sábado, 2 de noviembre de 2013

Vía Efe (II). El año más Merkel, Obama incluido

Merkel cierra un año como líder global e inmune a las crisis


Gemma Casadevall

Berlín, 18 dic (EFE).- La canciller alemana, Angela Merkel, logró en 2013 la reelección para su tercera legislatura tras rozar la mayoría absoluta en los comicios generales de septiembre y cerró el año preparada para perpetuar su dominio a escala interna y global, aparentemente inmune a las crisis.
La canciller y su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, defensor férreo de la austeridad, seguirán siendo -previsiblemente hasta 2017- los rostros de una fortaleza alemana que se interpreta unas veces como motor y otras como freno en la Unión Europea (UE).
Con 59 años, y desde 2005 al frente de la primera economía europea, Merkel obtuvo el 22 de septiembre un 41,5 % de votos, el mejor resultado en décadas para la Unión Cristianodemócrata y su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CDU/CSU), lo que no le evitó verse abocada a formar una gran coalición.
La canciller y candidata única de la CDU/CSU había afrontado la campaña electoral salpicada por el escándalo del ciberespionaje de EE. UU., incluido a su propio móvil, como se desprendió del goteo de filtraciones procedentes del exanalista de la NSA Edward Snowden.
Berlín reaccionó mostrando estupor ante el gran socio transatlántico y la presunta "traición" del presidente estadounidense, Barack Obama, pero también con respuestas contradictorias a las sospechas de connivencia entre los servicios de espionaje recíprocos.
En Merkel no hicieron mella ni el escándalo continuado en torno a los papeles de Snowden ni, a escala económica, las estadísticas ilustrativas de que, tras la solidez de las cifras macroeconómicas se apunta una alarmante precariedad laboral y social en Alemania.




La llamada "canciller teflón" -porque aparentemente todo le resbala- logró la reelección en medio de la euforia conservadora por lo que parecía iba a ser una mayoría absoluta, todo un hito en un país donde a escala federal siempre se gobernó en coalición.
Finalmente le faltaron a unos pocos escaños para lograrlo, mientras que sus aliados tradicionales, los liberales, quedaron fuera del Parlamento.
Se abrió así la trabajosa búsqueda de un nuevo socio entre dos opciones: los Verdes o el Partido Socialdemócrata (SPD).
Contra los primeros pesaban distancias programáticas, mientras que contra los segundos lo hacía el temor del SPD a la reedición de una alianza como la del primer mandato de Merkel, que precipitó en su socio una dramática sangría de votos.
Los socialdemócratas optaron por consultar a sus bases -474.000 afiliados- un pacto de gobierno milimétricamente consensuado por las cúpulas en busca de un equilibrio convincente para todos.
Las bases dieron el sí, tras una ofensiva de convicción en que el líder del SPD, Sigmar Gabriel, se jugó a una carta su credibilidad entre sus filas y su acceso al poder.
El resultado fue un pacto con sello socialdemócrata -incluida la implantación de un salario mínimo interprofesional y la apertura a la doble nacionalidad a los hijos de inmigrantes-.
Numéricamente hubo un reparto de cargos más paritario de lo que al SPD le correspondía por el 25 % que le dieron las urnas, diez puntos menos que en 2005, cuando Merkel derrotó a Gerhard Schröder por la mínima y se originó la primera gran coalición.
El SPD ocupa en la gran coalición seis carteras, el mismo número que la CDU y el doble que la CSU bávara, pero la batalla por Finanzas se saldó a favor de Schäuble, al parecer casi tan intocable como la canciller.
La negociación fue trabajosa, pero la recompensa para Merkel fue una investidura, casi al filo de las pausa navideña, con una mayoría más que abultada en el Bundestag (Parlamento federal) y una oposición reducida a 127 escaños -del total de 631 de la cámara baja-.
Merkel, la hija de un pastor protestante crecida en territorio comunista que en 2005 llegó a la Cancillería como una neófita a escala internacional, revalidó su condición de líder incombustible en medio de la crisis que derribó a varios de sus colegas de la Unión Europea (UE).
Schäuble, en la década de los años 90 delfín del patriarca de la CDU, Helmut Kohl, se ha revelado como el hombre firme al lado de la canciller, que practica y predica la austeridad en lo público y lo privado.
Juntos seguirán como un binomio aparentemente invencible, apuntalado en la popularidad de Merkel y el espíritu de superación y sacrificio con que se identifica a su ministro -en silla de ruedas desde 1991 tras recibir dos disparos de un perturbado en un mitin-. EFE
gc/nl/jac


