![]() |
| Foto: alliance dpa |
Sonrisa de recién casada
+ El brindis de Lafontaine, el maletín del tesorero y la columna de la "Faz"
La temporada 88 del Festival Richard Wagner de Bayreuth se abrió el 25 de julio, como venía haciéndose cada año. Al menos, como lo recordábamos quienes llevábamos algún año más ya como visitantes la verde colina -modestamente, en mi caso, desde 1994-.
Nada que no pudiera esperar. Wolfgang, el refundador, llevaba en el puesto desde 1951. Cumplía los 80 en agosto. Pero no iba a retirarse, según sus cuentas, antes de 2001.
Como todos los años, la plana mayor de la política bávara desfiló hasta el granero más caro del mundo, como se apodaba al teatro que mandó construir Richard Wagner en esa ciudad de provincias bávara y donde abrió su primer festival, en 1874.
Ahí estaba la farándula local entre ricos de rigurosa etiqueta, menos ricos tratando de estar a la altura, algún intruso y también algún ministro del gobierno que un año antes había apeado del poder a Helmut Kohl. Los machos alfa de la recién estrenada coalición roji-verde, Gerhard Schröder y Joshka Fischer, no se contaban entre los afines al granero. Pero delegaban la presencia en otros.
El desfile inaugural incluyó a Angela Merkel. Acababa de cumplir los 45. Llevaba apenas nueve años en política y había pasado ya por dos ministerios con Kohl -primero, el de la Familia, Juventud, etc; luego Medioambiente-. Pero seguía siendo "das Kohls Mädchen", la muchacha de Kohl. La hija del pastor protestante, crecida en una parroquia perdida de territorio comunista, a una hora de Berlín, resumían sus biógrafos. La científica que saltó a la política en cuanto cayó el muro. Ingresó en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Kohl en 1990; ese mismo año se hizo con su primer escaño de diputada en Stralsund, un distrito báltico. De ahí pasó a ministra del canciller necesitado de rostros jóvenes del este, a ser posible de mujer. Ella cumplía todos los requisitos. Fue una carrera prodigiosa.
Adecentando lo privado
Merkel era todo eso, había sido ministra de dos legislaturas de Kohl. De esa posición había pasado a la de secretaria general de la Unión Cristianodemócrata (CDU). Sin hacer ruido, apuntalada en su ya por encontes reconocido talento para organizar e inagotable capacidad de trabajo. Las horas que hiciera falta. Tal como había aprendido en ese austero hogar del pastor protestante del este alemán donde creció.
La familia socialdemócrata se desgarraba a los seis meses de llegar al poder Schöder. Lafontaine con su hijo sobre los hombros era la plasmación de ese desgarro entre la izquierda del alma y el centrismo traidor; los conservadores mientras tanto parecía que se regeneraban, con su aplicada secretaria general crecida en el este y Schäuble como leal sucesor designado por Kohl.
Todo bien, hasta que el 5 de noviembre de 1999 una orden de detención contra el extesorero de la CDU, Walter Leisler Kiep, dejó en nada el mediatizado desgarro socialdemócrata. Surgió un donativo no declarado de un millón de marcos, recibido en un maletín, en1991 del comerciante de armas KarlHeinz Schreiber. Se le relacionaba con suministros de tanques para Arabia Saudí y negocios con Airbus. Era el principio de la pesadilla para Kohl. El canciller de la reunificación se precipitaba en el descrédito como artífice de una red de cuentas secretas entre paraísos fiscales europeos. El delfín Schäuble, su leal soldado, negó saber nada de esas cosas.
El 19 de diciembre, en una entrevista para la televisión pública ZDF, Kohl admitió haber recibido entre 1993 y 1998 una cantidad no determinada de donativos no declarados por un monto "entre uno y dos millones de marcos". Se negaba a declarar el nombre de sus donantes.
Tres días después, el 22 de diciembre, el "Frankfurter Allgemeine Zeitung", la "FAZ" publicaba una columna que daría el vuelco definitivo a la carrera de Merkel. La secretaria general llamaba a la CDU a emanciparse del patriarca desde un diario que era la quintaesencia del conservadurismo serio alemán. Era una columna escrita por cuenta propia, sin consulta previa al delfín. La muchacha del este no estaba implicada en una trama ni en la familia política de Kohl, dos conceptos tejidos en la llamada "República de Bonn", a la que ella no perteneció. Con la columna de la "Faz" empezaba la era Merkel.
