domingo, 4 de noviembre de 2007

2007 El otro señor Sauer

Foto: Markus Führer, dpa

Asuntos de familia

+ Schröder, su currywurst y sus primas del este 

No voy a presumir de saber en qué momento a la comitiva del dúo Merkel-Sauer se le sumó un tercer miembro. Por entonces muchos ya habíamos dejado de referirnos al esposo de la canciller como “el fantasma de la ópera”. Al fin y al cabo, al catedrático Joachim Sauer no se le veía únicamente en Bayreuth. Acompañaba a su esposa a las cumbres de mayor rango, citas transatláticas u otros asuntos de cierto relieve. En la foto del Bayreutth inaugural de ese 2007 apareció, al menos para mi, un tercer miembro. Tenía aspecto de guardaespaldas. Un tipo discreto, que no sonreía a las cámaras mientras el matrimonio se sometía al tradicional saludo ante el teatro. Orgulloso, Joachim Sauer; cálida como sólo se la veía en Bayreuth, Angela Merkel. Detrás del matrimonio, ese tercer tipo, que obviamente no era un guardespaldas. Era otro Sauer, Daniel. Uno de los dos hijos del primer matrimonio del wagneriano catedrático. El vivo retrato de su padre, en realidad, corte de pelo y mirada incluida. Subía con ellos a la colina, cumplía con el desfile, un par de pasos por detrás de la canciller. No sé si 2007 fue su primer año en Bayreuth. Pero sí el primero en que le descubrí en las fotos de la inauguración.

La temporada se abría con una nueva producción de los “Maestros cantores”, dirigida por la biznietísima Katharina. La heredera natural de la casa, según los designios del patriarca Wolfgang, nacida de su segundo matrimonio con Gudrun, la consorte.

Nuevamente recordamos en los medios que los “Maestros” fue la ópera preferida de Hitler. Que su ministro de la propaganda, Joseph Goebbels, la encumbró a símbolo del “alma superior germánica”. Y que cuando los sucesores de Richard Wagner, y especialmente su nuera Winifred, pusieron el festival a los pies del “Führer” fue la obra que se representó ante oficiales, heridos de guerra y demás héroes. Una especie de premio a la hazaña. El estreno de Katherina cumplía con el ritual de ofrecer una versión con algo de escándalo precocinado, sus pinceladitas de simbología nazi y demás atributos de un festival que sabe sacar partido a lo más negro de su historia.

Merkel, Sauer y Sauer subieron a la colina. Los cronistas locales probablemente ya sabían que el tercero no era un guardaespaldas. Otros tardamos un poquito más.


Del escaparate de Schröder al minimalismo mediático de Merkel


Al segundo Sauer lo resguardaba de mayores comentarios la discreción con que Merkel preserva lo privado. Una discreción que no sería tan notoria de no ser porque su antecesor, Gerhard Schröder, hizo exactamente lo contrario. Alemania es poco dada al paparazzismo político. De los supuestos asuntos extraconyugales de Helmut Kohl no empezó a hablarse en los medios hasta el suicidio de su mujer, Hannelore (2001). Su ministro más emblemático de Hacienda, Theo Waigel, se casó en segundas nupcias con una campeona de esquí, Irene Eppel, tras años de convivencia y ruptura de católico matrimonio sin que su caso levantara mayor polvareda en la tradicionalista y católica Baviera. No, Alemania no da mucho juego al paparazzismo. Puede que tenga que ver con que el buque insignia del amarillismo periodístico, "Bild", caía en territorio amigo del bloque conservador.

Schröder rompió ese pauta de comportamiento antes incluso de alcanzar la Cancillería, en 1998. Cada uno de sus sucesivos matrimonios llenó páginas en la prensa del corazón. Así ocurrió cuando se divorció de su compañera de combate político Hiltrud, la correligionaria vegetariana que le tenía prohibida la “curry wurst” y de la que se desprendió siendo aún líder regional en Baja Sajonia. De la sucesora, la periodista Doris, obviamente la culpable de esa ruptura y la mujer que le acompañó en el poder, se siguió asimismo al detalle la llegada a la familia de una primera niña rusa, en cuya adopción medió el amigo y aliado político, el presidente Vladimir Putin. Schröder amaba ser portada, inclusive si era a raíz de su querella contra un medio en que se daba por hecho que se teñía el pelo.

Durante su periodo como canciller, Schröder convirtió también en evento público el descubrimiento de la tumba de su padre, Fritz, el soldado de la Wehrmacht al que nunca conoció, puesto que murió pocos meses después de venir él al mundo. A la localización de esa tumba, en un pueblecito rumano llamado Ceany Mare, siguió la siguiente revelación familiar: aparecieron dos hermanas en el este alemán, que resultaron ser hijas de un hermano de Fritz. Schröder corrió a abrazarse a esas primas desconocidas y "ossis". Inge y Heidelinde parecían tan ansiosas por conocerlo como el entonces canciller de presentarlas como nuevas piezas de su familia. Menos entusiasmo le había despertado, asimismo en sus tiempos como canciller, la existencia de un hermanastro Lothar, limpiador de cañerías en paro, catapultado de pronto a columnista de la prensa sensacionalista y hasta autor de un libro. Al parecer sí compartían el afán por lo mediático.



