sábado, 20 de noviembre de 2021

2021 Wagner bajo la mascarilla


Foto @gemmacasa


Regreso al templo

+ Pelea de gallos, armonía verde y Scholz como vía continuista

+ Templin


El mismo palco de todos los veranos, los mismos protagonistas. Angela Merkel y Joachim Sauer, en la apertura de temporada de Bayreuth. Nosotros fotografiando con el Iphone. Pero nada era como siempre. Lo de menos era la ausencia de la alfombra roja, el aplazamiento a la temporada 2022 del siguiente "Anillo" o el uso obligatorio de la mascarilla. En el aire -político- se respiraba un nerviosismo inusual en Baviera. Merkel no se encaminaba a su siguiente reelección, porque como llevaba diciendo desde 2018 tras las generales de septiembre y en cuanto se formase el siguiente gobierno dejaba el cargo. Al bloque conservador no le quedaba otra que emanciparse de su máquina de ganar elecciones. No había fecha clara para el adiós definitivo, lo de formar gobierno puede demorar meses. En 2017 Merkel tardó hasta seis meses hasta lograr su última "groko". Pero el pánico se había apoderado de sus filas. Se vislumbraba la posibilidad de quedar apeados.

Bayreuth había superado el año de sequía absoluta o cierre por la covid. Reabría para vacunados, pacientes recuperados y todo aquel que presentara un test negativo -las 3G, por Geimpfte, Genesene y Getestet-. Cada uno, detrás de su mascarilla. Abolidos los servicios de guardarropía y la toilette del teatro, con gastronomía exterior y a de pie, para los entreactos y con el popular chiringuito vecino convertido en centro de test y registro previo donde presentar los correspondientes certificados de vacunación.

Habríamos aceptado cualquier condición a cambio de estar de nuevo ahí. Habíamos tenido un año largo para acostumbrarnos a respirar bajo la mascarilla. Y meses de cierre total de tiendas, bares, restaurantes, ocio, teatros, cines y todo aquello que hasta la llegada de la covid a Europa parecía esencial.

Bayreuth reabría con un "Holandés errante" dirigido por Oksana Lyniv, la primera mujer que tomaba la batuta en el templo. Katharina Wagner se había restablecido de la enfermedad cuyo nombre seguía sin revelarse, pero que había añadido incertidumbre sobre del futuro del festival, Merkel y Sauer estaban de nuevo en el palco, cada uno bajo su mascarilla. Y, por qué no admitirlo, la nueva normalidad derivada de la covid tenía un par de ventajas: aforo reducido significa menos público robándote el aire y la visibilidad, sobre todo a los que menos abultamos.


Despidió al "Holandés" una ovación liberadora. Aplaudíamos como poseídos, conscientes de que el privilegio consistía en estar de nuevo ahí, sentados en una de esas butacas incómodas de la casa. Nos aplaudíamos a nosotros mismos. Èramos de los de las 3G. Por supuesto aplaudíamos también la valentía de Lyniv. Por fin una mujer dirigiendo, diría luego Merkel. La ovación más atronadora fue para Asmik Grigorian, la soprano lituana que eclipsó al resto con una Senta emancipada.

Fue una apertura liberadora de los aplausos que muchos llevaban más de un año deseando poder desplegar en cualquier teatro. La Alemania cautelosa de Merkel no había confinado a su población, como sí les ocurrió a los italianos, españoles o franceses. Pero cerró tan a cal y canto su vida pública que no había otro aliciente para "salir" que no fuera el paseo por el parque o por el bosque. Algo que no a todo el  mundo le encajaba en el larguísimo y tremendo invierno alemán.

Wagner volvió a su colina entre nubarrones, no solo políticos. Los meses de guerra sucesoria del bloque conservador entre la línea de Merkel y varios co-príncipes derechistas se cerraron a favor del poco convincente Armin Laschet. Centrista, como la canciller; pero a años luz de representar la vía de la sensatez de ésta. Laschet se había enredado en una pelea de gallos con el líder bávaro Markus Söder por ser el candidato del bloque a las elecciones, las primeras sin Merkel desde 2005. Y mientras tanto los Verdes dieron una clase de armonía y disciplina en torno a su candidata, Annalena Baerbock.