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Merkel hace historia de nuevo, pero engulle a sus socios

Gemma Casadevall





Berlín, 22 sep (EFE).- La canciller alemana, Angela Merkel, marcó hoy otro hito, ocho años después de convertirse en la primera mujer -y del Este del país- al frente de la Cancillería, al rozar la mayoría absoluta en unas elecciones que convirtieron en extraparlamentarios a sus socios liberales.
Merkel buscaba la reelección para su tercer mandato y logró el mejor resultado de la Unión Cristianodemócrata y su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CDU/CSU) desde el 43,8 % obtenido en 1990 por Helmut Kohl, en medio de la euforia entonces por la reunificación del país.
Contenida, como siempre, pero emocionada y hasta "íntima" -agradeció el apoyo de su esposo, Joachim Sauer, en una casi declaración de amor insólita en ella-, Merkel fue aclamada en la sede de la CDU, mientras los liberales vivían su "waterloo".
A este partido histórico, que marcó la pauta de la política exterior alemana casi ininterrumpidamente, en 17 de los 22 gobiernos federales, le correspondió ahora encajar una maldición similar a la de los anteriores socios de Merkel, los socialdemócratas.
Merkel accedió a la cancillería en 2005 y, con apenas un punto sobre el derrotado Gerhard Schröder y sin mayoría para tratar de formar gobierno con los liberales, se puso al frente de una gran coalición con Frank-Walter Steinmeier en la cartera de Exteriores.
El Partido Socialdemócrata (SPD) del vicecanciller cayó diez puntos en las siguientes elecciones generales. El FDP, que en 2009 se convirtió en socio de Merkel con un récord histórico del 14,6 %, quedó ahora por debajo del 5 % mínimo para lograr escaños.
Decir que Merkel, con reputación de implacable con sus socios europeos, engulló ahora, sin más, a sus aliados domésticos sería olvidar la cadena de disensiones y crisis de liderazgo del FDP en estos cuatro años.
De la imagen triunfante del ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, erigido en 2009 en artífice del auge liberal, se pasó en mitad de la legislatura a un relevo al frente del partido, que asumió el ministro de Economía, Philipp Rösler.
El relevo pretendía remediar la caída en picado de electorado de los liberales, pero lejos de lograr invertir esa tendencia la acentuó.
La popularidad de Merkel entre el electorado parece inmune a toda crítica a escala internacional, por la tenaza de la austeridad a rajatabla que ha defendido su gobierno frente a sus socios de la UE.
Tampoco parece afectarle que el buen balance, en cuanto a cifras macroeconómicas, de la primera economía europea no se refleje en la microeconomía ciudadana, en medio de la creciente precarización del mercado laboral germano.
Merkel hizo campaña para atesorar el favor de su electorado y negó el auxilio a los liberales, que pedían desesperadamente votos prestados -el llamado "segundo voto", a la lista de los partidos, de los dos que tiene cada papeleta.
La negativa de la canciller a salir al rescate del socio con problemas, ahora a escala de su gobierno, podría acarrearle daños colaterales, puesto que dejó parlamentariamente muerto a su aliado tradicional mientras ruge la nueva amenaza del euroescepticismo.
La Alternativa para Alemania (AfD), formación que pretende la salida "voluntaria" del euro de los países en dificultades, lograron un resultado parecido al de los liberales, lo que supone un "relevo" en el panorama político alemán poco tranquilizador para Merkel.
En cualquier caso, los comicios dejaron clara la capacidad de la canciller para movilizar a un electorado, al parecer convencido de que su liderazgo garantiza una Alemania fuerte y blindada ante tempestades que sacuden a otros países.
El índice de participación en estas generales fue del 73 %, el más alto desde 2002, tras una intensa campaña que se prolongó hasta esta misma jornada electoral.
Mientras los partidos seguían pidiendo el voto -en Alemania no hay día de reflexión- en este domingo electoral, el popular diario "Bild" -afín a las filas de la CDU desde tiempos de Kohl- repartió 41 millones de ejemplares gratuitos por los buzones de todo el país llamando a los 61,8 millones de electores a votar. EFE
gc/jpm/mlg
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Merkel, el dominio implacable de la sangre fría (perfil)


