Todo estaba ahí. No importaba que la cancillería de Berlín no la ocupara ya una mujer crecida en el este comunista, conservadora y líder del partido de Konrad Adenauer y Helmut Kohl, sino un hamburgués algo robotizado y socialdemócrata, como Willy Brandt, Helmut Schmidt o Gerhard Schröder. Merkel seguía siendo la Señora de la Colina. También como casi siempre en Bayreuth, la acompañada su esposo, Joachim Sauer. Este año vestía uno de esos trajes de gala que alguno identificaba como „repetición“ del que lució en otra inauguración de temporada. Todo bien. Si algo se le valora a Merkel fue la falta de presunción. No verse obligada a estrenar un vestido cada año formaba es parte de su perfil; nadie lo interpretaría como un menosprecio al anfitrión.
Todo estaba ahí, inalterable. Pero ajustando un poco más la vista se apreciaba alguna diferencia. A Merkel y a Sauer se les veía algo más sueltos. El catedrático esposo de pronto se permitía posar incluso con una esbelta mujer enfundada en un vestido rojo. Se habían desprendido del grupo formado por otras dos o tres personas más, Merkel incluida. Y se dejaban fotografiar por acompañantes o curiosos. Con Merkel en cancillería, eso habría generado comentarios entre la órbita mediática sensacionalista sobre el fin prematuro e inminente del matrimonio. Este tipo de rumores y los teóricos galanteos del marido a saber con quién llevaban tantos años circulando por los medios. Eran los equivalentes de la prensa del corazón a las sesudas columnas sobre de la famosa ‚Dämmerung‘, ocaso, con lo que convivió Merkel varias legislaturas, hasta que consideró llegado el momento de retirarse.
Fuera de la nueva ligereza con que Merkel afrontaba su condición de líder retirada, estaba claro que ese 2022 no era un año más. Scholz, el socialdemócrata robotizado de Hamburgo había abierto su primer año en el poder con una larga lista de desafíos para su recién formado tripartito con verdes y liberales como socios. La coalición ‚Ampel‘ o semáforo nació entre dudas sobre la capacidad de convivencia entre el aliado verde -el partido de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, y el de Economía, Robert Habeck- y el liberal Christian Lindner, en Finanzas. A Scholz no se le reconocían los dotes de consenso que tuvo Merkel. Le correspondería conciliar las ambiciones medioambientales ecologistas con el afán de recortar gasto liberal.
Fuera de la nueva ligereza con que Merkel afrontaba su condición de líder retirada, estaba claro que ese 2022 no era un año más. Scholz, el socialdemócrata robotizado de Hamburgo había abierto su primer año en el poder con una larga lista de desafíos para su recién formado tripartito con verdes y liberales como socios. La coalición ‚Ampel‘ o semáforo nació entre dudas sobre la capacidad de convivencia entre el aliado verde -el partido de la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, y el de Economía, Robert Habeck- y el liberal Christian Lindner, en Finanzas. A Scholz no se le reconocían los dotes de consenso que tuvo Merkel. Le correspondería conciliar las ambiciones medioambientales ecologistas con el afán de recortar gasto liberal.
„Hoy hemos despertado en otro mundo“, reconocía Baerbock el 22 de febrero. Ese día se cumplieron todas esas amenazas rusas de las que EEUU, Ucrania, los países bálticos o Polonia llevaban años alertando, pero que la Alemania de Merkel creyó se podían manejar. La invasión a gran escala de Ucrania había empezado. Imposible seguir pensando que Vladímir Putin era un líder ‚manejable“. La amistad de intereses entre Putin y el socialdemócrata Schröder había generado una Alemania energéticamente dependiente de Moscú. Tras su derrota ante Merkel, en 2005, Schröder protagonizó un episodio de puertas giratorias que le colocó en los consejos de empresas controladas por el Kremlin. El gasoducto Nord Stream era una de esas piezas. Merkel no solo había mantenido en pie el primero de los gasoductos heredados de la amistad entre Putin y Schröder, sino que selló la construcción del Nord Stream 2. Ni la anexión de la península de Crimea, en 2014, le hizo replantearse esa relación de dependencia

A Scholz le correspondió romper tabús, como convertirse en suministrador de armas a Ucrania. De pronto, los socios Verdes abonaban un giro hacia el rearme y la puesta a punto de un ejército lastrado por décadas de recortes. La transición hacia las renovables quedaba aparcada. Al ecologista Habeck le correspondía buscar sustitutos aceleradamente al gas ruso.
