jueves, 4 de noviembre de 2004

2004 El tango va por dentro

Foto: Peter Roggenthim, dpa


Llegando a los cincuenta

+ Los lobos nunca descansan

Se la veía bien este año? Sí, se la veía bien este año. De rojo “tango”, como lo definió la prensa especializada -“Brigitte”-, combinado con el negro. De nuevo, escote y brazos al aire, con un estratégico chal igualmente tanguero. Una prenda que ayuda a sentirse segura a una mujer que acababa de cumplir 50 años. Estaba guapa, como puede estarlo alguien que sabe que no lo es, pero tiene la inteligencia suficiente para no pretender serlo.

El estreno de la temporada era el “Parsifal” de Christof Schlingensief, un eterno peter pan revoltoso. Uno de esos nombres a los que se invita a estrenar en Bayreuth tras varias provocadoras performances para reivindicarse como festival tan devoto del riesgo como del culto a Richard Wagner, su razón de ser.

Schlingensief debutaba al frente de una ópera, encima de Wagner, encima en Bayreuth. Se colocaba el siguiente sello tras haberse labrado ya una buena reputación de chico malo, azote de la CDU en tiempos de la era Helmut Kohl. Había llamado la atención en la documenta de Kassel, un sitio donde casi todo el mundo acude a provocar y hay una férrea competencia por ser el más peor. Fue en 1997. Consistió en plantar unos monigotes alusivos a Kohl, al que se invitaba a “asesinar”. En otra ocasión convocó chapuzones colectivos en el lago de Contanza, con intención de que el oleaje llegara hasta la villa de veraneo de los Kohl. Y llevó a escena en Berlín un “Hamlet” interpretado por neonazis arrepentidos.

Bayreuth le esperaba con ganas de pataleta. La líder de la CDU acudía en traje tanguero.


Hubo pataleta rabiosa, pero no histórica. Escandalizó un poco menos de lo prometido. El niño malo empezaba a serlo menos. Pero introdujo en Bayreuth la estrategia escénica del video, algo que en esos tiempos y en esa casa sonaba a tremendamente innovador. Solo por eso, y porque había nacido en una ciudad alemana anodina de la cuenca del Ruhr, Oberhausen, le perdonaba que el escándalo hubiera sido menor. A la gente de Oberhausen les suelo perdonar todo. Pero eso es asunto privado.

“Parsifal”, la última ópera de Wagner, discurría entre cardenales y monjes budistas, hechiceros de diversos cultos, religiones, sectas, credos o vudús. Estaban todos, incluidos los rabinos, por lo que no cabía el escándalo tampoco de la subversión contra ninguna religión concreta. Atiza a todos y no atizarás a ninguno.

Edmund Stoiber seguía ejerciendo de anfitrión. Tampoco él iba a mostrar enojo, ni siquiera una leve incomodidad por la presencia de Schlingensief. Habría sido de mal tono. El “Parsifal” de ese año llevaba la batuta de Pierre Boulez. Solo por eso estaba garantizada la ovación. En medio de tanto video, de tanta religión, alguien colocaba de nuevo la música de Wagner en su pedestal.

Nazis con todas las letras


Tal vez alguno esperaba de Schlingensief algún tipo de desfile nazi entre cruces gamadas. Un tipo de provocación relacionada con ese pasado tortuoso de Bayreuth, el de la sumisión del festival a Adolf Hitler. Pero probablemente el dramaturgo era consciente de que eso, en Bayreuth, en lugar de causa de escándalo es parte del programa complementario. A la casa museo Wahnfried no se acude solo a visitar las tumbas de Richard y Cosima Wagner o recorrer los muebles y la biblioteca de lo que fue su hogar y el de sus descendientes. Ahí se exhiben las exposiciones donde, año a año, en mayor o menor medida, se cuelgan las fotos de los nietos Wolfgang y Wieland paseando con Hitler o se recuerda a la ferviente adoradora del “Führer” que fue la madre de éstos, la británica Winifred Wagner. Difícil escandalizar con un par de banderolas filonazis en un festival que ha convertido la exhibición de ese capítulo en parte del negocio.


Foto: @gemmacasa
Ni siquiera Heiner Müller, dramaturgo, judío y germano-oriental, llegó a levantar ampollas en 1993, cuando calificó Bayreuth de “nido de recalcitrantes nazis”, en 1993. Fue el año en que estrenó en la casa. Le acompañana la batuta del judío más wagneriano del mundo, Daniel Barenboim; ponía en escena su “Tristán”. La pieza quedó inscrita en la memoria colectiva de Bayreuth como el más hermoso “Tristán” de la historia moderna. Lo del nido de nazis es algo que recordamos de vez los periodistas por llenar un párrafo. O por demostrar que sabemos dónde estamos. Otro asunto privado.


La conjura que no cesa



Merkel estaba bien, pero no estaba siendo un buen año para ella. El escándalo de las cuentas secretas de Helmut Kohl había empezado a languidecer dos años atrás, el menos periodísticamente. De vez en cuando surgía alguna nueva revelación, algún apéndice. La sola idea de tener que recordar, en un par de párrafos, el engranaje de la financiación irregular que acabó con el padrino y el futuro pre-escrito de su apadrinado, Wolfgang Schäuble, resultaba disuasoria. Existía la obligación periodística de mencionar la maraña de los donativos de identidad nunca revelada, las sospechas de sobornos relacionados con ventas de tanques a Arabia Saudí o los negocios de Elf Aquitaine, con implicación del gran amigo socialista de Kohl, el francés Francois Mitterrand. Demasiado párrafo de contexto para un asunto que llevó al padrino ante comisiones parlamentarias, pero no a una celda.


Merkel iba limando asperezas públicas con el padrino del que había llamado a emanciparse en cuanto estalló el asunto, ese 1999. Kohl obviamente nunca le perdonaría. Pero tampoco esquivaba ya los gestos de proximidad. Tarde o temprano volverían a homenajearle como canciller de la reunificación entre pucheros emocionados del homenajeado. Schäuble seguía sin dirigirle la palabra al expadrino. Sus relaciones con la presidenta del partido y jefa del grupo conservador en el Bundestag (Parlamento) eran por lo menos frías, en definición más o menos generalizada de los medios alemanes.


Merkel no lograba sacudirse la sombra de la persistente conjura masculina contra la mujer, originaria del este, empeñada en no ser una presidenta transitoria. La “Trummelfrau” que busca ladrillos enteros entre los escombros dejados por los bombardeos para reconstruir el hogar.


Schäuble no aceptaba ser solo el lugarteniente de la jefa del partido; el destronado Friedrich Merz seguía sin digerir que le hubiera arrebatado el puesto de líder de la oposición en el Bundestag. Con el otoño cayó el anuncio de Merz de que dejaba la vicepresidencia de la CDU. Supuestamente, Merkel se quitaba de encima el siguiente enemigo. Pero las disonancias en torno a su liderazgo eran ya atronadoras. Merz dejaba las estructuras de mando de para depositar su talento y ambición en la empresa privada. Asistiría a los siguientes capítulos de la conjura masculina desde la barrera. Tenía suficientes informantes dentro.

Lectura recomendada:

"Helmut Kohl, die Macht und das Geld", de Hans Leyendecker, Heribert Prantl, Michael Stiller. Steidl, 2000. Tres primeros espadas del periodismo de investigación, a propósito del escándalo financiero que vino de mucho antes del 1999.


Gastro: 

Cualquier café camino a la Wahnfried Haus. Conviene entrar despierto