Segunda visita a Bayreuth ya como ex mujer más poderosa del mundo. Bajo un diluvio y, encima, con Ursula von der Leyen como nueva líder europea o incluso del mundo libre compartiendo escena. La temporada 2023 parecía un nuevo para Angela Merkel y su tradicional subida a la Verde Colina, esta vez empapada. El público con entrada se arremolinaba en el interior del teatro para ver la llegada de los ilustres; había obviamente poco pueblo llano esperando fuera y la prensa gráfica cumplía como podía, atrincherada entre plásticos, con su cometido.Merkel entró, como siempre, soberana. Saludaba bajo el paraguas transparente ideado supongo por el festival para hacer al menos mínimamente viable el trabajo de fotógrafos y cámaras. Lo mismo hizo von der Leyen. Ya en el interior, los medios acreditados teníamos de pronto la sensación de qué, por fin, Merkel nos miraba. Estábamos, como siempre, unas hileras por debajo del palco que en su día ocuparon Luis II de Baviera y Adolf Hitler, desde la refundación del festival destinado a la elite política del presente. La excanciller tenía ahí asegurado un puesto destacado, como su esposo Joachim Sauer. Pero en lugar de aparentar no vernos como otras veces, se asomaba ligeramente, sonreía y parecía ajena a las conversaciones del resto. Entre ellos, la presidenta de la Comisión Europea, la mujer que fue su ministra de Defensa y de la que se llegó a decir que la sucedería al frente de la familia conservadora alemana.Merkel parecía disfrutar de su retiro. Imposible saber si eso era una mera percepción benévola o si, por contra, se sentía destronada por su exministra y ahora líder europea. Sauer seguía, como siempre, en lo suyo. Como no había pueblo suficiente para aplaudir las llegadas era también imposible saber a quién de los dos grandes mujeres habrían aclamado más.
La atracción de la gala inaugural eran unas gafas de realidad aumentada -AR- teóricamente habilitadas para asistir al prodigioso "Parsifal" concebido por Jay Scheid. Dirigía Pablo Heras-Casado, el primer español en el mítico foso de Bayreuth desde que Plácido Domingo tomara la batuta para la 'Valquiria", en 2018.
Había cierto runrún malhumorado entre los asistentes. Solo uno de cada cinco tenía una de esas gafas, lo que en realidad no estaba claro si era un privilegio o acabaría siendo un engorro. Se esperaba, al menos, que Heras-Casado haría honor a su buena reputación como maestro wagneriano, tras el fiasco en que derivó su antecesor Domingo.
Jugar con las gafitas y hacerse una selfie con el palco VIP al fondo era una tentación irresistible. La primera impresión fue que, efectivamente, estorbaban más que ayudaban a seguir el Parsifal. Al final los privilegiados eran los que no tenían derecho a gafas. Heras-Casado no pinchó, al contrario. Compensó como maestro wagneriano la pesadez de la realidad aumentada. Y concedió a la enviada de Efe una de esas entrevistas socorridas exactamente en la misma habitacioncita de los de prensa del festival donde lo hizo Domingo unos años antes. La enviada de Efe estaba cerrando capítulos. Mientras tanto se había parapetado en la semi clandestinidad en dos pseudónimos -firmaba Joana Serra, por su abuelo Joan Serra, para "El Correo Vasco" y Marina Ferrer, por su abuelita, en "El Periódico", su próximo patrono como corresponsal.
En Berlín, Olaf Scholz seguía comportándose como un exasperante, pero irrenunciable aliado occidental para Volodímir Zelenski. Alemania era el segundo contribuyente neto a la ayuda a Ucrania, insistía el canciller, tras EEUU. Pero capaz de demorar cualquier decisión respecto a los tanques Leopard, a los sistemas de defensa antiárea u otras sucesivas 'líneas rojas". Desesperante, para Zelenski. E irritante, para sus socios Verdes, que de nuevo iban siempre dos pasos por delante del canciller cuando se trataba de apoyar envíos de armas para detener a Vladímir Putin. Para Scholz toda decisión era como arrancarle una muela. Francia, en cambio, anunciaba de todo, pero no suministraba tanto.A todo eso se dedicaban tanto la corresponsal de Efe como sus socias, Joana y Marina. El 20 de agosto, un domingo, salió definitivamente por esa puerta tras dejar constancia en un tuit de sus 24 años, tres meses y algunos días en la delegación berlinesa. Fueron 2.842 horas firmadas con nombre y apellidos y 39.371 con sus agencias siglas gc. Ese tuit era su Zapfenstreich, como se llama en Alemania al toque de retreta militar. Dejó en su turno de cierre una última nota firmada sobre Olaf Scholz y el mal estado de su coalición, en medio de un cúmulo de notas urgentes relacionadas con Ucrania. Una semanas después se ponía rumbo a la Buchmesse, Baviera y Polonia, para coberturas sobre el terreno. Marina Ferrer era ya Gemma Casadevall para El Periódico, mientras Joana seguía activa para los vascos.
Una forma de demostrarse que la vida sigue. En Polonia, el europeísta Donald Tusk apartaba del poder al ultranacionalismo del PiS, aunque seguiría poniéndole las cosas difíciles a través del presidente adicto, Andrzej Duda. En Países Bajos, otro país satélite de sus nuevas corresponsalías, el recalcitrante trumpista ultra Geert Wilders ganaba en las urnas.
La aún enviada de Efe había dejado ese año Bayreuth con la doble pregunta de si al siguiente volvería a su Verde Colina con sus nuevos patronos. Por qué no, siendo que son millones los jubilados alemanes que siguen en activo tras el retiro. Sea por no aburrirse en casa, porque la pensión no da o por ambas cosas. La vida sigue. Estaría también ahí de nuevo Merkel, la ex mujer más poderosa del mundo?



.jpg)