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| Foto David Ebener, dpa |
La coalición y sus disgustos
+ de Utoya a la muerte de Horst Kasner, el Rojo
Merkel llegó ese año a Bayreuth como siempre. Sonriendo a Baviera. Como si la secuencia de cumbres, consultas bilaterales y cónclaves europeos le resbalaran. Como si entre sus aliados liberales no se estuviera cocinando un peligroso euroescepticismo; como si el "Nein" a los rescates griegos que saltaban desde la CSU bávara fueran cantos de pajaritos, apenas audibles bajo el fragor del "Tannhäuser" de Sebastian Baumgarten.
Este año no había sido necesario esperar a julio para escribir sobre Bayreuth. Mucho antes, hacia febrero, para muchos de quienes nunca habían pasado por la verde colina ni escuchado Wagner desde las entrañas de su teatro -el mejor lugar del mundo para vivir sus óperas, suele decirse-, la palabra Bayreuth cobró de pronto presencia en los medios. No por asuntos relacionados con la temporada, sino por el chaparrón que se le vino encima a la coalición entre aliados naturales que dirigía Angela Merkel.
La Universidad de Bayreuth retiraba el título de doctor al ministro estrella de su coalición de centro-derecha, Karl-Theodor zu Guttenberg, en ese momento titular de Defensa. El aristócrata bávaro que señoreaba por el festival como si nada ni nadie pudiera hacerle sombra, de pronto quedó comprometido por sospechas de plagio en una tesis doctoral entregada a toda prisa, en 2007. Fuera de Alemania la cuestión podía parecer hasta exótica. En el gobierno de la canciller, científica y doctora, como su esposo, no cabían impostores. Guttenberg abrió la caja de los truenos en algo que no era un pecadillo menor, sino causa de dimisión.
El brillante político, nacido para renovar la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) y, tal vez, relevar a Merkel en la cancillería, caía con deshonor. Uno se lo imaginaba en traje de esgrima hundido en el fangal. Sobre la Universidad de Bayreuth planeaba, por extensión, la sospecha de regalar doctorados a nobles locales.
No fue el único disgusto entre la coalición entre aliados naturales. Los liberales tuvieron que encajar la decisión de Merkel de reactivar el adiós a la energía nuclear. Unos meses después de revocar el calendario del apagón nuclear pactado por Gerhard Schröder y su coalición roji-verde, la canciller lo recuperaba bajo el impacto del catástrofe de Fukushima. De pronto la canciller científica, ministra de Medioambiente en tiempos de Helmut Kohl, caía en el agujero negro de la desconfianza a esa fuente de energía. Los liberales, partido adscrito a los intereses económicos, acataban. Las cosas no salían a gusto de Guido Westerwelle, otro estelar de Bayreuth.
No todo eran falsos aliados. El famoso eje franco-alemán se había revitalizado bajo la etiqueta de "Merkozy". Merkel había descubierto su puntal exterior en el presidente Nikolas Sarkozy. Su mejor apoyo en la dura tarea de convencer, a escala alemana y europea, de que sin rescate a Grecia no se salvaba la eurozona. Salvar a Grecia implicaba, para los griegos, dejarse desangrar. Pero eso era casi lo de menos para "Merkozy".
Bayreuth abría su temporada número cien, en los 135 años de historia de la casa. El castillo de Wartburg adoptó formato de fábrica entregada a la producción de biogas a partir de excrementos. Nada detenía la producción excremental, las 24 horas del día, entreactos incluidos.
El "Tannhäuser" de Baumgarten se llevó una lluvia de abucheos. Bayreuth, un festival tan teflón como Merkel, podía con la sacudida.
Pero no todo el personal acreditado asistía a su estreno. Otra tragedia del mundo real se había abatido esos días sobre jóvenes europeos que pretendían divertirse. Si el año anterior, las víctimas habían sido los 21 muchachos asfixiados al estallar el pánico en la multitudinaria "Loveparade" de Duisburg, ahora Noruega lloraba por 69 muertos de Utoya, a disparos del fundamentalista cristiano llamado Anders Behring Breivik. El ultraderechista noruego que decidió castigar el modelo de sociedad abierto de su país asesinando a discreción sobre adolescentes asistentes al campamento de las juventudes socialdemócratas. La idílica isla de Utoya, para algunos el lugar del primer amor juvenil, se convirtió en un infierno.