La temporada arrancaba, como casi siempre, con un estreno para la apertura, el "Lohengin de Keith Warner y Antonio Pappano. Y, también de acuerdo a lo habitual, se hablaba en los entreactos, entre helados de chocolate, copas de champagne real o sekt alemán, del rompecabezas familiar y la guerra de sucesión de los Wagner. El nieto del compositor y patriarca de la casa, Wolfgang, no pensaba soltar las riendas al menos en un par de años más, se comentaba de nuevo. De hacerlo, se aseguraría la perpetuidad a través Gudrun, su exsecretaria y segunda esposa, 25 años más joven y madre de Katharina, la heredera natural. La llamada sobrina rebelde, Nike, aspiraba a romper esos planes. Estaba además como tercera en liza la hija del primer matrimonio de Wolfgang, Eva Wagner-Pasquier. E incluso un tataranieto, Wieland Lafferentz, que había añadido su nombre a lista de aspirantes. La guerra sucesoria animaba nuestras coberturas previas y los famosos entreactos de una hora de reloj, entre copas, helados, viendo entrar a los VIPS en el Steigenberger vecino, tomando cervezas en el chiringuito al sol o picnics sobre la hierba.
Nada que no pudiera esperar. Wolfgang, el refundador, llevaba en el puesto desde 1951. Cumplía los 80 en agosto. Pero no iba a retirarse, según sus cuentas, antes de 2001.
Como todos los años, la plana mayor de la política bávara desfiló hasta el granero más caro del mundo, como se apodaba al teatro que mandó construir Richard Wagner en esa ciudad de provincias bávara y donde abrió su primer festival, en 1874.
Ahí estaba la farándula local entre ricos de rigurosa etiqueta, menos ricos tratando de estar a la altura, algún intruso y también algún ministro del gobierno que un año antes había apeado del poder a Helmut Kohl. Los machos alfa de la recién estrenada coalición roji-verde, Gerhard Schröder y Joshka Fischer, no se contaban entre los afines al granero. Pero delegaban la presencia en otros.
El desfile inaugural incluyó a Angela Merkel. Acababa de cumplir los 45. Llevaba apenas nueve años en política y había pasado ya por dos ministerios con Kohl -primero, el de la Familia, Juventud, etc; luego Medioambiente-. Pero seguía siendo "das Kohls Mädchen", la muchacha de Kohl. La hija del pastor protestante, crecida en una parroquia perdida de territorio comunista, a una hora de Berlín, resumían sus biógrafos. La científica que saltó a la política en cuanto cayó el muro. Ingresó en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Kohl en 1990; ese mismo año se hizo con su primer escaño de diputada en Stralsund, un distrito báltico. De ahí pasó a ministra del canciller necesitado de rostros jóvenes del este, a ser posible de mujer. Ella cumplía todos los requisitos. Fue una carrera prodigiosa.
Adecentando lo privado
Merkel era todo eso, había sido ministra de dos legislaturas de Kohl. De esa posición había pasado a la de secretaria general de la Unión Cristianodemócrata (CDU). Sin hacer ruido, apuntalada en su ya por encontes reconocido talento para organizar e inagotable capacidad de trabajo. Las horas que hiciera falta. Tal como había aprendido en ese austero hogar del pastor protestante del este alemán donde creció.
En noviembre de 1998, unos meses después de la derrota conservadora ante el socialdemócrata Schröder, había accedido a la secretaría general del partido que desde hacía un cuarto de siglo era dominio de Kohl. Fue en el mismo congreso en que Kohl le traspasó, entre pucheros y emocionado por su propia grandeza, la presidencia del partido a Wolfgang Schaüble.
El 30 de diciembre de ese mismo año se casó Angela Merkel con Joachim Sauer, cinco años mayor que ella. Formaban pareja de hecho desde un tiempo no determinado. En cualquier caso, superior a lo que un partido conservador puede encajar sin impacientarse para su secretaria general. Sin hijos, por parte de ella. Con dos hijos varones, adultos, per parte de él.
Por Bayreuth apareció Merkel con esa sonrisa de recién casada. La pareja no era nueva. Se conocían desde 1984, aproximadamente; a Sauer le había dedicado Merkel una mención de agradecimiento por la "mirada crítica" que echó a la tesis en Ciencias Físicas con que se doctoró, en 1986. Sauer era por entonces un científico destacado en Física Cuántica, llevaba unos tres años divorciado y tenía dos hijos. No se sabe mucho más. La discreción en lo privado era ya por entonces señal de identidad para Merkel. Mucho más iba a serlo para Sauer y familiar precedente.
