jueves, 4 de noviembre de 2004

2004 El tango va por dentro

Foto: Peter Roggenthim, dpa


Llegando a los cincuenta

+ Los lobos nunca descansan

Se la veía bien este año? Sí, se la veía bien este año. De rojo “tango”, como lo definió la prensa especializada -“Brigitte”-, combinado con el negro. De nuevo, escote y brazos al aire, con un estratégico chal igualmente tanguero. Una prenda que ayuda a sentirse segura a una mujer que acababa de cumplir 50 años. Estaba guapa, como puede estarlo alguien que sabe que no lo es, pero tiene la inteligencia suficiente para no pretender serlo.

El estreno de la temporada era el “Parsifal” de Christof Schlingensief, un eterno peter pan revoltoso. Uno de esos nombres a los que se invita a estrenar en Bayreuth tras varias provocadoras performances para reivindicarse como festival tan devoto del riesgo como del culto a Richard Wagner, su razón de ser.

Schlingensief debutaba al frente de una ópera, encima de Wagner, encima en Bayreuth. Se colocaba el siguiente sello tras haberse labrado ya una buena reputación de chico malo, azote de la CDU en tiempos de la era Helmut Kohl. Había llamado la atención en la documenta de Kassel, un sitio donde casi todo el mundo acude a provocar y hay una férrea competencia por ser el más peor. Fue en 1997. Consistió en plantar unos monigotes alusivos a Kohl, al que se invitaba a “asesinar”. En otra ocasión convocó chapuzones colectivos en el lago de Contanza, con intención de que el oleaje llegara hasta la villa de veraneo de los Kohl. Y llevó a escena en Berlín un “Hamlet” interpretado por neonazis arrepentidos.

Bayreuth le esperaba con ganas de pataleta. La líder de la CDU acudía en traje tanguero.

lunes, 1 de noviembre de 2004

Vía Efe: Los sonidos de la Wahnfried Haus


La casa de los Wagner, historia de la discografía a través de Bayreuth

Gemma Casadevall


Bayreuth, 10 ago (EFE).- La casa-museo de Richard Wagner evoca la historia de la discografía en una exposición que recoge un siglo de grabaciones en Bayreuth, a pesar del rechazo con que el bastión wagneriano recibió el invento de Edison. "Huellas sonoras: cien años de Festival de Opera en discos" es el título de la muestra, planteada como un paseo audiovisual que arranca de la grabación pionera salida de Bayreuth, en 1904, con la voz del barítono Theodor Bertram para "El oro del Rin".
Junto a objetos históricos, como un fonógrafo de Thomas Edison de 1898, la exposición invita al visitante a escuchar las voces de entonces. Basta con pulsar un botón en los pilares sonoros repartidos por la casa, que reproducen fragmentos de aproximadamente un minuto de esos testimonios en audio.

martes, 4 de noviembre de 2003

2003 Ni canciller ni derrotada

Foto: Markus Fûhrer, dpa

El premio de la renuncia 

+ Y Schröder subió al templo


La gran renuncia valió la pena. El 25 de julio de 2003, Angela Merkel ascendió de nuevo al templo. El patriarca Wolfgang Wagner recibió como siempre a la farándula y a la elite política ante la puerta de su teatro. Se mantenía el pulso sucesorio entre la dinastía. Se estrenaba un “Holandés errante” que no pasaría a la historia. A Merkel la recibía un Edmund Stoiber pletórico y que al parecer no guardaba rencor a nadie, pese a no haber logrado el objetivo de convertirse en el primer líder bávaro en la Cancillería federal alemana.

A Merkel se la veía tan feliz como siempre sobre la colina. Obviamiente no se había convertido en la primera mujer en el poder en Alemania. Pero no había caído derrotada ante el animal político superior que era Gerhard Schröder. El canciller socialdemócrata había ganado por la mínima y había conseguido la reelección gracias al empuje de sus socios, los Verdes.

