De nuevo Angela Merkel, en estado puro, de espaldas en su palco, consciente que unas hileras más abajo estábamos los del Iphone haciéndole fotos. Medios que no colgarían esa foto más allá del blog privado o asistentes al festival que sí pagaron por su entrada. Con los celulares se había perdido el antiguo rubor que suponía sacar la cámara y hacer alguna foto. Merkel, conversando con su catedrático wagneriano, Joachim Sauer. Merkel, intercambiando a saber qué secretos con su esbeltísima ministra de Defensa, Ursula von der Leyen. La mujer de la que años atrás se sostuvo iba a ser su sucesora. La madre de siete hijos, cintura de abispa, conservadora, aristócrata, exministra de la Familia, algo más arriesgada en cuestiones de paridad de género que su cautelosa jefa de gobierno y de partido.
| Foto @gemmacasa |
Katharina Wagner cumplía sus diez años al frente del festival, Neo Rauch estrenaba un "Lohengrin" luminoso y triunfal y Plácido Domingo volvía a la casa, ahora como director, al frente de la "Valkiria". Esto último me dio la segunda oportunidad de una segunda entrevista con el tenor. Habían pasado 18 años desde el día en que se me concedió el honor en un entreacto en esa misma plaza. Entonces estaba ahí en calidad de tenor, ahora de director. Un eterno galán ya más que plateado, que seguía siendo o creyéndose seductor y del que costaba la suyo despegarse al término de la entrevista -"qué planes tienes ahora, un paseíto tal vez?", le preguntaba a la periodista, con un toque de insistencia que podía interpretarse, o no, como propia de un galán, por lo menos, pegajoso.
La segunda entrevista, como la primera, no dio para nada relevante. Pero, también como entonces, el triunfo era tenerla. Otra cobertura justificada, a ojos de los jefes.
Era la tercera vez que vería a Plácido saludando al final de su actuación. La primera fue en 1995, entonces como "Parsifal" a las órdenes de Giuseppe Sinoppoli; le siguió la "Valkiria" del 2000 y ahora la propia-. Era la primera vez que Bayreuth le abucheaba en mi presencia. El festival volvía a hervir bajo temperaturas extremas -"ópera al baño maría", en definición que nunca me cansaré de agradecerla a mi experimentada colega Rosa Massagué-. En Bayreuth no había contemplaciones para un director no habilitado para Wagner, fuera o no Plácido.
