lunes, 4 de noviembre de 2019

Bayreuth 2019: Sauer y otros guardespaldas

Foto Tobias Hase dpa


Merkel, ante la Dämmerung dificilmente postergable

+ Los temblores, como síntoma; escenas de un matrimonio


Sola ante el teatro, con el nuevo rey sol bávaro -Markus Söder- y la esposa de éste rellenando espacios. La presencia del matrimonio bávaro hacía aún más evidente la ausencia del habitual acompañante de Angela Merkel. No había explicación oficial ni oficiosa para el por qué no acudía este año el catedrático Joachim Sauer a la apertura de la temporada. Por qué iba a haberla, si la visita de todos los años de Merkel y su marido estaba calificada de privada.

Merkel, sola, en el estreno del divertido y algo estridente "Tannhäuser" de Tobias Kratzer, en formato road movie a bordo y con una furgoneta como protagonista.  Era un mal año para Merkel, evidentemente el de la tantas veces proclamada y luego postergada "Dämmerung". 
A su "Groko" -gran coalición- le surgía una avería tras otra. Que a sus socios de gobierno socialdemócratas les fuera aún peor no era exactamente un alivio. La combativa Andrea Nahles había tirado la toalla como presidenta de un partido, el socialdemócrata, adscrito a las conspiraciones internas. Serían ya diez los revelos en la cúpula del partido desde tiempos de Gerhard Schröder.
Pero también era flagrante la crisis de liderazgo en el bloque conservador de Annegret Kramp Karrenbauer, AKK, como llamaba todo el mundo, especialmente los medios extranjeros, a la sucesora de Merkel al frente de la Unión Cristianodemócrata (CDU), 

Y, de pronto, Merkel empezó a temblar. En el sentido literal de la expresión. Primero fueron varios minutos de sacudida mientras se rendía honores militares al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. Imposible desviar la mirada de la mujer prototipo de autocontrol, que de pronto se sostenía las manos desesperadamente tratando de neutralizar esos espasmos. Desde el gobierno no se dio más explicación oficial, fuera de que la canciller estaba bien y capacitada para el pleno ejercicio de todas sus funciones. Le siguieron varios episodios más de temblores. Cada aparición pública de la líder se convirtió en un ejercicio mediático de atención, a la espera del siguiente episodio. De pronto había que seguir cada uno de sus pasos o recepciones por si se reproducía lo que parecía la plasmación física de la "Dämmerung".

La canciller que nunca rehuía las preguntas de los medios seguía sin explicar qué ocurría. En lugar de eso hizo ejercicio de pragmatismo y optó por aparecer sentada en una silla para recibir a sus sucesivas visitas de Estado o cualquier otro punto de su abultada agenda oficial. La líder que cada semana recibía a dos o tres líderes europeos o del resto del mundo, además de pronunciar discursos ante foros, repartir o recibir premios, etc, o visitar escuelas seguía con su agenda.  Del mismo modo que aparecieron intempestivamente se dieron por resueltos los temblores. Sin explicación de ningún tipo. 

Algunos lo relacionamos luego con la muerte de su madre. Herlind Kasner. La viuda del pastor protestante Horst Kasner había fallecido a los 90 años, en la ciudad donde vivía desde 1957, Templin. Su hija estaba en esos días entre reuniones con el presidente francés Emmanuel Macron, tratando de arreglar el "brexit" y otros asuntos oficiales. No alteró su agenda pública. La noticia saltó varios días después, a través de la revista "Superillu". El gobierno confirmó.

Herlind Kasner fue una mujer excepcional. El puntal del hogar, mientras el padre se ocupaba de socorrer almas, preparar a futuros pastores o hablar con otros coetáneos sobre iglesia y socialismo. Le correspondió a la madre inculcarle a Angela Dorothea la consigna de la superación personal, cuentan sus biógrafos. Ella le transmitió el gen de la perseverancia cuando, por ejemplo, de muy niña, empezaba a dar muestras de gran inteligencia, pero era incapaz de dar un paso. Angela Dorothea creció con problemas de movilidad. Se le daban mejor las ciencias que la gimnasia. Herlind Kasner le insistía en eso de que ellos, los hijos del pastor protestante de las afueras de Templin, debían ser mejores, más aplicados, inevitablemente distintos, nunca arrogantes.