Los conservadores podían seguir regenerándose; los socialdemócratas, presumiendo con su reelección. Tal vez la mente analítica Merkel iba calibrando todo eso. Por eso se la veía feliz en su vestido verde, brazos al aire, escote abierto, de nuevo junto al catedrático de todos los años. Nadie cuestionaba la devoción wagneriana de Joachim Sauer; tampoco las dotes para el cálculo de su esposa, la líder de la oposición.

sábado, 1 de noviembre de 2003

Vía Efe: la DGB también canta

Bayreuth, con entrada reservada al sindicalismo

Gemma Casadevall 






Berlín, 8 ago (EFE).- La colina de Bayreuth, sobre la que Richard Wagner hizo levantar un teatro a su medida, se llena cada temporada de un público que no encaja exactamente con el cliché de este festival de opera: los sindicalistas, que desde hace medio siglo son espectadores exclusivos de dos funciones.

Siguiendo esa tradición, y por extraño que parezca en un teatro que abre sólo para treinta galas anuales y con listas de espera de diez años por entrada, el telón se alzará exclusivamente para la clase sindical en dos sesiones en esta temporada -el próximo domingo y el siguiente.
El "Holandés errante", único estreno del año en Bayreuth, y "El crepúsculo de los dioses" son las piezas reservadas a los sindicatos, con el mismo elenco y las mismas batutas -Marc Albrecht y Adam Fischer- por las que otros fieles "peregrinos" a Bayreuth habrán guardado pacientemente turno o buscado fortuna en la reventa.
"Es una larga tradición, entroncada con la idea por la que Wagner inauguró el primer festival, en 1876: abierto al pueblo y para todas las clases sociales", explicó a EFE Ursula Leibinger-Hasibether, historiadora y casi cronista del certamen.
"El arte para el pueblo: esa fue y debe ser la consigna", apunta asimismo Elisabeth Kugler, administradora ya retirada de la Confederación Alemana de Sindicatos (DGB) de Baviera, que durante décadas gestionó el contingente de entradas reservadas a ese fin.

lunes, 4 de noviembre de 2002

2002 Desayuno con Karin y Edmund Stoiber


Un quimono, una renuncia y el diluvio

+ El imbatible impermeable de Schröder



La temporada 2002 parecía pre-cocinada para el máximo morbo político. El canciller Gerhard Schröder, un socialdemócrata más de fútbol y curriwurst que de Wagner, había anunciado su visita. La asistencia de Angela Merkel, líder de la oposición, se daba por descontada, lo mismo que la del líder bávaro, Edmund Stoiber, así como la del jefe del grupo parlamentario conservador, Friedrich Merz, enemigo interno de casi todo el mundo, tal vez incluso de sí mismo.

Se estaba en pre-campaña. A Schröder se le esperaba en Bayreuth porque su amigo Jürgen Flimm le había invitado a ver su “Anillo”. A Merkel, porque para entonces formaba parte ya del desfile anual de wagnerianos de todos los años. A Stoiber, en tanto que máximo líder bávaro y, además, candidato a derrotar a Schröder en las elecciones del 22 de septiembre. A Merz, por ser Merz.

La aparatosa dimisión del ministro de Defensa Rudolf Scharping apeó a última hora a Schröder del conjunto. Scharping se había convertido en una incomodidad persistente para el canciller. Un año atrás había rozado ya el barranco a raíz de un reportaje del ministro y su novia, la condesa Kristina Pilati. Aparecían haciéndose carantoñas como dos adolescentes en una piscina de Mallorca mientras en Berlín se hablaba de mandar tropas a Macedonia. Ahora el problema no eran ya los chapuzones del socialdemócrata con la aristócrata, sino unos engorrosos honorarios cobrados por dar unas conferencias como ministro.

Schröder, que en esa primera legislatura había despedido ya a siete ministros, fulminó a Scharping. Faltaban dos meses para las generales y tenía los sondeos en contra. Canceló su visita a Bayreuth mientras achicaba las aguas de la tormenta política.

Los focos de Bayreuth se plantaron en Merkel y Stoiber. La líder conservadora se había saltado sus hábitos monocromáticos y se presentó con una especie de quimono multicolor. Una prenda arriesgada, por expresarlo en términos diplomáticos, más teniendo en cuenta que en la colina la recibiría la esbelta Karin Stoiber, impecable como siempre y acorde a los cánones bávaros.

