Un quimono, una renuncia y el diluvio
Se estaba en pre-campaña. A Schröder se le esperaba en Bayreuth porque su amigo Jürgen Flimm le había invitado a ver su “Anillo”. A Merkel, porque para entonces formaba parte ya del desfile anual de wagnerianos de todos los años. A Stoiber, en tanto que máximo líder bávaro y, además, candidato a derrotar a Schröder en las elecciones del 22 de septiembre. A Merz, por ser Merz.
La aparatosa dimisión del ministro de Defensa Rudolf Scharping apeó a última hora a Schröder del conjunto. Scharping se había convertido en una incomodidad persistente para el canciller. Un año atrás había rozado ya el barranco a raíz de un reportaje del ministro y su novia, la condesa Kristina Pilati. Aparecían haciéndose carantoñas como dos adolescentes en una piscina de Mallorca mientras en Berlín se hablaba de mandar tropas a Macedonia. Ahora el problema no eran ya los chapuzones del socialdemócrata con la aristócrata, sino unos engorrosos honorarios cobrados por dar unas conferencias como ministro.
Schröder, que en esa primera legislatura había despedido ya a siete ministros, fulminó a Scharping. Faltaban dos meses para las generales y tenía los sondeos en contra. Canceló su visita a Bayreuth mientras achicaba las aguas de la tormenta política.
Los focos de Bayreuth se plantaron en Merkel y Stoiber. La líder conservadora se había saltado sus hábitos monocromáticos y se presentó con una especie de quimono multicolor. Una prenda arriesgada, por expresarlo en términos diplomáticos, más teniendo en cuenta que en la colina la recibiría la esbelta Karin Stoiber, impecable como siempre y acorde a los cánones bávaros.
El quimono de Merkel no era un desafío, sino una muestra de su proverbial sangre fría o tal vez un amuleto. Llevó esa misma pieza en 1994, entonces como ministra de Kohl y entonces con su "compañero sentimental", el profesor Sauer. Me gusta pensar que ese fue su primer año en Bayreuth, probablemente porque también fue el de mi primera ascensión al templo.
![]() |
| Foto: red |
El año se había abierto con una especie de encerrona masculina en la cúpula de la CDU, simplificada en los medios bajo el término de “golpe” contra Merkel.
El 6 de enero, la líder de la CDU aún afirmaba públicamente que quería ser ella quien luchase por recuperar la Cancillería para los conservadores en las generales de ese año; el 11 de enero acudió a un desayuno privado que luego los cronistas y biógrafos de referencia calificarían de legendario. Fue en Wolfratshausen, la casa familiar de los Stoiber. Merkel salió de ahí con los ojos llorosos, según algunos medios; con aplomo, según otros. Renunció a su derecho más o menos natural a luchar por la candidatura, a cambio de que lo hiciera el líder de su hermanada Unión Socialcristiana bávara (CSU).