Utoya no era Duisburg ni estaba en Alemania. Pero Bayreuth no fue Bayreuth ese año para quienes tuvimos que devolver la entrada de prensa y viajar a toda prisa a Noruega a cubrir ese trauma nacional.
Un horror, cuya única lección positiva era la contención con que los noruegos trataban de sobrellevarlo. Los alrededores de la catedral de Oslo era un mar de flores. Cada esquina de la ciudad era testigo, a través de una flor, una vela o un mensaje, del dolor sosegado por las víctimas de un diablo fanático surgido de una sociedad perfecta. Por la catedral desfilaron familia real, ciudadanos comunes, familiares, adolescentes. La conmoción era general. La contención, también.
| Foto @gemmacasa |
Kasner el Rojo y la casa del bosque
Es difícil de calibrar cómo encajó Merkel unas semanas después de pasar por Bayreuth la muerte de su padre. Horst Kasner, el pastor protestante que arrancó a su mujer de la hermosa ciudad hanseática que es Hamburgo -y, con ella, a su hija Angela Dorothea- para ir a cumplir su servicio pastoral a territorio de la Alemania comunista.
Habían pasado apenas unas semanas desde el 17 de julio de 1954 en que vino Angela Dorothea al mundo. Su padre tomó una decisión contracorriente, suelen escribir sus biógrafos. Nueve años después de la caída del Tercer Reich, con el país repartido entre las cuatro potencias vencedoras, la Alemania comunista se despoblaba en dirección a la occidental. Kasner en cambio había pedido el traslado hacia el este.
Una de las decisiones ajenas que marcó la vida de su esposa, la maestra Herlind Kasner, la de Angela y la de los dos hermanos que vendrían al mundo unos años después. Los Kasner emigraron al este, territorio hostil a la iglesia. Le guiaba, coinciden los biógrafos, la determinación del padre a ejercer como pastor protestante en un territorio donde escaseaban los religiosos.
Primero recabaron en Quitzow, un pueblo de 300 habitantes perdido en Brandeburgo. De ahí pasaron tres años después a Templin, en el Uckermark. La ciudad en cuyas afueras Angela Dorothea creció y pasó su juventud. En la casa del Walhof, en el bosque. Los biógrafos describen a Horst Kasner como un religioso idealista, convencido de que socialismo e iglesia no eran incompatibles. "Kasner, der Rote", "Kasner el Rojo", le apodaron. Supuestamente, no tenía cercanías con el régimen. Pero el régimen tampoco tenía nada contra él. Le dejaban ejercer.
Merkel ha contado en alguna ocasión que fue un padre más volcado en su trabajo que en su familia. Un hombre estricto, incluso rígido. Su madre compensaba esa ausencia emocional. Fue ella, la maestra de Hamburgo inhabilitada para ejercer en el este, quien le marcó las directrices que le acompañarían toda su vida. La obligación moral de superarse, de ser aplicada, de perseverar. Ha descrito como feliz su infancia y juventud en esa casa del bosque, donde su padre instruía a futuros religiosos y convertida unos años después en colonia para discapacitados. Su familia no era como las otras. Eran originarios de Hamburgo, la ciudad del próspero oeste de la que llegaban periódicamente paquetes de una pariente, su tía, con ropa, libros y artículos inaccesibles para sus vecinos. No era como los demás. Vivían, además, rodeados de esos discapacitados en los que Angela Dorothea no veía nada extraño. Fue una niña, y luego una muchacha, con un enorme sentido del deber.
Horst Kasner murió el 2 de septiembre, a los 85 años. Merkel suspendió ese día su agenda oficial.
Lectura recomendada
"Angela Merkel. Die Protestantin", de Volker Resing. Benno. Sobre las raíces protestantes de la canciller y sus efectos sobre su forma de practicar la política.
Gastro
"Papabuene", chiringuito de comida en el puerto de Oslo. Menos caro que los horriblemente caros.