A las peleas de gallos de los conservadores siguieron unos sondeos que dispararon a Baerbock a la pole position. Por primera vez en su historia, a los Verdes se les veía en el poder y, encima, dirigidos por una mujer. Eso fue en marzo. Para julio, Annalena ya se había desinflado, mientras subía como la espuma el tercero en liza, el socialdemócrata Olaf Scholz. Un líder que no podía presentar mayores avales, fuera del hecho de ser el último vicecanciller de Merkel. Es decir, su perfecto continuador, aunque fuera representando al partido rival. Moderado, sin estridencias, como su jefa.

Nada frenó la apertura de Bayreuth. Tampoco las devastadoras inundaciones que se llevaron por delante casas, pueblos, puentes, fábricas, carreteras y vidas. Más de 180 muertos, muchos de ellos en Renania del Norte-Westfalia, el "Land" de Laschet. El candidato "natural" de Merkel acentuó su capacidad para aparecer como un incompetente justo en una visita a la zona afectada. Se viralizaron un par de carcajadas del político, mientras el presidente del país, Frank Walter Steinmeier, expresaba su consternación a los damnificados. El reverso de la medalla de Merkel, del brazo con la socialdemócrata Malu Dreyer, la líder del "Land" vecino, Renania Palatinado.

Peor imposible? En política todo puede empeorar. Cuando el estreno de la temporada faltaban menos de tres meses para el 26 de septiembre, la llamada a las urnas que debían marcar el fin de la era Merkel. En agosto, asistimos al siguiente desastre global, con varios líderes demostrando lo mal que puede gestionarse una retirada. Afganistán caía en poder de los talibanes. Millones de afganas volverían a ser un bulto bajo la burka.

En Bayreuth, a la primera ovación liberadora para el "Holandés" siguió una clamorosa despedida a los "Maestro Cantores" de Barrie Kosky. Nada podía detener el ansia por aplaudir y aplaudirse de los presentes. Con "La Valkiria" de Hermann Nitsch se recuperó el ritualizado combate entre vítores y abucheos. La obsesión de Nitsch por lanzar barreños de pintura roja sobre sus solistas no sedujo. Del dramaturgo suizo se recordaban rompedoras producciones envueltas en lanzamientos parecidos de sangre real. Bayreuth esperaba algo más de esa única pieza del "Anillo", a modo de regalo de consolación mientras se aguarda al siguiente estreno de la tetralogía entera.

Foto @gemmacasa


Todo estaba más o menos en su lugar de siempre, pero nada era igual. Unos pocos descubrieron que, junto al centro de test y registro sustitutorio del chiringuito cervecero seguía haciendo el estanque donde remojarse los pies en los entreactos. Este verano alemán no era de calor sofocante ni el teatro estaba a rebosar, por las restricciones de aforo. Pero algunos se sometieron al ritual más bien nostálgico. La mayoría trató de acomodarse al nuevo concepto de gastronomía exterior diseñada para los entreactos.
Se echaron de menos el ritual de pasar por guardarropía o el descenso por la empinada escalerita hacia las toilette. Pero, como decía al principio, habríamos aceptado cualquier condicionante a cambio del privilegio de volver a estar ahí.


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El popular Gasthof bajo la colina, "Mohren-Bräu", seguía como siempre. Su dueño recibía a los caballeros en traje de etiqueta como viejos amigos recuperados. Y avisaba, como siempre hizo, de los minutos que le quedaban al privilegiado visitante para volver al teatro, a modo de reproductor oficioso de las fanfarrias que, desde el balcón, dan los tres avisos preceptivos del fin del entreacto. 


Berlín entre tanto se había poblado de biografías, podcasts y libros sobre Merkel. Cada uno contaba su versión de la "Dämmerung". Algunos buenos colegas pedían aportaciones o lecturas a la veterana colega que soy. Regresé sobre un par de libros esenciales e incorporé a mi lista de libros para llevarme de paseo el de Ana Carbajosa, sucesora de Marc Bassets en lo que a colegas queridos se refiere. A toda prisa me puse a actualizar esta versión propia.