Gemma Casadevall



Berlín, 16 sep (EFE).- La canciller Angela Merkel aspira a su reelección para un tercer mandato ocho años después de llegar al poder como una líder atípica y convertida ahora en arquetipo de la sangre fría y el dominio absoluto, a escala alemana e internacional.
A Merkel la recuerdan muchos de sus compatriotas con el rostro helado la noche del 18 de septiembre de 2005, en la que su Unión Cristianodemócrata (CDU) se impuso por la mínima al Partido Socialdemócrata (SPD) del entonces canciller Gerhard Schröder.
Mientras ella admitía su decepción por esa flaca ventaja, un Schröder eufórico como un boxeador sobre el ring reclamaba para sí el triunfo -reacción que luego él mismo calificó de "poco óptima"-.
En esa Merkel estaba ya el sello de la "canciller de hierro" o "canciller teflón", como se la apoda porque todo le resbala, que en tiempo récord pasó de neófita a ejercer su dominio en las cumbres de la UE y del G8.
El inicio de su "reinado" -una reciente portada de "Der Spiegel" la transmutaba en "Angela la Grande"- fue atípico, como muchos aspectos biográficos de una científica que llegó a la política de modo accidental, aunque, una vez ahí, nada la ha apartado de su rumbo.
Un mes después de esa noche aciaga para Schröder, hizo historia por partida doble: se convirtió en la primera mujer y el primer político crecido en la Alemania comunista que juraba el cargo de canciller de la potencia europea.
De pronto Alemania quedó representada por alguien a quien Helmut Kohl descubrió en la cantera de jóvenes talentos surgidos del otro lado del Muro de Berlín y a la que denominó su "muchacha del este".
Entre su descubrimiento por el entonces canciller y su llegada al poder hay una fecha fundamental: el 22 de diciembre de 1999, cuando llamó a la CDU a "emanciparse" de la sombra de Kohl, su mentor.
Merkel era entonces secretaria general de la CDU, formación que había quedado apeada del poder un año atrás y que estaba hundida en un escándalo de financiación irregular en la llamada "era Kohl".
Con esa llamada a pasar página Merkel se convirtió poco después en presidenta de la CDU, aprovechando que ninguno de los barones parecía interesado en asumir sus riendas en horas bajas.
Fue el momento clave para la "muchacha del este", que vino al mundo en Hamburgo en 1954 como Angela Dorothea Kassner, la hija de un pastor protestante que se fue a servir a una parroquia de pueblo de la República Democrática Alemana (RDA).
La suya no fue una infancia corriente en la RDA, donde no eran bien vistos los religiosos, y la construcción del Muro, el 13 de agosto de 1961, puso fin además a los visitas familiares al oeste.
Los biógrafos retratan a Merkel como una escolar aplicada, sin llegar a ser repelente, y poco dotada para la gimnasia.
Angela estudió Física, lo que le dio la autonomía necesaria para salir de la parroquia de pueblo y estudiar en Leipzig y Berlín.
A los 23 años se casó con Ulrich Merkel, un compañero de estudios del que se divorció a los cinco años y del que conserva su apellido.
Su segunda apuesta sentimental fue su "consejero" en su doctorado en Física, Joachim Sauer, entonces casado y padre de dos hijos, con el que convivió un largo periodo y que ahora es su actual esposo.
No estuvo entre los cientos de miles de germano-orientales que el 9 de noviembre de 1989 celebraron con lágrimas la noche más hermosa de la historia reciente alemana, la caída del Muro de Berlín.
Se enteró de la noticia al salir de su sauna semanal, llamó desde una cabina a una tía, en Hamburgo, y luego se retiró a casa "porque tenía que madrugar", ha contado ella misma.
Fue secretaria de propaganda de las Juventudes Alemanas (FDJ), o juventudes comunistas de la RDA, pero en la revolución pacífica, poco antes de la caída del Muro, se integró en la disidencia.
En febrero de 1990 ingresó en la CDU y a partir de ahí todo se precipitó: Kohl hizo de ella su ministra de la Mujer y la Juventud, en 1991, y le dio una de las vicepresidencias de la CDU.
También Kohl la convirtió en secretaria general de la CDU, pero quienes creyeron que quedaría aparcada en ese puesto se equivocaron.
Tuvo que encajar el jarro de agua fría que le supuso la designación del bávaro Edmund Stoiber como candidato a arrebatar la Cancillería a Schröder, pero tres años después se tomó la revancha.
Fue ella quien derrotó a Schröder y demostró ahí su capacidad de imponerse a cuantos erróneamente la consideraron una rival fácil.
Llegó ese 2005 a la Cancillería al frente de una gran coalición con los socialdemócratas, en su primera legislatura, a la que siguió la reelección, en 2009, ya con sus socios naturales, los liberales. EFE
gc/ah

De Adenauer a Merkel (serie previa)


