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| Foto @gemmacasa |
Regreso al templo
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+ Templin
El mismo palco de todos los veranos, los mismos protagonistas. Angela Merkel y Joachim Sauer, en la apertura de temporada de Bayreuth. Nosotros fotografiando con el Iphone. Pero nada era como siempre. Lo de menos era la ausencia de la alfombra roja, el aplazamiento a la temporada 2022 del siguiente "Anillo" o el uso obligatorio de la mascarilla. En el aire -político- se respiraba un nerviosismo inusual en Baviera. Merkel no se encaminaba a su siguiente reelección, porque como llevaba diciendo desde 2018 tras las generales de septiembre y en cuanto se formase el siguiente gobierno dejaba el cargo. Al bloque conservador no le quedaba otra que emanciparse de su máquina de ganar elecciones. No había fecha clara para el adiós definitivo, lo de formar gobierno puede demorar meses. En 2017 Merkel tardó hasta seis meses hasta lograr su última "groko". Pero el pánico se había apoderado de sus filas. Se vislumbraba la posibilidad de quedar apeados.
Bayreuth había superado el año de sequía absoluta o cierre por la covid. Reabría para vacunados, pacientes recuperados y todo aquel que presentara un test negativo -las 3G, por Geimpfte, Genesene y Getestet-. Cada uno, detrás de su mascarilla. Abolidos los servicios de guardarropía y la toilette del teatro, con gastronomía exterior y a de pie, para los entreactos y con el popular chiringuito vecino convertido en centro de test y registro previo donde presentar los correspondientes certificados de vacunación.
Habríamos aceptado cualquier condición a cambio de estar de nuevo ahí. Habíamos tenido un año largo para acostumbrarnos a respirar bajo la mascarilla. Y meses de cierre total de tiendas, bares, restaurantes, ocio, teatros, cines y todo aquello que hasta la llegada de la covid a Europa parecía esencial.
Bayreuth reabría con un "Holandés errante" dirigido por Oksana Lyniv, la primera mujer que tomaba la batuta en el templo. Katharina Wagner se había restablecido de la enfermedad cuyo nombre seguía sin revelarse, pero que había añadido incertidumbre sobre del futuro del festival, Merkel y Sauer estaban de nuevo en el palco, cada uno bajo su mascarilla. Y, por qué no admitirlo, la nueva normalidad derivada de la covid tenía un par de ventajas: aforo reducido significa menos público robándote el aire y la visibilidad, sobre todo a los que menos abultamos.