Antes, sin embargo, me acerqué un par de veces a Templin. Me bajé del tren en el apeadero del extrarradio, el más cercano a la casa del bosque, el Waldhof, de los Kasner. Recorrí el extrarradio, crucé el puente entre hermosas praderas que lleva al viejo Hof, busqué la casa donde creció y pasó su juventud Angela Dorothea. A lo lejos se escuchaba el griterío infantil de un par de residentes, columpiándose en el Spielplatz. Esos gritos distintos a los de cualquier otro niño, que tal vez asusten a las personas ajenas a esas realidades, pero no a Merkel, ya que creció escuchándolas a diario.

El Waldhof seguía siendo una colonia para discapacitados, como cuando Angela Dorothea jugaba por ahí. Estaba adecentada según los conceptos actuales, pero sin perder del todo la estética germano-oriental. La casa de los Kasner seguía igual. Alguien miraba desde la ventana a esta intrusa sacando fotos. Uno de los residentes, ya adultos.

Foto @gemmacasa privat

Seguí desde ahí al cementerio vecino, el Waldfriehof. Tras un par de vueltas localicé la lápida de Herlind y Horst Kasner. Una tumba bien cuidada, con algunas flores, discreta. El lugar al que de vez en cuando debe acercarse Merkel o sus hermanos, a los que 16 años después de la llegada al poder apenas nadie conoce como parientes de la canciller en Alemania. A veces conviene recorrer un cementerio para entender a un personaje del que llevas años escribiendo el perfil político. 





Fotos @gemmacasa privat
  
No me quedé en el extrarradio de Templin. También visité el adecentado centro, la plaza donde se dice que Merkel va a veces a comprar, en el mercado semanal, y la iglesia de Santa Magdalena, la de los funerales de sus padres. También volví a la Volkhohschule -escuela popular-. Unos años atrás llegué a incribirme  a clases de inglés por mera curiosidad privada, al entrearme de que Herlind seguía como maestra titular. Finalmente cancelé. Mi resto de cordura debió aclararme que eso era ingerencia disfrazada de interés personal. Me acerqué al hermoso lago que había conocido años antes en una excursión entre colegas de la Deutsche Welle. De ahí fui a parar a otro cementerio en mitad de un espléndido bosque. Menos espléndida era la casa donde Herlind y Horst Kasner vivieron los últimos años de su vida, algo alejados de Waldhof. Una zona residencial de casitas unifamiliares algo anodida, la última en una calle asimismo anodina. Ilustradora del sentido práctico de los Kasner. O de Merkel.

Tras todo este repaso me puse, ahora sí, a esperar la "Dämmerung" que, tras tanto pronóstico precipitado de tantos colegas, no iba a producirse antes de hora, sino de acuerdo al calendario electoral. En la fecha indefinida tras el 26 de septiembre. Los más calculadores apostábamos que sería tras el 17 de diciembre. Ese día, Merkel rompería el récord absoluto de permanencia en el poder de Helmut Kohl. Tal vez era el siguiente desafío de una líder que había roto muchos techos de cristal -como mujer, como ciudadana crecida en el este, como protestante en un partido de patriarcas católicos, como el ser humano más joven que accedió a la Cancillería-. Tal vez le daba igual. Merkel parecía haberse entretenido demasiado en su propio legado como líder global, entre panegíricos insufribles de líderes o medios de referencia. Se amontonaban los balances, los gráficos de con cuántos líderes internacionales había convivido -cuatro franceses, cuatro estadounidenses, tres españoles, un número indeterminado de italianos y un único ruso, Vladímir Putin-. A escala doméstica, circulaban listas de los hombres a los que arrinconó, entre rivales de otros partidos y enemigos internos del bloque conservador.

Entrábamos en septiembre. De pronto surgió otra forma de "Dämmerung". Su bloque conservador se resquebrajaba, Laschet se derrumbaba en los sondeos. Merkel no podía quedarse leyendo tanto panegírico. Se la reclamaba en campaña. El último cartucho.


Lectura recomendada

"Angela Merkel. Crónica de una era". Ana Carbajosa. Nuevo libro esencial, cuyo capítulo de agradecimientos incluye mi nombre entre los del gran Pepe Comas y el excelente Marc Bassets. 

Gastro

El carrito de los helados ante el teatro de Richard, sustitutorio del que tuvo Steigenberger.

Foto @gemmacasa