El quimono de Merkel no era un desafío, sino una muestra de su proverbial sangre fría o tal vez un amuleto. Llevó esa misma pieza en 1994, entonces como ministra de Kohl y entonces con su "compañero sentimental", el profesor Sauer. Me gusta pensar que ese fue su primer año en Bayreuth, probablemente porque también fue el de mi primera ascensión al templo.
Foto: red

Envuelta en su emblemático quimono, Merkel llevaba en ese julio de 2002 cinco meses respaldando plenamente a Stoiber como candidato del bloque conservador a la Cancillería. Todo el mundo sabía que al respaldo pleno actual había precedido una conjura contra ella de los hombres fuertes del partido y finalmente su renuncia. Simplemente, nadie la creía capaz de imponerse al animal político teóricamente superior que era Schröder.

El año se había abierto con una especie de encerrona masculina en la cúpula de la CDU, simplificada en los medios bajo el término de “golpe” contra Merkel.

El 6 de enero, la líder de la CDU aún afirmaba públicamente que quería ser ella quien luchase por recuperar la Cancillería para los conservadores en las generales de ese año; el 11 de enero acudió a un desayuno privado que luego los cronistas y biógrafos de referencia calificarían de legendario. Fue en Wolfratshausen, la casa familiar de los Stoiber. Merkel salió de ahí con los ojos llorosos, según algunos medios; con aplomo, según otros. Renunció a su derecho más o menos natural a luchar por la candidatura, a cambio de que lo hiciera el líder de su hermanada Unión Socialcristiana bávara (CSU). 

Aparentemente, a Stoiber sí le consideraban los hombres de la CDU capacitado para ganar a Schröder. Aparentemente, nadie o casi nadie atendió a la voz de otro que reclamaba para sí el puesto, Merz. Tan de la CDU como Merkel, pero hombre y por tanto capaz de derrotar al animal socialdemócrata teóricamente superior.

viernes, 1 de noviembre de 2002

Vía Efe: Abucheos, mecenas fugaces y otros rituales

Guerra de aplausos y ovaciones al "Tannhäuser" de Arlaud

Gemma Casadevall

Bayreuth (Alemania), 26 jul (EFE).- El Festival Richard Wagner arrancó con una apasionada "guerra" entre abucheos y ovaciones que recibió el estreno del "Tannhaeuser" de Philippe Arlaud y Christian Thielemann, cuya magia escénica no podía ocultar los déficits de dirección e interpretación de un producción algo fría y "de diseño".
El templo wagneriano vibró anoche en la apertura del Festival, no sólo con el espectáculo de luces que puso en escena Arlaud o la precisión aplicada por Thielemann a la batuta, sino también por el vigor con que uno y otro sector de público expresó su entusiasmo o decepción ante el único estreno de la temporada.
Arlaud demostró una vez más su capacidad de crear espacios y reflejar estados de ánimos a través de sus juegos de luces, de transformar volúmenes y transmitir conflictos con su luminotecnia, y fascinó a algunos con una puesta en escena muy francesa, que limaba asperezas a la rigidez wagneriana.
Thielemann, una vez más, hizo alarde de ese perfeccionismo que le ha hecho convertirse, en solo tres temporadas en ese festival, en niño mimado del público más exigente del mundo en cuanto al culto a Wagner se refiere.

domingo, 4 de noviembre de 2001

2001 Digno de Wagner


El amable viejecito Wolfgang

+ Hannelore Kohl

Está feo hablar mal de quien te abrió la llave del templo. Mi entrada de acceso a Bayreuth se la debía a Wolfgang Wagner, el iracundo nieto, patriarca, mandamás de la casa, uno de cuyos ataques de ira precipitó el adiós al festival de Waltraud Meier. Fue en la temporada anterior, la del dúo insuperable -por voces, por imán mediático, por todo- con Plácido Domingo, en "La Valquiria" de Jürgen Flimm y Giusseppe Sinopoli.

Foto: alliance dpa
A Wolfgang le debía y seguramente seguiré debiendo mi presencia en Bayreuth. El terrible cascarrabias era también el amable viejecito que facilitó su primera entrada a una corresponsal española, algo perdida por la casa, con la que se topó paseando por los jardines -mi antecesora en el puesto-. De ella heredé el derecho a pedir la mía sin que me remitieran al final de la cola.
En Bayreuth nada funciona como en el resto del mundo. No hay acreditaciones, sino entradas para prensa, cada una de las cuales se suplicaba debidamente por correo postal. Mi antecesora en la corresponsalía se topó con el patriarca unos años atrás paseando por sus jardines. Se tenía entrada. El mandamás se apiadó, ordenó a su oficina que le buscaran una; entró y desde entonces ya no tuvo que suplicar más. Ni ella, ni su sucesora en esa corresponsalía, heredera natural de la entrada original desde 1994. Todo en Bayreuth respondía a algún tipo de derecho sucesorio.


