domingo, 4 de noviembre de 2012

2012 Saber repetir


La historia tras la foto 

+ Siguente ronda de besos franco-alemanes y de presidentes desterrados


Tal vez nunca lo sabrá. Pero el 25 de julio de 2012, a las 17:44, alguien le tomó a Angela Merkel la foto de su vida. No la de su aparatoso descenso de la limusina, obra de algún fotógrafo profesional. Más bien la que sirve de portada de este blog, copyright @gemmacasa, privat.

En una misma tarde, casi a la misma hora  o apenas unos minutos después a Merkel se la podía sacar en descenso precario de la Minivan-VW, su vehículo oficioso en Bayreuth, o como una reina. Dependía del fotógrafo. O del momento.
 
Lo de esperar ante el teatro la llegada de los famosos había pasado por entonces a la historia. Los alrededores del teatro seguían siendo territorio compartido por el amado público mirón, ciudadanos de Bayreuth que suben a pasar la tarde, y la nube de medios luchando por su espacio. 
Foto Marc Müller dpa

Pero los imperativos de seguridad hacían inviable lo de estar esperando afuera hasta el último minuto, o sea, cuando entraban los famosos de verdad, y llegar a tiempo para plantarse en la butaca antes del clic-clac con que en la casa se bloquean las puertas a la hora marcada, ni un minuto más. El teatro construido por orden Richard no era precisamente de acceso fácil. Sus butacas están casi tan pegadas entre sí como en tiempos de Luis II, el Rey Loco. Hay que sortear empinadas escaleras, peldaños de madera que crujen al paso de quien las sube, más luego importunar a desconocidos compañeros de hilera, que no se sentarán hasta que no llegue el último ocupante de la hilera de butacas afectada. Forma parte del ritual atender al completo.

No, a Merkel ya no convenía esperarla para verla entrar ante el teatro, entre aplausos del amado público mirón y sonrisas de vuelta  al ciudadano o a las cámaras. De la sana convivencia entre mirones, ciudadanos y fotógrafos se había pasado a cordones de seguridad. Pero nada impedía -aún- a los visitantes con entrada verla cruzar, desde el interior del teatro, la puerta de acceso. 

En el minuto 44, de las 17 horas, del 25 de julio un rayo de sol la iluminó desde la espalda. Reflejos dorados sobre su medio perfil, la eterna media melena perfectamente peinada, saludando sonriente, como siempre en Bayreuth, con Joachim Sauer a su espalda. 

Sin duda una de las mejores fotos en la vida de una mujer a la que día sí, día también, pueden estar fotografiándola decenas de cámaras. Como todo el mundo sabe, no hay dos fotos ni dos minutos ni dos rayos de sol idénticos. La foto de su vida es única, privada, resguardada en el Iphone nuevo de una periodista asidua a Bayreuth. O volcada en la portada de un blog privado sobre Merkel, Sauer y Bayreuth.

Las posibilidades de que Merkel llegue a saber de su existencia son remotas. Algún día, tal vez, en el futuro, ya retirada, desocupada, con tiempo, si se decide a sumergirse por la marea de blogs con Merkel como protagonista.

Merkel tenía el rayo de sol de su parte. La fotógrafa accidental se sentía a su vez afortunada. Tras unos años de dramas externos, cambios de planes de última hora, volvía a Bayreuth para un cortito -como siempre- "Holandés errante". A las seis de la tarde sube el telón; a las diez se está cenando. Un lujo, comparado con las cinco horas largas que puede llevar -pausas incluidas- una pieza del "Anillo". Pocos en Bayreuth confesarían que prefieren el suave Wagner errante a Parsifal. 

Todo estaba en su lugar. Alguien a su lado me sopló que Merkel repetía vestido. Al día siguiente el detalle era comentario general en los medios. Sí, el mismo escote verde que en 2008. Merkel se permitía repetir. Incluso puede que a alguno le pareciera oportuno. Alemania se había convertido en tenaza de la austeridad para sus socios. 

Grecia desangrada; España, con uno de cada dos jóvenes sin trabajo ni perspectivas de encontrarlo; Italia, trapicheando su déficit. A Grecia se la podía rescatar. Italia o España pesaban demasiado.
 

