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| Foto David Ebener, dpa |
La Bundeskanzlerin del Maracaná
+ adiós, Guido
Se perdió Angela Merkel en Brasil festejando el Mundial conquistado por Alemania? O fue en su fiesta de cumpleaños? Lo primero ocurrió el 13 de julio, en Maracaná. Un único gol de Götze, frente al cero Argentino, dio a la "Mannschaft" la Copa del Mundo. Lo segundo ocurrió el 17 de julio, como todos los años. Solo que esta vez era aniversario redondo. La canciller cumplía 60.
El caso es que Bayreuth se quedó ese año sin su visitante más globalizada para una apertura sin estreno y, encima, salpicada por una avería técnica que obligó al desalojo del teatro. Una media hora, lo suficiente desatar los augurios de una "Dämmerung" en Bayreuth. En el templo de Richard cuesta digerir todo lo que queda fuera de programa. Algo así se encajaba como una blasfemia.
La agenda de la canciller justificaba sobradamente la ausencia. Había sido de nuevo la "Cosima de los estadios". Los mandamases futbolísticos habían tenido que tragarse una vez más el júbilo de la intrusa. Merkel había vibrado con la Mannschaft de Joachim Löw desde el graderío brasileño y descendiendo luego a los vestuarios para llevarse con ella una de esas fotos que todos quisiéramos tener. Merkel, rodeada de campeones del mundo recién salidos de la ducha. De ahí se fue a una cumbre climática a Perú, a continuación vino una de esas cumbres de la Unión Europea (UE) donde aparentemente sin la jefa nada funciona. Y celebró los 60 con una sesión casi académica en la Konrad Adenauer Haus, la sede de su partido.
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| Foto Image Action |
Tal vez ahí el propio festival respiró de pronto aliviado por el perfil bajo. Evacuar el palco de la canciller habría desatado urgentes en las agencias de prensa.
La agenda de la canciller justificaba sobradamente la ausencia. Había sido de nuevo la "Cosima de los estadios". Los mandamases futbolísticos habían tenido que tragarse una vez más el júbilo de la intrusa. Merkel había vibrado con la Mannschaft de Joachim Löw desde el graderío brasileño y descendiendo luego a los vestuarios para llevarse con ella una de esas fotos que todos quisiéramos tener. Merkel, rodeada de campeones del mundo recién salidos de la ducha. De ahí se fue a una cumbre climática a Perú, a continuación vino una de esas cumbres de la Unión Europea (UE) donde aparentemente sin la jefa nada funciona. Y celebró los 60 con una sesión casi académica en la Konrad Adenauer Haus, la sede de su partido.
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| Foto Alliance dpa |
No, Merkel no acudía ese año a abrir Bayreuth. El festival abría, también como todos los años, el 25 de julio. No incluía ningún estreno esa temporada. Una buena canciller aprieta, pero no ahoga. No castigaría Bayreuth con su ausencia absoluta. Pero se reservó una aparición ya entrado el festival, para alguna de las piezas del conocido "Anillo" de Frank Castorf. Como si quisiera demostrar que no le guardaba rencor a la producción del dramaturgo berlinés, enredado ese año en una controversia interna con las herederas Wagner, Katharina y Eva.
Merkel, jubilosa, la canciller de los estadios y del pueblo. Alemania se llevaba de Maracaná del Copa del Mundo. Éramos felices. Lo sabíamos.
Guido
Unos meses antes, a Merkel la habíamos visto al borde del llanto. No fue por un desastre político, catástrofe natural ni hundimiento del euro. Pero pocas veces apareció en público tan sinceramente conmovida como el día en que saltó una noticia que se percibía como inevitable. Había muerto Guido Westewelle, su exaliado, su exministro de Exteriores, su excompañero de lounge en Bayreuth y, sobre todo, su amigo.
Merkel, la canciller cuyo partido no respaldaba el matrimonio entre homosexuales, había sido una especie de madrina oficiosa para la pareja formada por Westerwelle y Michael Mronz.
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| Foto dpa (2008) |
El líder liberal, y amigo, había sido un complejo socio de coalición y vicecanciller en la segunda legislatura de Merkel. Se habia liberado, por fin, de la gran coalición y volvia a la alianza clásica con los liberales. Pero negociar con el ambiciosoWesterwelle no fue fácil. Luego, convertido en ministro de Exteriores, también resultó incómoco.
Westerwelle dio que hablar con su empeño por llevarse a su marido de acompañanate en sus viajes oficiales. Algo olía raro. Más allá de su homosexualidad o los problemas de protocolo en países donde está proscrita, sobre Mronz, empresario, caía la sospecha de que aprovechaba las cercanías que se dan en esos viajes para hacer sus propios negocios.
Todo eso quedaba ya muy atrás. Westerwelle había quedado fuera del poder tres años atrás; llevaba dos luchando contra una leucemia. Alemania había seguido esa lucha a través de su testimonio, plasmado incluso un libro. Periódicamente aparecía algún reportaje sobre Guido enfermo, sus terapias, su aparente recuperación, alguna selfie con su marido, sonrientes, como siempre, pero con las huellas del drama marcadas en la cara. La sonrisa de la última selfie parecía el anuncio del final que se percibía inevitable. Como en una de esas películas a las que entras sabiendo que el protagonista muere.
"Este es, para mi, un día realmente triste", resumía Merkel, al término de una declaración de unos dos minutos, pronunciada al margen de una de sus cumbres europeas. La líder a su manera cercana, pero a la vez prototipo de la sangre fría y el autocontrol, despedía ante las cámaras a un amigo, con la voz entrecortada.
También a quienes habíamos detestado al político que fue Westerwelle se nos cruzó ese día un sapo en la garganta. Como cuando muere el pariente de quien siempre hablaste mal.
Lectura recomendada
"Zwischen zwei Leben", Guido Westerwelle. Algo así como legado político y vital del líder liberal
Gastro
Spiro's, un griego a los pies de la verde colina, camino a la Bahnhof, que te alimenta in extremis