Gemma Casadevall

Foto Bundesregierung



Berlín, 21 sep (EFE).- La República Federal de Alemania (RFA) ha conocido ocho cancilleres, de Konrad Adenauer a Angela Merkel, cada uno de los cuales imprimió su sello en el proceso de recolocar al país en el mundo, desde la dura posguerra a su dominio actual.
Fueron cinco líderes de la Unión Cristianodemócrata (CDU) -Adenauer, Ludwig Erhard, Kurt Georg Kiesinger y Helmut Kohl, hasta Merkel- y tres del Partido Socialdemócrata (SPD) del aspirante Peer Steinbrück -Willy Brandt, Helmut Schmidt y Gerhard Schröder-.
Adenauer (1949-1963) se convirtió en primer canciller con 73 años y con dos rasgos biográficos insólitos a ojos de hoy, como su edad y el hecho de proceder de un cargo de poco rango: alcalde de Colonia.
Le avalaba su reputación de excombatiente contra el Tercer Reich, ya que estuvo entre los que detectaron la monstruosidad del nazismo, lo que acarreó la inhabilitación y detenciones por la Gestapo.
Sus grandes retos fueron la reconstrucción nacional, en un país ocupado por las potencias vencedoras -Estados Unidos, Francia, Unión Soviética y Reino Unido- y separado de su mitad oriental -o República Democrática Alemana (RDA)-.
Bajo su mandato se convirtió la RFA en miembro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea y se firmó el Tratado del Elíseo, el puntal del eje franco-alemán forjado con Charles de Gaulle.
Con 87 años, forzado por su socio de coalición, el Partido Liberal (FDP), cedió el cargo a Erhard (1963-1966), su ministro de Economía, quien antes de acceder a la Cancillería ya había escrito su propia página de la historia como artífice del "milagro alemán".
Le siguió el más controvertido y fugaz canciller: Kiesinger (1966-1969), quien accedió al cargo tras abandonar la coalición los liberales, en desacuerdo con la política fiscal de Erhard.
Kiesinger se puso al frente de una gran coalición para consolidar la reconstrucción nacional, pero no estuvo a la altura de sus antecesores, lastrado además por su pasado en el partido nazi.
Le sucedió el primer canciller del SPD, Brandt (1969-1974) -ministro de Exteriores durante la gran coalición- identificado con la "Ostpolitik" con que la RFA, hasta entonces abocada a los aliados occidentales, miró hacia el este.
No fue fácil para Brandt, quien había sido alcalde del Berlín que quedó atravesado por el Muro, la noche de 13 de agosto de 1961.
El talante visionario de Brandt se plasmó en gestos de alto valor simbólico, como su genuflexión en Varsovia, en 1970, un hito en las relaciones con su vecino, cuya invasión por Hitler marcó el arranque de la Segunda Guerra Mundial.
La labor de Brandt quedó truncada tras revelarse que un funcionario de la cancillería, Günter Guillaume, era un agente comunista, lo que precipitó su dimisión y relevo por Schmidt (1974-1982).
El segundo canciller socialdemócrata representó el pulso firme frente a toda tempestad. Combatió el terrorismo sin concesiones, en la que fue la etapa más mortífera de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), la banda fundada por Andreas Baader y Ulrike Meinhof.
Lidió con la crisis del petróleo de 1973 y la crisis económica de 1979, además de impulsar el fortalecimiento de la unión europea y el eje franco-alemán, junto al francés Valery Giscard d'Estaing.
Quedó apeado del poder por el abandono de los liberales, lo que catapultó al poder a un político tachado de "provinciano", Kohl (1982-1998), que acabó negociando la reunificación alemana con las cuatro potencias, tras el hundimiento del Telón de Acero.
Kohl, récord de permanencia en el poder -16 años-, representa la fase determinante para la integración y ampliación al Este de la UE y a una Alemania que, pese a seguir negociando todos sus pasos con los aliados, adoptaba un papel cada vez más firme en el mundo.
Su sucesor, Schröder (1998-2005), se puso al frente del primer gobierno roji-verde de la RFA, con un exlíder del 68, Joschka Fischer, convertido en ministro de Exteriores y dirigiendo la primera intervención de combate de Alemania en la OTAN, en los Balcanes.
Schröder rompió moldes a escala internacional y también la línea de sumisión tradicional de la política exterior alemana a EEUU, a raíz del no tajante a la intervención en Irak.
A escala nacional, impulsó la "Agenda 2010", el plan de recortes sociales que le costó el cargo, porque parte de su propio partido y su electorado le abandonó, pero del que Alemania salió reforzada frente a la crisis.
Merkel (2005) le derrotó por una ventaja mínima, y bajo su liderazgo Alemania se consolidó como la potencia europea que ahora es capaz de imponer su ley dentro y fuera de la UE. EFE
gc/rz/ah



