De pronto ese 25 de julio no teníamos a quién fotografiar en el palco de todos los años. A Markus Söder no, desde luego, aunque luego nos invite a la recepción de siempre, tras el estreno. Ahí donde uno podía comer, beber y hasta bailar como en ningún otro ‘land’ alemán. Baviera invita. El menú es los de todos los años. Pero todo el mundo acude.
O casi todo el mundo. Angela Merkel faltó a la prácticamente única cita donde se la había visto mientras fue jefa de la oposición, luego como canciller neófita, a continuación como imbatible líder alemana y europea o finalmente incluso jubilada del poder. No se había perdido Bayreuth en 2022, su primera temporada como excanciller; ni tampoco al siguiente año. Faltaba una pieza en ese Bayreuth al que uno va simplemente para demostrarse que en algún lugar del mundo todo sigue igual. O a hacerse la selfie de todos los años entre colegas.
Unos atribuían su ausencia a que estaba escribiendo esas memorias que, en realidad, se encargaba de ordenar y probablemente escribir Beate Baumann, la persona a quien Merkel había confiado durante décadas tanto lo de llevar del brazo a su ancianísima madre por el Bundestag a los detalles de cualquier visita de Estado. Otros lo atribuían a un cáncer de Joachim Sauer, la quintaesencia de la devoción wagneriana y probablemente el responsable de que Merkel asumiera como propio ese otro dogma.
El palco había dejado de tener el menor interés. Merkel seguramente escribía, co-escribía o delegaba en Baumann lo de sus memorias. La presentación del libro más esperado del año se anunciaba para noviembre. Por entonces se había hundido ya la coalición entre su perfecto sucesor, Olaf Scholz, los dóciles verdes y un aliado traidor, Christian Lindner. Es decir, el mismo líder liberal que en 2017 había dejado a Merkel en la estacada. La entonces reina de todos los consensos había creído atada la que habría sido su última coalición, una alianza inexplorada con verdes y liberales con la que escribir una nueva página en la historia de las constelaciones políticas alemana. Hasta que Lindner se levantó de la mesa y salió a explicar a los medios en plena noche, con ojos vidriosos, que mejor no gobernar que gobernar mal. A Merkel no le quedó otro remedio que recuperar la fórmula de la gran coalición.
A Merkel la dejó Lindner en la estacada antes de empezar. Con Scholz escaló el siguiente escaló: le había hecho creer que sería su aliado, para acabar reventando la coalición desde dentro. Scholz se hundía. En su lugar emergía de nuevo el derechista al que Merkel creyó haber arrinconado veinte años atrás. Friedrich Merz no se iba a conformar con llevar de las riendas del partido. Iba a por todas.
A Scholz se le hundió la coalición en noviembre. Poco después pactaba con Merz, el líder ansioso de relevarlo, la fecha para las elecciones anticipadas. Antes que eso, se presentaron por fin las famosas memorias de Merkel. O de Baumann. No fue en su palco de Bayreuth, sino sobre el escenario de un teatro berlinés, el Deutsches Theater. Nunca, en sus 16 años en el poder, había resultado tan inaccesible como en la campaña de promoción de un libro precocinado como un best-seller.
A la autora del ‘Yo la vi primero’ no se le tuvo en cuenta su fidelidad. La entrevista en exclusiva fue, como no podía ser de otro modo, para Marc Bassets, recién retornado a Berlín con el medio de referencia por excelencia, ‘El País’. Al resto de corresponsales, leales o desleales, no se les envió ni un ejemplar. Tampoco accedieron a verla en directo sobre el escenario del Deutsches Theater. Ni con acreditación de prensa ni con una entrada adquirida en el mercado libre, que se esfumaron en cuando salieron a la venta. Un mal streaming debía bastarles. Por si faltaban elementos para la rabieta, vía online se apreciaban bastantes butacas vacías. La lista de agravios se completó con un feo aún más feo: la presentación en Barcelona, que por supuesto tampoco fue para la leal biógrafa de este blog, sino para el segundo gran medio de referencia, La Vanguardia.