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| Foto: alliance dpa |
Besar a Klinsmann, a Chirac o a Zapatero
Bayreuth esperaba en los días siguientes el estreno de otro “Anillo”, firmado por el alemán Horst Dorst y con Christian Thielemann a la batuta. Pero el estreno de la tetralogía, con el director titular oficioso de la casa, tampoco atraería ese julio a los Merkel-Sauer. No por falta de fidelidad wagneriana, sino por agenda, se insistía. La visita anual quedó relegada a las semanas posteriores, ya en agosto, cuando la etiqueta y la presión mediática decrecieron. Merkel se podía permitir, incluso, acudir a Bayreuth apenas algo más cuidada que en una jornada de trabajo cualquiera. Como si se hubiera limitado a echarse un chal por encima del traje de oficina.
De pronto, todo era nuevo para la canciller. Fue una temporada de mucho estreno para la primera mujer al frente del poder en la primera potencia europea.
Estreno en las cumbres europeas, estreno en un eje franco-alemán, entonces de tándem con un presidente francés tan conservador como la canciller, pero con unas prácticas tal vez poco frecuentes para la hija del pastor protestante de Templin, esa parroquia en el este alemán. Jacques Chirac sabía del impacto mediático de su exhibición de “savoir faire” versallesco. La parte francesa del eje besaba la mano a la parte alemana. Nunca visto, obviamente.
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| Foto AP |
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| Foto dpa |
Todo sabía a nuevo. También que, tras el dificultoso arranque de una gran coalición con los socialdemócratas “malgré lui” -o malgré Gerhard Schröder, al menos-, por seguir en lo francés, Merkel habria disfrutado de una armonía desconocida a escala parlamentaria. Pero dentro de la "Groko" tenía nuevos lobos. A los hombre fuertes del bloque conservador que seguían sin considerarla digna se sumaban ahora unos cuantos socialdemócratas que compartían ese parecer. El “lui” del malgré se refería obviamente a Schröder, en la retaguardia tras negarle a Merkel la victoria y tener que ver a continuación cómo “su” socialdemocracia sí firmaba un pacto de coalición con Merkel como jefa.
Cuento de verano
Fue un verano realmente excepcional. No por la Groko, no porque la primera mujer canciller de la historia de la Bundesrepublik, wagneriana declarada, no hubiera pisado la alfombra roja inaugural de Bayreuth, sino porque de pronto habia surgido otro modo de reinar.
Alemania vivía su “Sommermärchen”, su cuento de verano. Acogía el Mundial de fútbol. La gran fiesta se había fraguado bajo el mando de los futboleros confesos que eran el canciller Schröder y su ministro de Exteriores, el verde Joschka Fischer Políticos que presumían de pasado futbolista -en su juventud-, lo mismo que varios de sus ahora ex-ministros. Los machos alfa ya no estaban en el poder. Al “kaiser” Franz Beckenbauer, el presidente del comité organizador a quien se atribuía el “milagro” negociador que precedió a la decisón de la FIFA a favor de Alemania, tendría que compartir palco con esa mujer fría, crecida en la parroquia de Templin, que según sus biógrafos fue una estudiante prodigiosa, pero una nulidad en deportes. El ministro del Interior, con competencias en deportes en el gobierno alemán, no era ya el asimismo futbolero Otto Schily -exverde, luego socialdemócrata-, sino Wolfgang Schäuble, apodado “el poder en silla de ruedas”.
Merkel, mujer analítica y aplicada, hizo algo más que enviar sus buenos deseos a la “Mannschaft” de Jürgen Klinsmann. Adoptó como propio el eslogan de “El mundo, entre amigos”. Vibró y festejo cada uno de los goles de la selección en el palco, entre las miradas escépticas de los poderosos que la consideraban una intrusa. El cuento de verano futbolístico rompió las costuras de la banderitis. Alemania, bajo el peso de su monstruosa historia, se había comportado hasta entonces como un país acomplejado en lo que al manejo de la bandera se refiere. Exhibir algo parecido al patriotismo futbolero, lo más normal del mundo para un francés, un italiano, un argentino o un hispano era asunto espinoso. De pronto, hasta los barrios más izquierdosos, multiétnicos o antisistema se poblaron de banderas. En convivencia con la turca, a veces. Pero omnipresentes.
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| Foto Dpa |
Merkel era parte del cuento de verano. No solo vibraba en las gradas. También bajaba a vestuarios a saludar a la Mannschaft o explicaba a los medios que dudaban de su aptitud las reglas del fuera de juego. La Merkel de Bayreuth, tal vez consorte del wagneriano auténtico que era Joachim Sauer, no necesitaba un esposo para ir al fútbol. Se bastaba ella sola. El resto del palco quedaba reducido a comparsa.
El Mundial de Alemania acabo siendo italiano. La más hermosa máquina que ha dado el fútbol, Zinedine Zidane, se arruinó a si mismo la final en que se retiraba del fútbol, en el Olympiastadion berlinés donde Jesse James le amargó la tribuna a Adolf Hitler. Le salió el malhumorado que anida en él y le encajó el cabezazo en el estómago a Marco Materazzi.
Pero Alemania celebró su tercer puesto, tras el 1-3 contra Portugal, como si hubiera conquistado la luna. Era una Alemania inédita. En lugar de frustarse por no llevarse el que habría sido su cuarto mundial se arremolinaba en la Milla del Aficionado de la Puerta de Brandeburgo para pedir la renovación de Klinsmann.
Merkel saludó, besó y abrazó a los “Jungs” de la Mannschaft con los ojos semicerrados. Especialmente si el besado era Klinsmann o Bastian Schweinsteiger. También ella era una canciller inédita.
El mundo no quedó entre amigos. Pero aparentemente Merkel sí se llevó unos cuantos, algunos de los cuales seguirian jurando que algo esa amistad quedó para siempre.
Al 1-3 entre Alemania y Portugal siguió el adiós de Luis Figo y de Oliver Kahn como internacionales. Joseph Blatter cerró el Mundial alemán celebrando la perfecta organización. Si el “kaiser” Beckenbauer echó de menos un graderío entre amigachos -Schröder, Fischer, Schily- no se notó.
| Foto @gemmacasa Privat |
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| Foto dpa |
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