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| Foto David Ebener dpa |
Me costó encajar esa imagen. Angela Merkel, de pronto en "look casual" por Bayreuth. Formato veraniego, a medio camino entre su vestimenta habitual de trabajo -chaquetita de cualquier color y pantalón negro- y los trajes de gala que solía reservar para el festival.
Bayreuth estrenaba un "Lohengrin" en que Hans Neuenfels convertía al Caballero del Cisne en un cazador de ratones de colorines. Tal vez estaba Merkel avisada y había optado por tomárselo a broma?
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| Foto Bayreuth Festspiele |
En lo que a mi respecta, el primer urgente sobre el desastre de la "Loveparade" me había llegado al celular justo al bajarme del tren regional que me dejaba en Bayreuth, como todos los años, la víspera del estreno. Uno de esos momentos en que piensa que soltará el portátil en el hotel y se irá a cenar al bar preferido, sin prisas.
El único túnel de acceso a la mayor fiesta "tecno" del mundo, invento alemán nacido en Berlín años atrás, se había convertido en una ratonera -con perdón- para la multitud de jóvenes atrapados en su interior. 21 muchachos murieron asfixiados o pateadas -entre ellos, dos muchachas españolas-. La noche que siguió a ese primer urgente fue una sucesión de llamadas a consulados, policía, colegas, etc. en busca de confirmaciones. Había dos víctimas españolas. Dos chicas, Clara y Marta, cuyos padres hatsta la noche anterior seguramente dormían tranquilos pensando que mandaron a estudiar a sus niñas a un país seguro. De pronto una llamada les rompió esa calma, mientras les llegaban imágenes más propias de una tragedia en un estadio de fútbol africado que de una fiesta de un país altamente desarrollado.
Bayreuth obviamente no tenía nada que ver con eso. Un festival que presume de listas de espera de hasta cinco años para cada una de sus entradas está en la antípodas de una macrofiesta programada para un millón de cuerpos danzantes. La "Loveparede ya no era ni siquiera la gran cita con el Berlín más joven. La fiesta había agotado sus mejores años en la catedral del tecno, la capital, y trataba de vivir de lo fue emigrando a Duisburg, una ciudad de provincias renana.
Merkel, pantalón clarito, chaqueta vainilla, aparecía sonriente ante su teatro y el de Richard. Algunos corresponsales apurábamos los entreactos para enlazar las claves a la chapuza organizadora con sello "Made in Germany" mientras otros compañeros en la redacción ataban la crónica. Con el ordenador abierto en la terraza del Steigenberger -el restaurante vecino y puesto de trabajo oficioso habitual, ya que en Bayreuth no hay espacio de trabajo para la prensa-. Como en otros años, solo que esta vez no se aprovechaba el entreacto para ir preparando algunos párrafos sobre el estreno sino para informar en paralelo de lo de Duisburg.
A Merkel ya se la llamaba por entonces la canciller "Teflon". Todo le resbala, nada le deja huella. Para bien o para mal. Sangre fría, acritud cero, ni un aspaviento. A su mente analítica debió parecerle que hacía lo correcto, estaba donde tenía que estar. Es posible que Bayreuth compartiera ese parecer. Pero la corresponsal del medio español, cronista habitual del festival, no daba crédito.
Wolgang había muerto unos meses atrás. Era en cierto modo consecuente. Para qué sobrevivir a la desposesión del cargo de director vitalicio que él mismo se había otorgado. Katharina y Eva eran, por fin, las señoras de la casa.
El año anterior no se había cerrado de acuerdo a los cálculos de Merkel. Había sido reelegida, eso sí. Pero firmar la alianza de gobierno con su amigo Guido Westerwelle, el líder liberal, había sido menos fácil de lo previsto. El nuevo socio tal vez era su aliado natural y ella una especia de madrina de la pareja que formaba con el flamante Michael Mronz.
Pero resultó ser un socio de gobierno menos llevadero que su antecesor, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier. Formaba con Merkel uno de esos matrimonios anhelados que luego no acaban de funcionar.
A Merkel ya se la llamaba por entonces la canciller "Teflon". Todo le resbala, nada le deja huella. Para bien o para mal. Sangre fría, acritud cero, ni un aspaviento. A su mente analítica debió parecerle que hacía lo correcto, estaba donde tenía que estar. Es posible que Bayreuth compartiera ese parecer. Pero la corresponsal del medio español, cronista habitual del festival, no daba crédito.
Wolgang había muerto unos meses atrás. Era en cierto modo consecuente. Para qué sobrevivir a la desposesión del cargo de director vitalicio que él mismo se había otorgado. Katharina y Eva eran, por fin, las señoras de la casa.
Guido, la ambición liberal
El año anterior no se había cerrado de acuerdo a los cálculos de Merkel. Había sido reelegida, eso sí. Pero firmar la alianza de gobierno con su amigo Guido Westerwelle, el líder liberal, había sido menos fácil de lo previsto. El nuevo socio tal vez era su aliado natural y ella una especia de madrina de la pareja que formaba con el flamante Michael Mronz.
Pero resultó ser un socio de gobierno menos llevadero que su antecesor, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier. Formaba con Merkel uno de esos matrimonios anhelados que luego no acaban de funcionar.
Westerwelle representaba un nuevo liderazgo en lo que había sido un acomodaticio partido bisagra en prácticamente todos los gobiernos de la Bundesrepublick, bajo liderazgo conservador o socialdemócrata, al menos hasta que Gerhard Schröder rompió la norma y se alió con los Verdes.
Era ambicioso, quería estampar su propio sello en la segunda legislatura de Merkel. Ya no era solo el partido de los sueldos altos, como se suele llamar a los liberales, sino el partido de Guido.
Al paseo a la reelección siguió un inicio de 2010 con derrotas electorales para los conservadores de Merkel. La canciller era invicta, pero su partido no. Los socios europeos reprochaban falta de determinación para atajar la eurocrisis a "Madame non", el apodo nacido en Francia. Traición al europeismo, nacional-egoismo.
Merkel, que nunca fue persona de reacciones rápidas, parecía encajarlo de acuerdo al apodo casero. La canciller Teflón. Lo de "Madame non" lo arreglaría más adelante.
Al paseo a la reelección siguió un inicio de 2010 con derrotas electorales para los conservadores de Merkel. La canciller era invicta, pero su partido no. Los socios europeos reprochaban falta de determinación para atajar la eurocrisis a "Madame non", el apodo nacido en Francia. Traición al europeismo, nacional-egoismo.
Merkel, que nunca fue persona de reacciones rápidas, parecía encajarlo de acuerdo al apodo casero. La canciller Teflón. Lo de "Madame non" lo arreglaría más adelante.
Lectura recomendada
Loveparade, de Daniel Biskyp. El fotógrafo que siguió la fiesta en sus años de gloria berlinesa.
Gastro
Kraftraum, sin duda la Kneipe que más veces me salvó de irme a la cama sin cenar. Uno de esos sitios de jóvenes donde no hacen sentirse mal a quienes ya no lo son