La cumbre del G7 de Elmau, en la verde Baviera, fue todo lo contrario a la que tuvo lugar en esas mismas praderas en 2015 con Merkel en el poder y su admirado Barack Obama haciendo las delicias del circo mediático. La confluencia de los dos líderes de referencia planetarios dio para varias sesiones altamente mediatizadas entre jarras de cerveza y risas. Ahora a Scholz le tocaba recibir a los líderes de las siete potencias en un mundo que, efectivamente, había despertado de pronto.
Alemania había abierto de nuevo las puertas a los refugiados. Esta vez no se trataba de hombres jóvenes procedentes principalmente de Siria, como en 2015. Eran mujeres y niños, que habían salido Ucrania con un par de bultos o maletas y con el doble trauma de dejar atrás su país y de no saber qué sería de su esposo, hijo, hermano o novio en el frente. El G7 se volcó en Volodímir Zelenski, mientras en las estaciones de toda Alemania miles de manos voluntarias se volcaban en recibir a esas mujeres y niños.
Todo estaba ahí. Pero nada era lo mismo. El legado de la impecable Merkel empezó a surcarse de grietas. Por qué consintió tanto a Putin era la pregunta reincidente. Fue un error de cálculo o el producto de esa especie de miedo o respeto que en su Alemania de origen se sentía hacia Rusia. Tal vez, simplemente, dejó hacer. La industria alemana se beneficiaba del barato gas ruso.
En Bayreuth se estrenaba ese año un nuevo ‚Anillo del Nibelungo“. Probablemente el último para mi. Mi cuenta atrás hacia la jubilación había empezado. Sería dífícil que, en caso de seguir como freenlance, pudiera permitirme el lujo de seis pernoctaciones en Bayrethl
Fue un estreno de los que hacen historia, pero por turbulento. ‚El oro del Rin“ desató ya profusos abucheos. La idea del austriaco Valentin Schwarz de trasladar la tetralogía al formato ‚Netflix‘ era provocadora o hasta trasgresora. Pero no fue esto lo que desató las iras del templo. Al fin y al cabo, entre los rituales de Bayreuth está el afán de desafío a la ortodoxia. El problema es que el propósito de Schwarz derivó, a juicio de los más severos, despropósito. En lugar del acostumbrado cruce entre abucheos y pataletas aprobatorias, a Schwarz le cayó el bufido unánime y prolongado del templo wagneriano.
Nada alteraba los ritmos en Bayreuth. Al estreno seguía la recepción, generosa en comida y vinos, por invitación del próspero estado de Baviera. Una forma de marcar distancias hacia la cutrez berlinesa. Se ofreció el concierto popular, a modo de gran picnic, en las laderas de la colina; y Merkel y su esposo se mezclaron discretamente con el mundo wagneriano pasados los mediáticos saludos iniciales. Pero nada era como siempre. Habíamos despertado en otro mundo, como sintetizó en una frase Annalena Baerbock. Ni la ministra de Exteriores ni Scholz habían acudido a Bayreuth. Tampoco se les esperaba. El festival bávaro nunca había sido lugar de peregrinaje para la clase política de Berlín. Merkel creó su propia dinámica como visitante incondicional. Bayreuth al menos la seguía recibiendo como la señora de la casa.
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