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Herlind había dejado Hamburgo en 1954 con su casi recién nacida hija para seguir a su marido a la Alemania comunista. Vivieron unos pocos años en Quitzow, un pueblo de 300 habitantes. Luego se trasladaron al algo meons recóndito Templin. Quedó durante años inhabilitada para ejercer su profesión, maestra. Instruyó a sus hijos. Compensó luego con creces esta etapa apartada de la docencia, con los hijos ya adultos, ejerciendo como maestra de inglés en la Volkhochschule -escuela popular o de formación permanente- de Templin, la ciudad de provincias 16.900 habitantes a hora y media en tren de Berlín donde Merkel vivió prácticamente toda su infancia y juventud. 
Un año antes de su muerte, el 6 de abril de 2019, seguía siendo la maestra titular de varios cursos de inglés. Quien quisiera podía inscribirse como alumna. Tener de maestra de inglés a la hija de la canciller era un desafío. Un par de meses antes de morir había asistido a la ceremonia con que Templin reconocía a la canciller de todos los alemanes -los que la votaban y los que- como hija ilustre de la ciudad. El alcalde al que le correspondió otorgárselo era Detlef Tabbert, de La Izquierda. El partido al que desde tiempos de Helmut Kohl seguían descalificando como aliado político los conservadores. La Izquierda, nacida de la fusión entre el poscomunismo del este y la disidencia socialdemócrata de Oskar Lafontaine, seguía siendo un cuerpo extraño para el organigrama conservador. 
Más allá de sobreactuaciones políticas, Merkel recibiendo el título de Tabbert era algo así como la normalidad real y diaria de Templin. Como lo había sido Herlind Kasner, maestra de por vida de inglés.


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Fue una mujer sonriente, una maestra adorable, obviamente orgullosa de su hija, aunque como el resto de los Kasner nunca ingresó en el partido que Merkel dirigió durante 18 años, la Unión Cristianodemócrata (CDU). Aparecía en contadas ocasiones en público. Una de las últimas veces que se la vio por Berlín fue en la toma de posesión de su hija como canciller para el cuarto mandato, en 2017. Se sentó en la tribuna junto a Joachim Sauer y el hijo del catedrático, Adrian. Luego se marchó del brazo de Beate Baumann, la discretísima mano derecha absoluta de Merkel. Si Herlind Kasner fue el puntal del hogar, Baumann lo era de la actividad política de la canciller. 
Baumann es el cerebro en la sombra de Merkel, mientras que su portavoz, el eficientísimo Steffen Seibert, es su cortafuegos diario con los medios.  El exmoderador de la televisión pública ZDF al que Merkel convirtió en su portavoz en 2010. Entonces más de uno -de una- recibió con escepticismo al guapo presentador de informativos. Le costó un par de meses entrar en el engranaje. Dejará su puesto previsiblemente cuando lo haga la canciller envuelto en el paradigma de la profesionalidad y perfeccionismo. Lo mismo que probablemente hará Baumann. Solo para ella no se esperan aplausos públicos -aunque sí internos-. Fuera de Cancillería y de los periodistas realmente bien informados, casi nadie sabe de la existencia de la mujer a la sombra de la canciller. 

El funeral de Herlind Kasner fue tan íntimo como todo lo que rodea el entorno privado de la canciller.  Fue en la Iglesia de Santa Magdalena, con Merkel y sus hermanos -Markus e Irene- y otros familiares directos. Poco más. Quedó enterrada en el mismo cementerio del bosque que su esposo, Horst Kasner. 