Por primera vez en años, este 2001 no estaría ya sobre la verde colina Waltraud Meier. La más preciada mezzosoprano de Bayreuth, tan bávara como el festival, se había despedido de la casa la temporada anterior acusando a Wolfgang de tirano. El portazo seguía resonando. Tampoco estaba ahí Plácido. Sustituía al dúo perfecto Robert Dean Smith y Violeta Urmana. La batuta la llevaría Adam Fischer, ya que Sinopoli había muerto.

No había estreno para la apertura, sino una reposición de los "Maestros Cantores" de 1996. Una producción más bien rutinaria, como solía ocurrir con las que asumía personalmente Wolfgang y con el leal Christian Thielemann a la batuta. Qué podía salir mal. Se cumplían 125 años del estreno del primer "Anillo" en el teatro que Richard Wagner mandó construir con el dinero de Luis II de Baviera. Y medio siglo de la refundación del festival, en 1951, bajo custodia aliada y obviamente estigmatizado por los años de sumisión a Adolf Hitler. Wolfgang y su hermano Wieland, a quienes Hitler dio trato de sobrinos, fueron los encargados de refundarlo. Desde la muerte de Wieland, en 1966, el nieto superviviente, mandamás iracundo o anciano adorable, llevaba sus riendas en solitario.


Plácido, en papel

"No hay nada peor para todos los interesados que preguntarse los unos a los otros, en voz alta o por lo bajo: ¿cuándo se marchará de una vez el tipo? Una historia trágica, esa despedida. Digno de Wagner", opinó desde el semanario "Der Spiegel" Plácido Domingo. El tenor español hurgaba en la llaga, en un año sin estrenos, sin dúos de altura, con aniversarios redondos y el telón de fondo de la guerra sucesoria sin resolver. Se enfrentaban de nuevo el continuismo -la esposa-secretaria, Gudrun- y la sobrina rebelde, Nike. Katharina, la legítima, era demasiado joven. 


De pronto, Hannelore

Digna de Wagner era también la tempestad incesante sobre la Unión Cristianodemócrata (CDU). Angela Merkel acudía a su segunda temporada en Bayreuth como presidenta del partido de Konrad Adenauer. Esta claro que no lo hacía por imperativo de su cargo. A Helmut Kohl nunca se le había ocurrido intentar sentarse en una de las 1.925 incómodas butacas del viejo teatro para escuchar nueve horas de "Anillo" wagneriano.

jueves, 1 de noviembre de 2001

Vía Efe: Nike y un hermoso Lohengrin

Foto: Bayreuth Festspiele

Bayreuth se divierte con los "Maestros" y olvida la etiqueta

Gemma Casadevall


Bayreuth (Alemania), 26 jul (EFE).- Los wagnerianos no sólo se divirtieron con "Los maestros cantores de Núremberg", sino que también olvidaron la rigurosidad de la etiqueta en la inauguración del Festival de Opera Richard Wagner, que fue una gala redonda de conjunción de voces y juego escénico La opera más popular del repertorio de la casa convirtió la apertura del certamen, la noche del miércoles, en una fiesta, rematada por una ovación con rango de homenaje a Wolfgang Wagner, nieto del compositor y director del festival.
La historia de amor entre el "aprendiz de cantor" Walther von Stolzing -Robert Dean Smith- y Eva -Emily Magee- tuvo proporción de gran espectáculo y los wagnerianos coronaron a su primer "héroe" de la temporada: Robert Holl, que bordó el papel de Hans Sachs.

sábado, 4 de noviembre de 2000

2000, La segunda mujer más feliz de Bayreuth


Presidenta

+ Schäuble, el soldado roto

Foto: alliance dpa
Por fin, un “Anillo”. El primero al que se asiste en el Bayreuth es la reválida para todo aspirante a wagneriano. 2000, estreno de la tetralogía en el templo, con Jürgen Flimm al frente de la producción y Giuseppe Sinopoli a la batuta.

