miércoles, 4 de noviembre de 2020

2020 Perdidos en la pandemie


Foto @gemmacasa

Silencio en la verde colina


+ Merkel, revalorizada y con la sucesión aparcada


De pronto, el silencio. La pandemia nos cambió la vida a muchos. A otros se la arrancó. En Bayreuth se renunció a tratar de llevar adelante un programa alternativo, al aire libre, como sí hicieron otros. De pronto se impuso el silencio sobre un festival incuestionable en tiempos de paz, al que se acudía aunque diluviase o bajo olas de calor irrespirables. Los únicos visitantes de la verde colina en este verano bávaro fueron un puñado de "amigos", la Gesellschaft der Freunde von Bayreuth, la sociedad en que se juntan mecenas interesados o wagnerianos de todo el mundo. El teórico sostén de un festival al que a lo largo de su historia no faltaron ni los subsidios públicos ni los patrocinadores privados. 
Un grupito de esos Freunde, obviamente locales, se reunían por la mañana ante el teatro vacío, ocupaban un par de butacas, leían para los cuatro turistas que sabían del evento algún texto de las cartas de Richard o cualquier otro documento; se interpretaba alguna pieza o escuchaba algo grabado. Nada más. 
Éramos pocos los que nos habíamos animado, pese a todo, a acercanos a Bayreuth. Ni Angela Merkel ni su wagneriano esposo ni nadie de la plana mayor bávara estaba ahí. Habría sido una grave irresponsabilidad, en una clase política seguidora -pese a algún disenso- de la máxima de Merkel: precaución, no viajéis si no es imprescindible, menos aún hagáis turismo. Todo eso, pese a que Alemania había superado con más o menos buena nota la  primera oleada de la covid.  Italia y España confinaban a su población, en Nueva York se acumulaban los féretros, pero Alemania parecía algo menos vulnerable que otros países comparables. Mientras nuestras familias, en nuestro país de oriegen, relataban de sus "escapadas" a la calle para tirar la basura o pasear el perro, nosotros, los alemanes, no nos privábamos del paseo por el parque, incluso de a dos y copa de vino "to go" incorporada. 

La canciller había abierto el año con un cisma interno por el voto cómplice de su partido con la ultraderecha en Turingia, la región del este donde Alternativa para Alemania (AfD) seguía al líder de un ala más radicalizada, Björn Höcke. La bestia negra también para los llamados moderados del partido, capaz de escenificar una toma de poder (regional) con reminiscencias hitlerianas y al que sólo la Izquierda se atrevía a no estrechar la mano.

El cisma se llevó por delante a AKK, Annegret Kramp Karrenbauer, la leal pero débil sucesora a la que Merkel había querido colocar dirección a la Cancillería. Se reabría el pulso sucesorio por el legado de la líder global. Pero ni siquiera eso era ya tan imperativo como la lucha contra la covid-19.

Cualquier otra crisis parecía de pronto un asunto nimio. Aparcable. Merkel se revalorizaba ante los ciudadanos. Ya no se hablaba de su "Dämmerung", el ocaso, sino de líder de referencia que sabía explicar a sus ciudadanos qué era eso del aumento exponencial de infecciones, mientras el resto de líderes daba bandazos. Las redes sociales se llenaban de minutos de gloria de Merkel explicando, sin perder la calma, pero con toda claridad, la que se nos avecinaba.

Junio fue benigno aún. Alemania abrió alguna ventanita al turismo; tras meses de paseos en bici por el bosque reabrieron las piscinas. Pero Bayreuth no escenificó absolutamente nada. Katharina Wagner estaba de baja, enferma, sin que se supiera qué mal la aquejaba. Imposible preguntar. Pensar en voz alta, especular sobre un asunto privado era de mal tono. Viajar por Baviera no estaba vetado. Tampoco Bayreuth. Pero a qué acercarse a un templo wagneriano en silencio?


Foto @gemmacasa
A recordarlo, a indagar en los rincones en busca del reducto. Los "amigos" ofrecían su media horita matutina. En el vecino "Eremitage", unos suntuosos jardines y complejo monumental barroco, con su Orangerie y demás joyas del patrimonio artístico, ofrecía los "Lockerspiele" la Studiobühne, una compañía de teatro independiente. Ponían en cartel un literario que iba a Shakespeare a Goethe y Molière, más Karl Valentin. Mucho texto, poca música, cero Wagner.  Quedaba en las afueras de Bayreuth, era uno de esos lugares a los que en épocas normales nunca te había dado el reloj para acercarte. Siempre quedaba para la siguiente visita.

