domingo, 4 de noviembre de 2018

2018 Baño María, Groko in extremis y Sauer, paseando por las dunas





De nuevo Angela Merkel, en estado puro, de espaldas en su palco, consciente que unas hileras más abajo estábamos los del Iphone  haciéndole fotos. Medios que no colgarían esa foto más allá del blog privado o asistentes al festival que sí pagaron por su entrada. Con los celulares se había perdido el antiguo rubor que suponía sacar la cámara y hacer alguna foto. Merkel, conversando con su catedrático wagneriano, Joachim Sauer. Merkel, intercambiando a saber qué secretos con su esbeltísima ministra de Defensa, Ursula von der Leyen. La mujer de la que años atrás se sostuvo iba a ser su sucesora. La madre de siete hijos, cintura de abispa, conservadora, aristócrata, exministra de la Familia, algo más arriesgada en cuestiones de paridad de género que su cautelosa jefa de gobierno y de partido.

Foto @gemmacasa
Los privilegiados con entrada robábamos un par de escenas de Vips comportándose como humanos. Los entreactos seguían siendo espacio compartido con la ciudadanía. Bayreuth se había acostumbrado a las exigencias de los dispositivos de seguridad. Los ciudadanos sin entrada había encontrado su hueco para acceder, aunque fuera a cierta distancia y sin posibilidad de pedir autógrafo, a los jardines que envuelven el teatro. La farándula local exhibía sus trajes esperpénticos, mientras Merkel, von der Leyen y la clase política bávara se mantenían en lo clásico. Nada escapaba a los rituales.

Katharina Wagner cumplía sus diez años al frente del festival, Neo Rauch estrenaba un "Lohengrin" luminoso y triunfal y Plácido Domingo volvía a la casa, ahora como director, al frente de la "Valkiria". Esto último me dio la segunda oportunidad de una segunda entrevista con el tenor. Habían pasado 18 años desde el día en que se me concedió el honor en un entreacto en esa misma plaza. Entonces estaba ahí en calidad de tenor, ahora de director. Un eterno galán ya más que plateado, que seguía siendo o creyéndose seductor y del que costaba la suyo despegarse al término de la entrevista -"qué planes tienes ahora, un paseíto tal vez?", le preguntaba a la periodista, con un toque de insistencia que podía interpretarse, o no, como propia de un galán, por lo menos, pegajoso.
La segunda entrevista, como la primera, no dio para nada relevante. Pero, también como entonces, el triunfo era tenerla. Otra cobertura justificada, a ojos de los jefes.

Foto @gemmacasa

Era la tercera vez que vería a Plácido saludando al final de su actuación. La primera fue en 1995, entonces como "Parsifal" a las órdenes de Giuseppe Sinoppoli; le siguió la "Valkiria" del 2000 y ahora la propia-. Era la primera vez que Bayreuth le abucheaba en mi presencia. El festival volvía a hervir bajo temperaturas extremas -"ópera al baño maría", en definición que nunca me cansaré de agradecerla a mi experimentada colega Rosa Massagué-. En Bayreuth no había contemplaciones para un director no habilitado para Wagner, fuera o no Plácido.



Foto @gemmacasa
Merkel acudía a la olla a presión operística tras un inicio de año maratoniano. Doblegó a los socialdemócratas hasta lograr su siguiente "groko" -gran coalición-. Seis meses le llevó lograrlo. Frank-Walter Steinmeier, su exministro de Exteriores, excandidato socialdemócrata en 2009 y presidente por consenso desde 2017 fue su mejor aliado. Fue, para Merkel, providencial que su antiguo vicecanciller alcanzara la presidencia. Sin su intervención no habría logrado el sí a regañadientes de Martin Schulz, derrotado y hasta humillado en las urnas. Schulz era ya parte del pasado en la ronda de liderazgos frustrados en los socialdemócratas. Le sucedía la combativa Andrea Nahles. Otra mujer al frente de uno de los grandes partidos alemanes. 

La "groko" se ató con fórceps también para Merkel. Tuvo que encajar a su principal problema bávaro, Horst Seehofer, convertido en ministro de Interior. El hombre que le había hecho la vida imposible en la anterior legislatura, con sus exigencias de cerrar la entrada de refugiados, era ahora enemigo interno. La versión menos complaciente del díscolo partido hermanado, la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU).
A cambio de ese hueso, su ministro de Finanzas no sería ya el sumo pontífice de la austeridad, Wolfgang Schäuble, sino un socialdemócrata, el exalcalde de Hamburgo Olaf Scholz. A Schäuble, ahora presidente del Bundestag o el poder en silla de ruedas, como se le seguía llamando, uno se lo imaginaba en su casa de la Selva Negra desayunando todas las mañanas una rebanada de pan negro con media cucharada de miel. A Scholz, entre el lujo hamburgués que suaviza asperezas. 

Merkel logró jurar su cuarto mandato en  marzo. Le tomó el juramento Schäuble, el exdelfín de Helmut Kohl al que apartó de la carrera por la cancillería las cuentas secretas del patriarca y la mujer crecida en el este que si llegó a todo. 

Habían pasado seis meses desde las elecciones generales. Muchos nos preparábamos para darnos un respiro tras unas rondas de negociación que empezaban de noche y terminaban a la mañana siguiente, con las papeleras de la Willy Brandt Haus -sede socialdemócrata- a estallar con los restos del "coffee to go". No hubo respiro, al menos para los corresponsales españoles. Cayó detenido al entrar en Alemania el enemigo público número uno de nuestro país de origen, Carles Puigdemont. La cárcel de Neumünster se convirtió en el siguiente picnic periodístico, esta vez al aire libre.

