Silencio en la verde colina
+ Merkel, revalorizada y con la sucesión aparcada
De pronto, el silencio. La pandemia nos cambió la vida a muchos. A otros se la arrancó. En Bayreuth se renunció a tratar de llevar adelante un programa alternativo, al aire libre, como sí hicieron otros. De pronto se impuso el silencio sobre un festival incuestionable en tiempos de paz, al que se acudía aunque diluviase o bajo olas de calor irrespirables. Los únicos visitantes de la verde colina en este verano bávaro fueron un puñado de "amigos", la Gesellschaft der Freunde von Bayreuth, la sociedad en que se juntan mecenas interesados o wagnerianos de todo el mundo. El teórico sostén de un festival al que a lo largo de su historia no faltaron ni los subsidios públicos ni los patrocinadores privados.
Un grupito de esos Freunde, obviamente locales, se reunían por la mañana ante el teatro vacío, ocupaban un par de butacas, leían para los cuatro turistas que sabían del evento algún texto de las cartas de Richard o cualquier otro documento; se interpretaba alguna pieza o escuchaba algo grabado. Nada más.
Éramos pocos los que nos habíamos animado, pese a todo, a acercanos a Bayreuth. Ni Angela Merkel ni su wagneriano esposo ni nadie de la plana mayor bávara estaba ahí. Habría sido una grave irresponsabilidad, en una clase política seguidora -pese a algún disenso- de la máxima de Merkel: precaución, no viajéis si no es imprescindible, menos aún hagáis turismo. Todo eso, pese a que Alemania había superado con más o menos buena nota la primera oleada de la covid. Italia y España confinaban a su población, en Nueva York se acumulaban los féretros, pero Alemania parecía algo menos vulnerable que otros países comparables. Mientras nuestras familias, en nuestro país de oriegen, relataban de sus "escapadas" a la calle para tirar la basura o pasear el perro, nosotros, los alemanes, no nos privábamos del paseo por el parque, incluso de a dos y copa de vino "to go" incorporada.
La canciller había abierto el año con un cisma interno por el voto cómplice de su partido con la ultraderecha en Turingia, la región del este donde Alternativa para Alemania (AfD) seguía al líder de un ala más radicalizada, Björn Höcke. La bestia negra también para los llamados moderados del partido, capaz de escenificar una toma de poder (regional) con reminiscencias hitlerianas y al que sólo la Izquierda se atrevía a no estrechar la mano.
El cisma se llevó por delante a AKK, Annegret Kramp Karrenbauer, la leal pero débil sucesora a la que Merkel había querido colocar dirección a la Cancillería. Se reabría el pulso sucesorio por el legado de la líder global. Pero ni siquiera eso era ya tan imperativo como la lucha contra la covid-19.
Cualquier otra crisis parecía de pronto un asunto nimio. Aparcable. Merkel se revalorizaba ante los ciudadanos. Ya no se hablaba de su "Dämmerung", el ocaso, sino de líder de referencia que sabía explicar a sus ciudadanos qué era eso del aumento exponencial de infecciones, mientras el resto de líderes daba bandazos. Las redes sociales se llenaban de minutos de gloria de Merkel explicando, sin perder la calma, pero con toda claridad, la que se nos avecinaba.
Junio fue benigno aún. Alemania abrió alguna ventanita al turismo; tras meses de paseos en bici por el bosque reabrieron las piscinas. Pero Bayreuth no escenificó absolutamente nada. Katharina Wagner estaba de baja, enferma, sin que se supiera qué mal la aquejaba. Imposible preguntar. Pensar en voz alta, especular sobre un asunto privado era de mal tono. Viajar por Baviera no estaba vetado. Tampoco Bayreuth. Pero a qué acercarse a un templo wagneriano en silencio?
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| Foto @gemmacasa |
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| Foto @gemmacasa |
La pandemia no perdonó a Merkel. A la líder de referencia, científica, se le vino encima un otoño sin tregua. Algunos, la minoría, habíamos viajado a nuestro país de origen incluso tiempos de alerta. La covid-19 escapó a los controles fronterizos y también a los domésticos. Los paseos por el bosque, el vino "to go" o el shoping en que se habían convertido las visitas a la farmacia tal vez no eran tan inocuos.
A Merkel no la obedecían sus "minis" -los Ministerpräsidenten o líderes de los "Länder-. Cada Land actuaba a su criterio o en función de las presiones de sus poderes económicos. La ultraderecha estaba de enhorabuena. Salpicaba el país mezclada en las marchas de conspiranoicos, iluminados o meros impacientes. De captar votos con el voto xenófobo pasábamos a hacerlo entre los descontentos o incomodados -legítimamente o no- por las restricciones. Sumarse a ellos era más fácil que tratar de entender las advertencias de virólogos y expertos. Podía ser, incluso, más divertido. Sus manifestaciones y performances era una forma de alternar inexistente en tiempos de cierre.
La última etapa de Merkel en el poder no sería un paseo, ni siquiera un paseo tortuoso como el de regreso a Bayreuth desde el Eremitage. En diciembre, Alemania llegaba a su pico de incidencia -196,7 casos en siete días por 100.000 habitantes-. Alemania se cerraba a cal y canto. Ni cultura, ni museos ni bibliotecas, tampoco comercios no esenciales, ni restaurantes o cafés. Bajar a la farmacia a por cualquier cosa era el sucedáneo del shoping.
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| Foto @gemmacasa |
Pero lo menos no nos confinan, pensábamos muchos. Seguíamos teniendo los paseos por el bosque, la bicicleta. En otoño, entre hojas secas, o en inverno, entre caminos helados. La sucesión de la canciller seguía aparcada. Y los enemigos históricos de Merkel resurgían.
Lectura recomendada
"Die Höcke Afd. Eine rechtsextreme Partei in der Zerreissprobe". Hajo Funke, politólogo de cabecera. Sobre cismas internos de la ultraderecha más radical y sus llamados moderados.
Gastro
El pastel de queso con cerveza, en un botellón entre adolescentes de Bayreuth.