Foto @gemmacasa
Ahí colocó la Studiobühne sus Lockerspiele. Al aire libre, con sillas separadas, todas las medidas de higiene preceptivas... Hasta ahí subí ese año entre unos cuantos visitantes locales. Bayreuth en julio y sin wagnerianos japoneses, italianos o franceses de visita era una experiencia nueva. De pronto había tiempo, nadie acuciaba por la crónica que no interesaría a ningún medio. Fue un hermoso paseo de ida, con una sabia combinación de autobuses que dejaba intervalos para contemplar campos de trigo y un fascinante atardecer. 
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El regreso derivó en infierno. El grueso del público local volvió a casa en coche o incluso en bici. La sabia combinación de autobuses desapareció entre informaciones contradictorias del navegador del Iphone. El resultado fueron cuatro kilómetros inmensos, en una noche cerrada, fantasmagórica, como todo en ese verano covid, que por momentos percibía como la última de tu vida. El  celular iba mostrando alternativas a pie que implicaba adentrarse en bosques oscuros, mientras la batería entraba en la agonía. Y los pies volvían a hervir dentro de los zapatos. En el afán por retener algo del espíritu de todos los años había optado por un atrezzo ligero, como los Lockerspiele. Pero no tan ligero como para ser idoneos para una excursión nocturna entre extrarradios. Las siluetas conocidas de Bayreuth aparecieron finalmente cuando al celular no le quedaba más vida. El resto consistió en buscar desesperadamente algo que comer. La situación conocida de tantos años, tras mandar la crónica de cualquier manera desde una colina sin espacio para la prensa ni wlan. Solo que, en tiempos de pandemia, Bayreuth era un semidesierto. Acabé recibiendo un pedazo de tarta de queso casera y una cerveza en medio de un botellón adolescentes. Bayreuth aprieta, pero no ahoga. 

 La pandemia no perdonó a Merkel. A la líder de referencia, científica, se le vino encima un otoño sin tregua. Algunos, la minoría, habíamos viajado a nuestro país de origen incluso tiempos de alerta. La covid-19 escapó a los controles fronterizos y también a los domésticos. Los paseos por el bosque, el vino "to go" o el shoping en que se habían convertido las visitas a la farmacia tal vez no eran tan inocuos. 

A Merkel no la obedecían sus "minis" -los Ministerpräsidenten o líderes de los "Länder-. Cada Land actuaba a su criterio o en función de las presiones de sus poderes económicos. La ultraderecha estaba de enhorabuena. Salpicaba el país mezclada en las marchas de conspiranoicos, iluminados o meros impacientes. De captar votos con el voto xenófobo pasábamos a hacerlo entre los descontentos o incomodados -legítimamente o no- por las restricciones. Sumarse a ellos era más fácil que tratar de entender las advertencias de virólogos y expertos. Podía ser, incluso, más divertido. Sus manifestaciones y performances era una forma de alternar inexistente en tiempos de cierre.

Foto @gemmacasa
La última etapa de Merkel en el poder no sería un paseo, ni siquiera un paseo tortuoso como el de regreso a Bayreuth desde el Eremitage. En diciembre, Alemania llegaba a su pico de incidencia -196,7 casos en siete días por 100.000 habitantes-. Alemania se cerraba a cal y canto. Ni cultura, ni museos ni bibliotecas, tampoco comercios no esenciales, ni restaurantes o cafés. Bajar a la farmacia a por cualquier cosa era el sucedáneo del shoping. 
Pero lo menos no nos confinan, pensábamos muchos. Seguíamos teniendo los paseos por el bosque, la bicicleta. En otoño, entre hojas secas, o en inverno, entre caminos helados. La sucesión de la canciller seguía aparcada. Y los enemigos históricos de Merkel resurgían.


Lectura recomendada

"Die Höcke Afd. Eine rechtsextreme Partei in der Zerreissprobe". Hajo Funke, politólogo de cabecera. Sobre cismas internos de la ultraderecha más radical y sus llamados moderados.

Gastro

El pastel de queso con cerveza, en un botellón entre adolescentes de Bayreuth.