Ni lo uno ni lo otro habrían justificado para mis patronos el dispendio que supone seis días de hotel en Bayreuth, más dietas, etc. Son cuatro las piezas, pero en medio suele programarse un día de “descanso”, lo que junto a la jornada previa acaba sumando seis pernoctaciones. Sin duda un detalle del festival al sector hotelero de esa ciudad de provincias bávara que todos los años, por cuatro semanas y media, se convierte en punto de peregrinación global.

Sí justificaba el viaje la presencia de un Sigmundo llamado Plácido Domingo. Era de cobertura obligada para un medio español, que acabó en jugada perfecta. En lo personal, porque la Siglinda de Sigmundo Domingo era Waltraud Meier, la más excelsa mezzosoprano a la que se puede aspirar en Bayreuth. La hija predilecta del festival. 

Desde el periodístico, porque tras un par de llamadas el manager de Domingo me organizó una entrevista con el tenor.

El déspota Wotan acababa de matar a Sigmundo; el tenor español no tenía nada mejor que hacer hasta el fin de su "Walkiria", por lo que dedicó cortesmente al medio español un espacio de tiempo en ese entreacto. Acudió a la cita aún enfundado en su traje, el pelo revuelto, entre cenizas y abriendo un seductor abrazo en dirección a la maravillada periodista.

Nada de lo que le explicó era relevante. Las frases comunes de esas situaciones. “Mi personaje es un héroe trágico, perseguido por el sufrimiento, cuya vida acaba justamente cuando encuentra la felicidad, cuando tiene a la mujer que ama y conoce, finalmente, a su padre”. Este tipo de cosas. Alabanzas a la “maravillosa” producción de Flimm, a la batuta de Sinopoli y, obviamente, a Meier. 

Sobre el escenario, la pareja desplegaba sensualidad, pasión y voz. A Domingo solo le quedaba esperar la ovación final tras el último acto, razón por la cual no iba a desprenderse del traje de Sigmundo ni de las cenizas del pelo para un encuentro con la periodista estratégicamente colocado en una salita de ensayos del teatro.

La entrevista no sería gran cosa. Pero el mero hecho de tenerla era superar la reválida con sobresaliente. Era, por lo demás, la segunda ocasión que veía a Domingo aclamado en Bayreuth. La primera fue en 1995, en el "Parsifal" de Wolfgang Wagner y Sinopoli. Mi segundo ascenso al templo, donde el simple  hecho de tener, por fin, una entrada era ya un triunfo. Ahora a ese privilegio se había incluido el de la entrevista y un estrecho abrazo del astro entre bambalinas, como se suele decir en esa terminología algo cursi cultural cuando no sabe uno exactamente como definir el lugar.

Podía dedicar las restantes jornadas a dejarme llevar por un experimentado colega alemán a los sitios ritualizados para los entreactos. En el primero se subía al "Freiluftbad", el chiringuito y solarium, a 100 metros del teatro, tras uno de los aparcamientos. Gente etiquetada, periodistas o público selecto hacían cola entre los vecinos de Bayreuth en bermudas para comerse una salchicha. 

Para el segundo descanso se iba al rústico “Mohren Blau”, colina abajo. Otro sitio donde tomarse una cerveza sin arruinarse, mientras nuevos ricos o ricos de verdad se reparten por los restaurantes oficiales vecinos, principalmente el Steigenberger. La entrevistadora de Sigmundo Domingo era ese año la mujer más afortunada de Bayreuth.