El 30 de diciembre de ese mismo año se casó Angela Merkel con Joachim Sauer, cinco años mayor que ella. Formaban pareja de hecho desde un tiempo no determinado. En cualquier caso, superior a lo que un partido conservador puede encajar sin impacientarse para su secretaria general. Sin hijos, por parte de ella. Con dos hijos varones, adultos, per parte de él.
Por Bayreuth apareció Merkel con esa sonrisa de recién casada. La pareja no era nueva. Se conocían desde 1984, aproximadamente; a Sauer le había dedicado Merkel una mención de agradecimiento por la "mirada crítica" que echó a la tesis en Ciencias Físicas con que se doctoró, en 1986. Sauer era por entonces un científico destacado en Física Cuántica, llevaba unos tres años divorciado y tenía dos hijos. No se sabe mucho más. La discreción en lo privado era ya por entonces señal de identidad para Merkel. Mucho más iba a serlo para Sauer y familiar precedente.
En la CDU había cierta inquietud por la vida privada de la secretaria general. La muchacha del este que vino al mundo en julio de 1954 como Angela Dorothea Kasner y adoptó el apellido Merkel en 1977, con 23 años. Fue a raíz de su matrimonio con un compañero de estudios llamado Ulrich Merkel. El matrimonio se desvaneció cinco años después, pero ella conservó el apellido. No iba a cambiarlo en 1998 por el de Sauer, siendo que en política, su ámbito, a la "Mädchen" de Kohl se la conocía por Merkel.
Se sabían ese tipo de datos biográficos. No los por qués de cada uno; de Sauer se decía que era un tipo silencioso, tal vez una autoridad científica, cuyo apellido no compartido con una mujer metida en política le ayudaba a preservar su intimidad. No había por qué saber en qué circunstancias se divorció o empezó su convivencia. Pero sí se sabía que era un wagneriano febril. Uno más, en Bayreuth.
Merkel, sonrisa de recién casada, no era nueva en el desfile. Se la había visto por Bayreuth siendo aún ministra. Pero ese año ascendía al olimpo wagneriano desde su condición de secretaria general de la CDU. El partido había caído en la oposición, pero seguía siendo la formación política más influyente del país. Tal vez su mente analítica le ayudó a combinar la pasión wagneriana del marido con la carrera política. Acudir a Bayreuth era una forma de asegurarse Baviera. Sin Baviera no se accede al poder en Alemania.
El 25 de julio abrió Bayreuth con un "Lohengrin" que se llevó dosis comedidas de abucheos y alguna crítica destructiva. Nada nuevo, en un granero donde lo de patear en el suelo mientras otros aplauden con fervor forma parte del devocionario wagneriano.
El Napoleón del Sarre
Lo realmente nuevo vendría unos meses después de ese"Lohengrin". Las urnas habían retirado a Kohl tras 16 años como canciller; el patriarca se había reservado el puesto de presidente honorario de la CDU. Pero su sucesión ordenada se torció cuando Schäuble estaba aún tanteando cómo imprimir un sello propio al partido que Kohl había dirigido durante 25 años.
Inicialmente la CDU pareció responder bien a la derrota en las urnas. 16 años en el poder eran suficentes, parecía entender incluso el partido derrotrado. A escala regional iba sacando adelante buenos resultados. En cambio, al gobierno roji-verde de Schröder le había estallado una más que estrepitosa estampida a menos de seis meses de formarse. La mirada escéptica del verde Joschka Fischer sobre los carcajeantes Schröder y Oskar Lafontaine, en pleno brindis por el pacto de coalición, cobró de pronto sentido. Parece que el verde Fischer sí sabía ya entonces la hostilidad escondida entre esas risotadas entre amigos que se cruzaban los socialdemócratas Schröder y Lafontaine.
Se sabían ese tipo de datos biográficos. No los por qués de cada uno; de Sauer se decía que era un tipo silencioso, tal vez una autoridad científica, cuyo apellido no compartido con una mujer metida en política le ayudaba a preservar su intimidad. No había por qué saber en qué circunstancias se divorció o empezó su convivencia. Pero sí se sabía que era un wagneriano febril. Uno más, en Bayreuth.
Merkel, sonrisa de recién casada, no era nueva en el desfile. Se la había visto por Bayreuth siendo aún ministra. Pero ese año ascendía al olimpo wagneriano desde su condición de secretaria general de la CDU. El partido había caído en la oposición, pero seguía siendo la formación política más influyente del país. Tal vez su mente analítica le ayudó a combinar la pasión wagneriana del marido con la carrera política. Acudir a Bayreuth era una forma de asegurarse Baviera. Sin Baviera no se accede al poder en Alemania.
