Nadie con dos dedos de frente le disputará a Barcelona, y concretamente al Liceu, su espíritu wagneriano. En caso de duda, se recurre al artículo colgado por Jordi Maddaleno en su cuenta en X o en Bluesky ante la première del 'Lohengrin' de Katharina Wagner, Ahí queda constancia de que es la ópera romántica por excelencia de Richard Wagner. También de que fue la primera del compositor que se vio en Barcelona, en 1882. Desde entonces ha habido 242 funciones de la obra en el teatro de la Rambla.
De los vínculos entre el compositor y Barcelona da cuenta la existencia de un 'Club Wagner', con sede en el Eixample. Y la expectación ante el estreno quedó reflejada en la abultada presencia en la gala de un selecto grupo de críticos alemanes asiduos a Bayreuth, así como de un notable cómputo de compatriotas reconocibles como 'público corriente'.
Había expectación porque el 'Lohengrin' de Katharina, la biznieta, como se la suele llamar, llegó a la Rambla con cinco años de retraso. La pandemia obligó a aparcar el proyecto.
Todo estaba ahí. La ópera romántica por excelencia, la biznieta y un culebrón para animar los comentarios en los entreactos: la hostilidad entre Katharina y la soprano sueca Iréne Theorin, a la que la directora de Bayreuth no ha perdonado la peineta con que reaccionó a los abucheos del público del templo wagneriano, hace un par de años. La historia animó las previas al estreno. Theorin quedó proscrita del estreno por orden de Katharina; en su lugar se fichó a la finlandesa Miina-Liisa Värelä. Todo, incluido el culebrón, respondía a los esquemas de Bayreuth.
Lo siguiente a lo que debe acomodarse el recién llegado es a la presencia del, con perdón, karaoke. Es decir, los subtítulos con que se ayuda al público a seguir un hilo argumental que, como siempre en Wagner, es de cualquier modo inexplicable desde perspectivas actuales. En tres idiomas, catalán, castellano e inglés, porque en un teatro de la Barcelona de hoy sería impensable hacerlo solo en uno, fuera el que fuera el elegido. El karaoke operístico se aplica en muchos de los grandes teatros del mundo, pero no en Bayreuth. Ahí sería una especie de afrenta plantear que alguien del público no conoce el libreto. Poco importa que esa presunción haya dejado de ser cierta hace décadas. El mito pesa más que la realidad. Y Bayreuth vive de sus mitos.
También es verdad que la presencia de los subtítulos en tres idiomas estorba. Uno se siente como cuando asiste al estreno de una película en español en la Berlinale subtitulada en inglés y alemán. Aunque no haya necesidad alguna de leer para entenderla, los ojos se van irremisiblemente a los subtítulos. O se acaba juzgando incluso si los textos traducidos son o no fieles al idioma original.
En el proscenio del Liceu hay otro tipo de 'auxilio' al visitante más perturbador: el pequeño monitor ante su asiento con el que se trata de paliar la visibilidad parcial para ofrecer la escenografía al completo. Un esfuerzo técnico que se agradece. Pero que coloca al espectador ante la sensación de estar ante un VAR, el árbitro asistente por vídeo nacido para determinar si hubo fuera de juego o si lo de Marc Cucurella contra Alemania fue mano y por tanto penalti.
El siguiente impacto surgirá en la visita al Saló dels Miralls del entreacto. Allí se espera que todo esté en orden. La copa de cava, el minibocadillo... ¿Es así? No del todo. En el centro del magnífico salón se exhiben desde hace cierto tiempo instalaciones artísticas, aclaran al neófito Maddaleno o Rosa Massagué, que sí saben todo del Liceu. Esta vez el honor corresponde a 'Gerundi Circular', de Claudia Pagès. Sea por la abultada presencia de público 'guiri' o por el diseño de la obra, la instalación recuerda peligrosamente a los anuncios del segmento 'sol y playa' presentes en la ITB, la Feria del Turismo de Berlín. Poco acorde con la fidelidad a los cánones del patrimonio artístico, piensa el severo neófito.A todo esto: qué tal el 'Lohengrin' de Katharina? A la biznieta se la recibió cuando finalmente apareció sobre el escenario con abucheos. Algunos lo atribuyen al feo culebrón o al hecho de que, de resultas de este, la directora se había escabullido de las presentaciones y actos previos. Tal vez hubo algo de eso. O tal vez fue que su transgresora versión del héroe, al que convierte en villano, no convence. Peca de lúgubre, como suele ocurrirle a Katharina cuando asume una dirección escénica, recuerda cualquier asiduo a Bayreuth. Tampoco debió asustarse tanto ante el chaparrón. En su 'verde colina' este tipo de castigos suelen generar tormentas y pataletas de desaprobación. Lo del Liceu fue leve.
La heroína de la noche fue Miina-Liisa Värelä, con una Ortrud poderosa y no solo transgresora. Elisabeth Teige cumplió con su confusa Elsa. Y Klaus Florian Vogt convenció incluso a quienes juzgan exagerado el culto que se le rinde como solista en nómina de Bayreuth. Su Lohengrin toma perfiles de guiri al borde de la insolación, más que de hijo de Parsifal. De eso se trataba.Una última consideración: tal vez Katharina debería apostar por el radicalismo escénico. Liberarse de un apellido al que debe todo, pero que pesa demasiado. Por ejemplo, incorporando el VAR a su siguiente ópera. El arbitraje por video, capaz de calibrar al milímetro lo que escapa al ojo o al oído humano.