Obama o el irresistible encanto de la Puerta de Brandeburgo


Gemma Casadevall

Foto Reuters

Berlín, 16 jun (EFE).- El presidente de EEUU, Barack Obama, llegará el próximo miércoles a la Puerta de Brandeburgo, el emblema de Berlín ante el que no pudo llegar como candidato en 2008 por las reticencias de la canciller Angela Merkel.
El 24 de julio de 2008, unos 200.000 berlineses mayoritariamente jóvenes llenaron la avenida ante la Columna de la Victoria ansiosos de dejarse contagiar del entusiasmo del "Yes, we can", en el único mitin fuera de Estados Unidos del entonces aspirante a la Casa Blanca.
Merkel se había negado a dejarle hablar ante la Puerta, con el argumento de que implicaba injerir en su campaña -y el demócrata Obama no era el candidato "hermano" de la conservadora-, lo que obligó a su equipo a aceptar la Columna como alternativa.
En lugar de perjudicarle, el veto de la canciller tal vez incentivó más a los berlineses a apoyar al hombre lanzado a enterrar la era George W. Bush y a convertirse en el primer presidente negro del país más poderoso del planeta.
"¡Construyamos un mundo nuevo!", llamó entonces Obama bajo un sol radiante, como si hasta eso fuera parte de su escenografía perfecta y tras repasar los conflictos de este mundo que aspiraba a superar: Darfur, Irán, Irak, Afganistán y, por supuesto, Oriente Medio.
El rival del republicano John McCain habló, ante un auditorio entregado, de derribar los muros que seguían en pie, a unos 500 metros de la Puerta de Brandeburgo que durante décadas había quedado encerrada en la llamada Franja de la Muerte berlinesa.
Obama ha tardado siete años en hacer la que será su primera visita como presidente a Berlín: llegará tras una cumbre del G8 lastrada por Siria y con cierta inversión de papeles con Merkel, ya que ahora es ella la que está en precampaña para las generales del 22 de septiembre.
No hablará ante una multitud espontánea sino ante unos miles de invitados seleccionados -obvias razones de seguridad- y con el riesgo de ciertas comparaciones, ya que Obama no ha logrado trasladar en estos años a la realidad su mensaje del "¡Construyamos un mundo nuevo!".
A eso se une el escándalo de ciberespionaje, que en Berlín se ha comparado con las prácticas de la Stasi, la policía política con que la Alemania comunista espió masivamente a su población.
"El amigo perdido", titulaba "Der Spiegel" su portada, el pasado lunes, contraponiendo a Obama y John F. Kennedy.
La visita se había programado como evocadora del 50 aniversario del discurso que el 26 de junio de 1963 pronunció Kennedy en la entonces ciudad partida por el Muro, con la célebre frase "Ich bin ein Berliner" ("Soy un berlinés").
No fue ante la Puerta de Brandeburgo, sino desde el ayuntamiento del barrio de Schöneberg, en el sector oeste, y quedó en la memoria colectiva como expresión de solidaridad del gran aliado a la población de la ciudad mártir de la Guerra Fría.
Otros presidentes estadounidenses sí hablaron ante el monumento y estamparon, con más o menos fortuna, su frase para la historia.
El republicano Ronald Reagan lanzó el 12 de junio de 1987 un "Mr. Gorbachev, tear down this wall!" ("¡Señor Gorbachov, derribe este muro!") que la caída del Muro, el 9 de noviembre de 1989, convertiría en visionario.
Menos histórico resultó en 1994 Bill Clinton al intentar emular a Kennedy con una frase en alemán -"Berlin ist frei", "Berlín es libre"- ante la Puerta de Brandeburgo ya liberada del Muro.
Reagan tuvo de su lado la historia, mientras que ni el carisma de Clinton fue suficiente para ponerle a su nivel.
Obama tendrá que emplearse para hacerse perdonar el asunto del ciberespionaje en un país donde la preservación de la privacidad es algo sacrosanto y donde el ciudadano recelaba más que en otras partes de las redes sociales, antes incluso del caso PRISM.
Puede que el irresistible encanto de la Puerta le inspire. O puede que quede por debajo de su propio listón como candidato en 2008, cuando Merkel le "castigó" a ver el emblemático símbolo de Berlín desde la ventana del hotel donde se alojaba. EFE
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