El amable viejecito Wolfgang
+ Hannelore Kohl
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| Foto: alliance dpa |
En Bayreuth nada funciona como en el resto del mundo. No hay acreditaciones, sino entradas para prensa, cada una de las cuales se suplicaba debidamente por correo postal. Mi antecesora en la corresponsalía se topó con el patriarca unos años atrás paseando por sus jardines. Se tenía entrada. El mandamás se apiadó, ordenó a su oficina que le buscaran una; entró y desde entonces ya no tuvo que suplicar más. Ni ella, ni su sucesora en esa corresponsalía, heredera natural de la entrada original desde 1994. Todo en Bayreuth respondía a algún tipo de derecho sucesorio.
Por primera vez en años, este 2001 no estaría ya sobre la verde colina Waltraud Meier. La más preciada mezzosoprano de Bayreuth, tan bávara como el festival, se había despedido de la casa la temporada anterior acusando a Wolfgang de tirano. El portazo seguía resonando. Tampoco estaba ahí Plácido. Sustituía al dúo perfecto Robert Dean Smith y Violeta Urmana. La batuta la llevaría Adam Fischer, ya que Sinopoli había muerto.
No había estreno para la apertura, sino una reposición de los "Maestros Cantores" de 1996. Una producción más bien rutinaria, como solía ocurrir con las que asumía personalmente Wolfgang y con el leal Christian Thielemann a la batuta. Qué podía salir mal. Se cumplían 125 años del estreno del primer "Anillo" en el teatro que Richard Wagner mandó construir con el dinero de Luis II de Baviera. Y medio siglo de la refundación del festival, en 1951, bajo custodia aliada y obviamente estigmatizado por los años de sumisión a Adolf Hitler. Wolfgang y su hermano Wieland, a quienes Hitler dio trato de sobrinos, fueron los encargados de refundarlo. Desde la muerte de Wieland, en 1966, el nieto superviviente, mandamás iracundo o anciano adorable, llevaba sus riendas en solitario.
Plácido, en papel
"No hay nada peor para todos los interesados que preguntarse los unos a los otros, en voz alta o por lo bajo: ¿cuándo se marchará de una vez el tipo? Una historia trágica, esa despedida. Digno de Wagner", opinó desde el semanario "Der Spiegel" Plácido Domingo. El tenor español hurgaba en la llaga, en un año sin estrenos, sin dúos de altura, con aniversarios redondos y el telón de fondo de la guerra sucesoria sin resolver. Se enfrentaban de nuevo el continuismo -la esposa-secretaria, Gudrun- y la sobrina rebelde, Nike. Katharina, la legítima, era demasiado joven.
De pronto, Hannelore
Digna de Wagner era también la tempestad incesante sobre la Unión Cristianodemócrata (CDU). Angela Merkel acudía a su segunda temporada en Bayreuth como presidenta del partido de Konrad Adenauer. Esta claro que no lo hacía por imperativo de su cargo. A Helmut Kohl nunca se le había ocurrido intentar sentarse en una de las 1.925 incómodas butacas del viejo teatro para escuchar nueve horas de "Anillo" wagneriano.
Merkel acudía como wagneriana junto al profesor Joachim Sauer. De negro riguroso esta vez, con esa sonrisa feliz que suele mostrar cada vez que sube a Bayreuth con su esposo. Tal vez por la presencia de éste, tal vez porque calculaba que empezaba a ser alguien en la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), el nada sumiso partido hermanado a su CDU. También este año subió a la colina su jefe del grupo parlamentario, el astuto y asimismo nada sumiso Friedrich Merz.
El primer partido de la oposición seguía sin ser el peor quebradero de cabeza del gobierno roji-verde de Gerhard Schröder -otro que tampoco se había sentado nunca en Bayreuth-. La CDU tenía demasiados problemas consigo misma. El suelo se había abierto bajo sus pies en noviembre de 1998. Al capítulo revelado entonces del maletín con el millón de marcos entregado por un comerciante de armas al tesorero del partido, en un aparcamiento suizo, en 1991 había abierto la caja de los truenos. Pero solo fue el principio.
Helmut Kohl seguía sin revelar el nombre de sus donantes; el apadrinado Wolfgang Schäuble seguía sin hablarse con su expadrino; y a Merkel la seguían viendo otros lobos del partido como una presidenta de transición.
Kohl, el canciller de la reunificación, recibía trato de proscrito, respondía a comisiones parlamentarias, estaba bajo sospecha. De vez en cuando ganaba alguna batalla. Logró vetar la publicación de las probablemente comprometedoras actas del espionaje germano-oriental.
La oscura soledad de Oggersheim
El ya expresidente honorario estaba enfrascado en su oficina de Berlín, preparando su defensa, cuando se desplomó sobre él un drama personal que ni las mentes más suculentas de la prensa amarillenta habría alcanzado a imaginar. Hannelore, su esposa durante 41 años, apareció muerta en su casa familiar de Oggersheim. Así la había encontrado la esposa del chófer.
"La desesperanza sobre su estado de salud la ha llevado a quitarse la vida", resumía el comunicado de la oficina de Kohl. Hannelore, de 68 años, la perfecta y discreta esposa que acompañó al hombre de Estado cuando los visitaban los Clinton, los Gorbachov, los Mitterrand o demás líderes mundiales, junto a su señora, se había suicidado. Llevaba meses sin apenas salir de casa; las persianas y cortinas bajadas, por una alergia a la luz natural, se explicó de pronto. Nadie hasta entonces había mencionado esa enfermedad. Pero al parecer, se informaba ahora, esa alergia le había impedido acudir unos meses antes a la boda de su hijo Peter en el país donde su mujer tenía las raíces, Turquía. Había dejado algunas cartas a amigos y familiares explicando su desolación.
Hannelore Kohl apareció muerta el 5 de julio. Seis días después se celebraba su funeral en la catedral de Speyer, un lugar muy ligado a la biografía del político. La plana mayor de la política alemana estuvo ahí, desde el canciller que le derribó del poder, el socialdemócrata Schröder a, obviamente, Merkel.
La ley del silencio en torno a la vida privada de los Kohl se resquebrajó; circularon historias sobre el distanciamiento conyugal, el trato déspota del marido, las relaciones extraconyugales del hombre de estado más o menos imaginadas o comentadas, pero nunca relatadas sobre el papel.
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| Foto: dapd |
La ceremonia en Speyer fue el 11 de julio. Catorce días después, el 25 de julio, Bayreuth abría la temporada, de acuerdo a la tradición. Ahí estaban Merkel, el astuto Friedrich Merz, algun ministro de Schröder, toda Baviera y un par de expresidentes del país.
Kohl seguía en lo suyo. La silenciosa ceremonia por Hannelore en la catedral de Speyer fue apenas una tregua. La CDU seguía bajo su tempestad; el gobierno roji-verde no tenía por qué preocuparse por la oposición. Tenía suficiente con sus internas.
Lectura recomendada:
"Baugeschichte des Bayreuther Festspielhaus". De la exposición sobre la construcción del teatro de Bayreuth, 1994
Gastro:
La ensalada de frutas de Rotmain Center, un shoping como tantos del país. Conviene tener siempre una para cuando se regresa hambriento, sin recursos, al hotel.