Foto AFP
El dúo Merkozy había cerrado su ronda de cumbres y consultas sin salvar al euro. Tomó el relevo al conservador Nicolas Sarkozy el socialista Francois Hollande, tan amoldable a las consignas de Merkel como lo fue su antecesor. Merkel añadía al álbum de fotos franco-alemán la siguiente dosis de besos en la mejilla, años después de estrenarse con el algo trasnochado, o tal vez gratificante, besamanos de Jacques Chirac.
Que tanto Sarkozy, como Hollande, como el primero en la serie de presidentes vecinos con que se topó Merkel -Chirac- no hubieran caído en la imprudencia de menospreciarla, como sí hicieron tantos políticos hombres alemanes, dice bastante a favor del "savoir faire" francés. 

A los tres presidentes franceses se les conocía su debilidad por las mujeres hermosas -sea en formato amante o esposa-. Ninguno cometió el error de tratar a Merkel como si no lo fuera. Eso se le reservaba al macho alfismo germano.

Foto AFP
Foto dpa










Merkel repetía en Bayreuth su escote verde esperanza. Sobre la verde colina no había nubarrones ajenos al drama de Wagner y su holandés, convertido en un hombre de negocios gris, de hotel en hotel, en busca del amor redentor.

Tenía un año por delante hasta su siguiente batalla por la reelección. En Alemania, como en buena parte de las democracias avanzadas, no hay año que no sea electoral. Ese 2012 estaba plagado de comicios regionales, además de europeos. En cada uno de ellos los periodistas nos empeñaríamos en vislumbrar signos de consolidación de la mujer de hierro o de "Dämmerung" -"ocaso"- de Merkel. Esto último, el ocaso, era el término wagneriano que venia aplicándosele casi desde que llegó al poder. Cada derrota, a cualquier escala, era para algún columnista motivo suficiente para sacar a relucir la "Dämmerung". Tarde o temprano ocurriría. Y todos sostendrían que ya lo habían pronosticado.

Merkel había encajado a principios de ese año el segundo trastazo de un presidente federal llegado al cargo bajo sus auspicios. El primero fue dos años atras, la retirada precipitada de Horst Köhler, exjefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), a quien se le ocurrió reconocer que las misiones internacionales del Ejército alemán estaban relacionadas con intereses económicos.

Le siguió ahora la de Christian Wulff, exjoven rebelde de la Unión Cristianodemócrata, domesticado en la presidencia, pero bajo sospecha de amiguismo. Wulff y su esposa Bettina había sido lo más cercano al glamour en unos First que se había visto en el palacio de Bellevue, la sede presidencial. Se le despidió, a Wulff, entre un concierto de vuvuzzelas, de ciudadanos apostados por las inmediaciones y dispuestos a estropearle la solemne "Zapfenstreich" -toque de retrata o ceremonia militar nocturna- con que se despide del cargo a un  presidente, un canciller o un ministro de Defensa. Los Wulff acabarían siendo ex, también como pareja, lo que dio para mucho material en la llamada prensa del corazón.

Su sucesor fue alguien del este alemán, como Merkel. El antiguo disidente y pastor protestante Joachim Gauck. Merkel sentía hacia él cero afinidades pese a compartir tanto factor biográfico. O tal vez precisamente por eso.

La presidencia alemana es un cargo representativo que no surge por voto popular, sino de la Asamblea Federal, una cámara mixta que se reúne cada cinco años con el único fin de elegir al siguiente. En la ronda Köhler, Wulff, Gauck el plazo entre una sesión y la siguiente se acortó. Eso fue todo. Merkel y Gauck, dos ciudadanos del este, al frente de los dos primeros cargos del país, 22 años después de la caída del Muro. No todo se había hecho tan mal en el proceso de reunificación.

Gauck, Hollande, un atractivo izquierdista griego -Alexis Tsipras- tramando en vano el asalto al poder, más Helmut Kohl reconciliándose con el bloque conservador doce años después de la "emancipación" ordenada por Merkel. Otro año sin "Dämmerung" para la canciller invicta, que encima tenía -sin saberlo- la foto de su vida.

Foto @gemmacasa, privat


Lectura recomendada:

"Anders al gedacht", Bettina Wulff, libro culebrón de la ex First e incluso ex esposa del First, años después del naufragio.

Gastro:

La brezel y la copita de brut cuvée en la terraza del Steigenberger. Un clásico