El 25 de julio abrió Bayreuth con un "Lohengrin" que se llevó dosis comedidas de abucheos y alguna crítica destructiva. Nada nuevo, en un granero donde lo de patear en el suelo mientras otros aplauden con fervor forma parte del devocionario wagneriano.
El Napoleón del Sarre
Lo realmente nuevo vendría unos meses después de ese"Lohengrin". Las urnas habían retirado a Kohl tras 16 años como canciller; el patriarca se había reservado el puesto de presidente honorario de la CDU. Pero su sucesión ordenada se torció cuando Schäuble estaba aún tanteando cómo imprimir un sello propio al partido que Kohl había dirigido durante 25 años.
Inicialmente la CDU pareció responder bien a la derrota en las urnas. 16 años en el poder eran suficentes, parecía entender incluso el partido derrotrado. A escala regional iba sacando adelante buenos resultados. En cambio, al gobierno roji-verde de Schröder le había estallado una más que estrepitosa estampida a menos de seis meses de formarse. La mirada escéptica del verde Joschka Fischer sobre los carcajeantes Schröder y Oskar Lafontaine, en pleno brindis por el pacto de coalición, cobró de pronto sentido. Parece que el verde Fischer sí sabía ya entonces la hostilidad escondida entre esas risotadas entre amigos que se cruzaban los socialdemócratas Schröder y Lafontaine.
Medio año después de mandar a la CDU a la oposición y suscribir un inédito pacto de coalición roji-verde, Oskar Lafontaine, ministro de Finanzas y presidente socialdemócrata, dejó intempestivamente ambos cargos. Plasmó así un ajuste de cuentas entre el alma tradicional más o menos izquierdista del partido y la traición centrista a esas esencias que representaba Schröder.
Los Verdes eran menos díscolos de lo esperado en un partido de raíces antijerárquicas; pero el alma socialdemócrata empezada a desgarrarse.
![]() |
| Foto: dpa |
Lafontaine se atrincheró en su chalet del Sarre, su "Land" de siempre, casi francés, como su apellido. A él debía el apodo del Napoléon del Sarre. En cuestión de horas el jardín del chalet se convirtió en un plató mediático a la espera de revelaciones. Oskar salió, claro que lo hizo. Cargando a su hijo sobre los hombros, feliz ante su hazaña y preparado para el impacto mediático. Lo que siguió fue, efectivamente, el esperado ajuste de cuentas por parte del ya expresidente socialdemócrata. Demasiados gallos en el gallinero.
De pronto, un tesorero y un traficante de armas
![]() |
| Foto: dpa |
Todo bien, hasta que el 5 de noviembre de 1999 una orden de detención contra el extesorero de la CDU, Walter Leisler Kiep, dejó en nada el mediatizado desgarro socialdemócrata. Surgió un donativo no declarado de un millón de marcos, recibido en un maletín, en1991 del comerciante de armas KarlHeinz Schreiber. Se le relacionaba con suministros de tanques para Arabia Saudí y negocios con Airbus. Era el principio de la pesadilla para Kohl. El canciller de la reunificación se precipitaba en el descrédito como artífice de una red de cuentas secretas entre paraísos fiscales europeos. El delfín Schäuble, su leal soldado, negó saber nada de esas cosas.
El 19 de diciembre, en una entrevista para la televisión pública ZDF, Kohl admitió haber recibido entre 1993 y 1998 una cantidad no determinada de donativos no declarados por un monto "entre uno y dos millones de marcos". Se negaba a declarar el nombre de sus donantes.
Tres días después, el 22 de diciembre, el "Frankfurter Allgemeine Zeitung", la "FAZ" publicaba una columna que daría el vuelco definitivo a la carrera de Merkel. La secretaria general llamaba a la CDU a emanciparse del patriarca desde un diario que era la quintaesencia del conservadurismo serio alemán. Era una columna escrita por cuenta propia, sin consulta previa al delfín. La muchacha del este no estaba implicada en una trama ni en la familia política de Kohl, dos conceptos tejidos en la llamada "República de Bonn", a la que ella no perteneció. Con la columna de la "Faz" empezaba la era Merkel.
Lectura recomendada:
"Angela Merkel", Gerd Langguth, Deutscher Taschenbuch Verlag, 2005. Probablemente la biografía de la que más nos hemos nutrido todos.
Gastro
Café Florian, un todo terreno. Por entonces, en una plazoleta estratégica, junto al viejo Mauer, de camino entre el hotel y el corazón de la ciudad.



