Todo estaba ahí. No importaba que la cancillería de Berlín no la ocupara ya una mujer crecida en el este comunista, conservadora y líder del partido de Konrad Adenauer y Helmut Kohl, sino un hamburgués algo robotizado y socialdemócrata, como Willy Brandt, Helmut Schmidt o Gerhard Schröder. Merkel seguía siendo la Señora de la Colina. También como casi siempre en Bayreuth, la acompañada su esposo, Joachim Sauer. Este año vestía uno de esos trajes de gala que alguno identificaba como „repetición“ del que lució en otra inauguración de temporada. Todo bien. Si algo se le valora a Merkel fue la falta de presunción. No verse obligada a estrenar un vestido cada año formaba es parte de su perfil; nadie lo interpretaría como un menosprecio al anfitrión.
Fuera de la nueva ligereza con que Merkel afrontaba su condición de líder retirada, estaba claro que ese 2022 no era un año más. Scholz, el socialdemócrata robotizado de Hamburgo había abierto su primer año en el poder con una larga lista de desafíos para su recién formado tripartito con verdes y liberales como socios. La coalición ‚Ampel‘ o semáforo nació entre dudas sobre la capacidad de convivencia entre el aliado verde -el partido de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, y el de Economía, Robert Habeck- y el liberal Christian Lindner, en Finanzas. A Scholz no se le reconocían los dotes de consenso que tuvo Merkel. Le correspondería conciliar las ambiciones medioambientales ecologistas con el afán de recortar gasto liberal.
„Hoy hemos despertado en otro mundo“, reconocía Baerbock el 22 de febrero. Ese día se cumplieron todas esas amenazas rusas de las que EEUU, Ucrania, los países bálticos o Polonia llevaban años alertando, pero que la Alemania de Merkel creyó se podían manejar. La invasión a gran escala de Ucrania había empezado. Imposible seguir pensando que Vladímir Putin era un líder ‚manejable“. La amistad de intereses entre Putin y el socialdemócrata Schröder había generado una Alemania energéticamente dependiente de Moscú. Tras su derrota ante Merkel, en 2005, Schröder protagonizó un episodio de puertas giratorias que le colocó en los consejos de empresas controladas por el Kremlin. El gasoducto Nord Stream era una de esas piezas. Merkel no solo había mantenido en pie el primero de los gasoductos heredados de la amistad entre Putin y Schröder, sino que selló la construcción del Nord Stream 2. Ni la anexión de la península de Crimea, en 2014, le hizo replantearse esa relación de dependencia
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