz de derrotar al animal socialdemócrata teóricamente superior.
Merkel y Stoiber no protagonizaron el pulso fraticida, en varios capítulos y sucesivas candidaturas, que enfrentó en sus tiempos Helmut Kohl y Franz Josef Strauss, dos patriarcas identificados con la cultura del puñetazo sobre la mesa. El desayuno de Wolfratshausen se convirtió en legendario precisamente porque nadie sabe qué ocurrió dentro. La líder se presentó en casa de los Stoiber a las ocho en punto de la mañana. Karin Stoiber sirvió uno de esos ricos desayunos consistentes en miel, zumo de naranja recién exprimido, mermeladas, queso, etc. Y Stoiber se convirtió en candidato.
Siete meses después del famoso desayuno y la renuncia, Merkel subía de nuevo a la colina, con su complicado quimono y su catedrático. De nuevo, bajo el dominio de los Stoiber, Edmund y Karin. El líder bávaro a la conquista de la Cancillería, previa renuncia de Merkel.
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| Foto: dpa |
Schröder no se estrenó ese año en Bayreuth. Sí lo hizo el “Tannhäuser” de Philippe Arlaud, con Christian Thielemann a la batuta. La producción de Arlaud, algo fría, se llevó uno de esos atronadores abucheos que llenan luego de orgullo a sus creadores. Su producción de diseño, una filigrana de luminotecnia, se consideró falta de pasión y ajena a los significados de los mitos wagnerianos.
Con la producción de Arlaud se introdujo en Bayreuth una especie de mecenazgo privado de la mano del multimillonario Alberto Vilar, prometedor de nuevas fuentes de ingresos en un festival elitista y monolítico, con una temporada escueta de cuatro semanas.
La presencia del mecenas tampoco acalló las críticas. Arlaud simuló encajarlo repartiendo sus “oh la la” franceses y sonrisas, tanto al pedregal de los abucheantes como a los aplausos en su defensa. La guerra entre ovaciones y pataletas es casi una seña de identidad en la casa.
Al fin y al cabo, a Bayreuth se sube a provocar las iras de la ortodoxia; lo contrario es pecar de sumiso. Thielemann, milimétricamente leal a las partituras de Wagner, copó las ovaciones.
Musicalmente la temporada no iba a reportar mayores sorpresas. Se reponía el ya bastante rodado “Anillo” de Flimm, el amigo de Schröder, según Schröder. Y también el “Lohengrin” de Keith Warner, con un juego de plataformas móviles que desarrollan ante el espectador desplazamientos al borde de lo imposible.
Al diluvio de la ortodoxia sobre Arlaud siguieron, unas semanas después, los aguaceros reales sobre Dresde, epicentro de una crecida histórica del río. La “Florencia del Elba” estaba amenazada por la presión de las aguas. Vecinos, soldados y voluntarios llegados de todo el país acarreaban sin descanso sacos de arena para proteger sus casas y los tesoros artísticos de esa ciudad del este.
Schröder se calzó unas botas de agua y un impermeable de la Policía de Fronteras y se personó en la ciudad. La salvación de Dresde era una “tarea nacional”, dijo. Convocó al presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, y a los líderes de las vecinas Austria y República Checa a luchar juntos contra la devastación. Movilizó liderazgo y ayudas multimillonarias.
Stoiber tardó un poco en reaccionar. No tenía, además, la capacidad para movilizar tanto. El canciller socialdemócrata jugaba en la Bundesliga, el aspirante conservador en la liga regional.
Socialdemócratas y conservadores entraron en septiembre con los sondeos apuntando a un empate técnico. El 22 de septiembre, tras abrirse las urnas, Stoiber se proclamó vencedor; Merkel le respaldó en la victoria. Pero al día siguiente fue Schröder quien entró exultante en una abarrotada Willy Brandt Haus, la sede de su partido, para afirmar lo contrario con el conteo ya terminado.
Socialdemócratas y conservadores entraron en septiembre con los sondeos apuntando a un empate técnico. El 22 de septiembre, tras abrirse las urnas, Stoiber se proclamó vencedor; Merkel le respaldó en la victoria. Pero al día siguiente fue Schröder quien entró exultante en una abarrotada Willy Brandt Haus, la sede de su partido, para afirmar lo contrario con el conteo ya terminado.
Los socialdemócratas habían superado al bloque conservador por 8.864 votos. La diferencia era mínima, el porcentaje de ambos era de 38,5 %. En la democracia parlamentaria alemana, la victoria no es de quien queda primero, sino de quien suma una mayoría. Schröder se aseguró la reelección gracias a la fortaleza de sus socios, los Verdes del ministro de Exteriores Joschka Fischer. Alemania seguiría bajo un gobierno roji-verde.
El siguiente congreso del partido dejó claro que Merkel no era una presidenta de transición. Fue reelegida con un 93,7 % de los votos.
Lectura recomendada:
"Gerhard Schrôder", Béla Anda y Rolf Kleine. Ullstein, 1998. Libro por encargo de un ex-periodista de "Bild", Anda, y luego portavoz gubernamental del biografiado.
Gastro
Picnic en cualquier banco o pedazo de césped de los alrededores del teatro o en el aparcamiento, sobre el maletero del coche. Todo el mundo lo hace.