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Solo algunos relacionamos, y lo hacemos sin otro puntal que la intuición, la muerte de la madre de Merkel con los inoportunos temblores. Un efecto secundario de algún ingenio farmacéutico que se tomaría para sobreponerse a la muerte de Herlind, sin dejar su actividad frenética en lo nacional o lo multilateral, nos dijimos. Herlind Kasner murió en abril; los temblores en público se desataron en junio.
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Joachim Sauer no dejó del todo sola a Merkel ese año en Bayreuth. Apareció unos días después de la apertura. Se les vio juntos en la terraza de la lounge reservada a los visitantes ilustres. Y también a pie del teatro, entre el público corriente, en la entrada lateral del teatro, con la discreta custodia que les envuelve en sus visitas privadas. Nada en Merkel es absolutamente privado, por lo mismo que -como suele decir Seibert- ella sigue de servicio cuando está de vacaciones. Sauer y Merkel, en Bayreuth, como siempre, hablando de sus cosas, alternando con conocidos, ella como riñéndole a saber por qué. Como cualquier matrimonio. Merkel, de nuevo, con ese quimono multicolor que reserva para los días menos punteros, tal vez más suyos, y con el que se la ha visto en Bayreuth y Salzburgo desde hace ya unos cuantos años. 

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La visita conyugal a Bayreuth era prácticamente el único baremo mediático para calibrar si los Merkel-Sauer seguían o siendo un matrimonio como tantos otros. El otro aparato de medición era la habitual excursión montañesa posterior, donde efectivamente se dejaban fotografiar al menos un día. Año a año, con apenas variaciones en su vestuario montañés, en ocasiones con gesto de franco aburrimiento. Como cualquier matrimonio, en definitiva. Aparentemente el amarillismo mediático se había resignado a que no habrían más fotos de Merkel saliendo de la piscina en la Gomera o en Italia, seguida del profesor, o con el trasero al aire, como en los primeros años de su reinado. 

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Nunca entró en litigios con los medios, como sí hizo Gerhard Schröder, gran manejador de este tipo de cosas. Pero de algún modo ha consiguido Merkel con los años encerrar bajo llave su privacidad.  La canciller tenía mejores guardaespaldas de lo privado que su antecesores. El cortafuegos público que era Seibert, la eficientísima Baumann que igual se encargaba de su agenda que de llevar a su madre del brazo por los pasillos del Bundestag. Ambos son piezas esenciales en el engranaje de lealtades que preservan a la canciller.


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Las imágenes de la canciller en bañador pertenecían al pasado. El presente era otro verano destinado a constatar la ebullición climática. La tierra nos abrasaba los pies. De paseo por Baviera o por el este alemán donde Merkel creció, la tierra rural que de pronto parecía resquebrajándose al sol.  Los Verdes seguían subiendo en los sondeos. A los socialdemócratas se les escapaba el aire por las costuras, el bloque conservador seguía bajo la órbita de una Merkel en retirada, pero aún imbatible. 
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La visita matutina a Kreuzsteinbad, la piscina pública de Bayreuth, era ya tan incuestionable como el ritual de subirse los pantalones del smoking y darse un baño en los pies, con las copas de champagne en la mano, en los entreactos de la tarde. 

Bayreuth está extraordinariamente bien equipado para este tipo de situaciones. Es un festival que alterna sin rubor lo más exquisito con lo provinciano. O será que darse un baño en los pies, en el estanque-piscina instalado estratégicamente a 200 metros del teatro, junto al chiringuitos de las salchichas y la cerveza, no es provinciano, sino sensato.


Lectura recomendada

"Angela Merkel, la física del poder", Patricia Salazar y Christina Mendoza. Primera biografía en español escrita por dos buenas colegas. Impagable para entender el Templin donde creció

Gastro

Da Corrado. Hay muchos restaurantes italianos como nombres parecidos, como en cualquier otra ciudad alemana. Sólo en unos pocos se come bien.