 
Schröder era uno de esos políticos empeñado en aludir a sus orígenes humildes y la historia de su combativa madre, la viuda de guerra que les sacó adelante a él y a sus hermanos limpiando en casas y a la que juró que algún día iría a buscar en un Mercedes. El equivalente de Merkel sería la promesa a la suya, la esposa del pastor protestante de una parroquia de la Alemania comunista, de llevarla un día a comer ostras al Hotel Kempinski, en el sector occidental de Berlín. Pero eso apenas llenaba dos párrafos de anecdotario en el curriculum familiar de Merkel. Schröder era un animal superior, al menos, en lo mediático.

Schröder y sus líos, esposas o parientes, alimentó la prensa sensacionalista durante sus siete años en la Cancillería. De Merkel y los suyos se sabía poco o muy poco. A Daniel, el otro Sauer sobre la verde colina de Bayreuth, se le ha retratado en algún medio como el hijo algo desubicado del científico, sin ocupación o familia propia conocida. Su hermano Adrian es un artista con cierto renombre y aparentemente un feliz padre de familia, cuyos hijos dan trato de “abuela” a Merkel en sus periódicas visitas de fin de semana. Eso cuentan, cuando cuentan algo, revistas como "Brigitte" y "Bunte".

Son pocos los detalles privados que se conocen de la canciller. Cuando se le ha preguntado por la falta de hijos propios se ha limitado a responder que “simplemente, así ocurrió”. Quedan, para quien se las haga, las cábalas sobre los motivos -que la naturaleza no quiso o que no ocurrió porque su pareja, el catedrático algo mayor que ella, ya tenía dos hijos y no rabiaba por tener más-. Nunca hubo persecución mediática a su primer marido, el compañero de estudios Ulrich Merkel de quien adoptó el apellido. A los hermanos de la canciller, Markus, físico como ella y en Darmstadt, e Irene, ergoterapeuta con consulta en Berlín, ni se les menciona si no es alguna biografía. 

Foto Bild
Tampoco se va a indagar si se unió a Sauer siendo aún un señor casado o quién fue la primera esposa. El minimalismo mediático en torno a lo privado es otra señal de identidad para Merkel.

A cada visita de Merkel y Sauer a Bayreuth suele seguir, unas semanas después, un reportaje de las vacaciones del matrimonio por las montañas tirolesas. Rutina vacacional de escaso impacto mediático. La excepción, en 2006, la dio las fotos publicadas por “Sun” con Merkel enseñando a cámara medio trasero mientras se cambiaba el bañador en Ischia. A su portavoz le correspondió expresar el “malestar” de la canciller por las fotos robadas. Ahí quedó todo
 

El bostezo de la “Groko”

El mediático Schröder era ya por entonces un prejubilado político que aparecía de vez en cuanto en los medios por negocios como el gasoducto germano-ruso tramado aparentemente con su amigo Putin en la última fase en el poder. La minimalista Merkel iba a cumplir media legislatura al frente de su “Groko”, una gran coalición de conveniencia donde seguía sin asomar el amor. Su vicecanciller y ministro de Exteriores, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, estaba a su manera en las antípodas de su antecesor, el verde Joschka Fischer. Era casi tan discreto y pragmático como su jefa conservadora. De Fischer no puede decirse que hubiera sido un acaparador de titulares con líos privados, como su jefe. Pero sí había alegrado el paparazzismo alemán, especialmente a raíz de su relación con la que acabó siendo su quinta esposa, la germano-iraní Minu, treinta años más joven.

Con la “Groko” la prensa del corazón se sumió en el bostezo y la oposición parlamentaria en el capacidad de respuesta mínima. Tanta apatía favoreció los planes de Merkel. Los conservadores cerraron 2007 cohesionados en torno a una líder que reclamó para sí el centro político. Los socialdemócratas no levantaban cabeza. La discreción favorecía el liderazgo de Merkel, pero no el de Steinmeier.

El patriarca enviuda


Bayreuth, por su parte, acabó el año con una sacudida. Gudrun Wagner, la jefa consorte del festival y madre de Katharina, moría inesperadamente, a los 63 años. Wolfgang Wagner quedó viudo. La batalla sucesoria seguiría. El patriarca, con 88 años, había perdido a su puntal existencial. La heredera natural, Katharina, contaba con la batuta de Christian Thielemann como nuevo aliado.


Lectura recomendada:

"Der Kanzler, leider mein Bruder, und ich", Lothar Vosseler, Schwarzkopf & Schwarzkopf 2004. Schröder, según su hermano, exlimpiador de cañerías en paro.

Gastro

La Mondi, algo de chiquería ante la Hauptbahnhof. Nada que ver con las rústicas terrazas a lo bávaro de los hoteles vecinos, salvo que trata de cerrar tan tarde como éstas durante el Festspiele.