Foto @gemmacasa

Bayreuth no fue un bálsamo. A la olla a presión del primer turno y la cobertura oficial, entrevista anodina incluida, siguió una visita privada -con acompañante y entrada religiosamente de pago, puesto que Bayreuth no regala nada-. Es decir, una cuarta ocasión, aunque la primera a título privado, para ver a Plácido subir al escenario a saludar. Segundo abucheo a su batuta. Pero fue hermoso recorrer de nuevo Bayreuth en situación de asistente real, de los que pagan por estar ahí. Sin correr a escribir la nota pegada a uno de los enchufes de la terraza del Steigenberger para enviar la nota a la redacción. Recorriendo chiringuitos, bares, restaurantes queridos y la irrenunciable piscina de Kreuzsteinbad, a la mañana siguiente.

Bayreuth volvió a ser el inicio oficial de las vacaciones de  una canciller que, como todo el mundo sabe, siempre sigue de servicio. A su término tuvo tiempo para reunirse con Pedro Sánchez, recién ascendido a presidente español con todo en contra. Para el socialista Sánchez, la visita de la líder de referencia, que teóricamente había trabajado tan a gusto con su correligionario Mariano Rajoy, era de por sí un triunfo. Merkel demostraba una vez más que nunca despreciará a un aliado.
Se les recibió en Andalucía con aires de "Bienvenido Mr. Marshall". A Merkel la acompañaba su catedrático wagneriano y esposo. Algo que daba más rango aún a la visita. Como todo el mundo sabe en Alemania, Sauer se reserva para las ocasiones especiales. Sea por el rango de los anfitriones o porque algo del lugar a explorar llama su atención. 

Una vez sobre el terreno, el catedrático sorprendió a los medios españoles con una versión más que rústica de sí mismo y en las antípodas del smoking de Bayreuth. 
En pantalones cortos, arrugados y agarrado al botellín de repelente de insectos por las dunas de Doñana. Alguien le dijo que era visita informal y lo tomó al pie de la letra. O tal vez lo tomó como la prolongación de sus vacaciones matrimoniales de todos los años por las montañas tirolesas. 

Para quienes ya lo adorábamos fue una razón más para amarlo. En rigor, quienes no iban adecuados para andar por las dunas eran Sánchez y su mujer. Él con sus tejanos pitillo; ella, con alpargatas de cuña. Merkel y Sauer iban como lo que eran, dos alemanes en edad de jubilarse de excursión por unas dunas. Cómo no amarlos. 

Foto Efe

Foto @gemmacasa
Merkel no salió indemne de la "Groko" suscrita in extremis. Septiembre castigó a su bloque conservador con unas elecciones regionales en que la Unión Socialcristiana bávara (CSU) dejó de ser partido hegemónico en su región y obligada a compartir el poder. Los Verdes empujaban. Lo de la "Dämmerung" aplicado a la canciller era ya un clamor. 

El año de cerró con Merkel organizando eso que parecía no iba a ocurrir nunca, su sucesión. Abandonaría la presidencia del partido y no se dejaría llevar por la tentación de ir a por el quinto mandato. En diciembre, la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido que había dirigido desde 2000,  elegía a la leal Annegret Kramp Karrenbauer -AKK- como su sucesora. Merkel seguía imponiendo su línea frente al ala derechista representada por su exmáximo rival interno, Friedrich Merz, aliado a otra figura del presente-pasado, Wolfgang Schäuble.

Merkel se bajaba a la siguiente. Pero tenía tres años por delante. No iba a dejar el puesto prematuramente. Menos aún para satisfacer a todo el gremio periodístico afiliado al término "Dämmerung".



En Bayreuth hay vida. También carcelaria

Foto @gemmacasa

Yo, modestamente, ese año me bajé a otro baño de realidad. Si, Bayreuth era una ciudad real. Con sus escuelas, sus desempleados, su vida normal. Con su cárcel, también. Me la topé de frente saliendo del hotel que ese año me tocó en suerte. Un Gasthof, pensión, casi periférico, aunque los mapas de Google le colocaban a 30 minutos andando del teatro. El desayuno era rústico; el regreso a casa tras la gala aún lo fue más. De noche, entre extrarradios, media hora a pie, sin saber exactamente si una se ha perdido pueden ser de terror. Por suerte tenía una tenía una referencia. La Gasthof quedaba frente a la cárcel. La silueta de sus tejados entre alambradas servían de orientación en el último tramo. A la mañana siguiente veías en la parada del autobús al centro de la ciudad a esposas, hijos y otros parientes visitantes. Bajando a pie al Bayreuth urbano te topabas con el huerto-jardinería de los presos con permiso de trabajo redentor. Un muy adecentado Garten Center, con sus macetas, sus ficus, sus flores de exterior, sus tomatitos, sus berenjenas. Uno de esos ficus me acompañó de regreso a Berlín.

Lectura recomendada

"Epidemia ultra", Andreu Jerez y Franco Delle Nonne, junto con otros buenos colegas. Continuación del primer libro sobre la AfD, extendido a medio mundo.

Gastro

El Staatsempfang tras el estreno. Un buffet con generosidad bávara, entre visitantes ilustres.