Felicidad entre lobos


La segunda mujer con razones suficientes para sentirse afortunada era Angela Merkel. Seguía siendo un cuerpo extraño, tanto en política como en Bayreuth. No encajaba en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Konrad Adenauer o Helmut Kohl. Tampoco en el templo wagneriano de Wolgang Wagner y la elite bávara. Pero se había apuntado el primer hito histórico. 1999 se cerró para ella y su partido con la ya incónica columna en la “FAZ” reclamando la “emancipación” del partido de Kohl, el coloso caído en descrédito. 2000 se había abierto con la confesión en la televisión pública, la ARD, del delfín del anterior, Wolfgang Schäuble. Reconocía haber sido el receptor de un donativo del comerciante de armas Karlheinz Schreiber, la pieza clave en ese entramado de donantes anónimos de Kohl. Aceptaba así explícitamente haber mentido ante el Bundestag, donde unos meses antes había sostenido lo contrario. Una semana después de la confesión, la cúpula de la CDU pedía a Kohl que dejara en suspenso la presidencia de honor mientras no diera la lista de sus donantes. A las pocas horas, el patriarca renunciaba al último cargo que se había autootorgado, pensando que adornaría su jubilación z convencido de que su presencia siempre sería imprescindible.

miércoles, 1 de noviembre de 2000

Vía Efe: Entreacto con Domingo y otras dos

Foto: Schott Music

Domingo y Flimm humanizan los mitos del "Anillo"

Por Gemma Casadevall


Bayreuth (Alemania), 28 jul (EFE).- Plácido Domingo triunfó ante el público wagneriano con una interpretación de "La Walkiria" más humana y cercana al mundo presente, de acuerdo a la versión de "El Anillo del Nibelungo" que presenta en Bayreuth Jürgen Flimm.
La segunda pieza de la tetralogía de Richard Wagner ratificó la noche del jueves el éxito que tuvo "El oro del Rhin", el día antes, y gratificó al auditorio bayreuthiano con la voz del tenor español, que reaparecía en el festival bávaro tras cinco años de ausencia.
Acompañado por Waltraud Meier, en el papel de Siglinda, y con Alan Titus, en el de Wotan, Domingo moldeó un sensible Sigmundo, con aires poco "wagnerianos" -en el sentido dogmático de la palabra-, que tocó la fibra del templo operístico alemán.
"El secreto de esta nueva producción está en Flimm, un hombre de teatro, que trabaja con los intérpretes desde una perspectiva muy sensible. Con él, desaparece el gesto exagerado "a la antigua" y se impone la cercanía humana", manifestó a EFE el tenor, al término de su interpretación y aún envuelto en su traje de Sigmundo.

jueves, 4 de noviembre de 1999

1999 Señora Sauer

 

Foto: alliance dpa


Sonrisa de recién casada


+ El brindis de Lafontaine, el maletín del tesorero y la columna de la "Faz"


 
La temporada 88 del Festival Richard Wagner de Bayreuth se abrió el 25 de julio, como venía haciéndose cada año. Al menos, como lo recordábamos quienes llevábamos algún año más ya como visitantes la verde colina -modestamente, en mi caso, desde 1994-. 

La temporada arrancaba, como casi siempre, con un estreno para la apertura, el "Lohengin de Keith Warner y Antonio Pappano. Y, también de acuerdo a lo habitual, se hablaba en los entreactos, entre helados de chocolate, copas de champagne real o sekt alemán, del rompecabezas familiar y la guerra de sucesión de los Wagner. El nieto del compositor y patriarca de la casa, Wolfgang, no pensaba soltar las riendas al menos en un par de años más, se comentaba de nuevo. De hacerlo, se aseguraría la perpetuidad a través Gudrun, su exsecretaria y segunda esposa, 25 años más joven y madre de Katharina, la heredera natural. La llamada sobrina rebelde, Nike, aspiraba a romper esos planes. Estaba además como tercera en liza la hija del primer matrimonio de Wolfgang, Eva Wagner-Pasquier. E incluso un tataranieto, Wieland Lafferentz, que había añadido su nombre a lista de aspirantes. La guerra sucesoria animaba nuestras coberturas previas y los famosos entreactos de una hora de reloj, entre copas, helados, viendo entrar a los VIPS en el Steigenberger vecino, tomando cervezas en el chiringuito al sol o picnics sobre la hierba.

Nada que no pudiera esperar. Wolfgang, el refundador, llevaba en el puesto desde 1951. Cumplía los 80 en agosto. Pero no iba a retirarse, según sus cuentas, antes de 2001.

Como todos los años, la plana mayor de la política bávara desfiló hasta el granero más caro del mundo, como se apodaba al teatro que mandó construir Richard Wagner en esa ciudad de provincias bávara y donde abrió su primer festival, en 1874. 

Ahí estaba la farándula local entre ricos de rigurosa etiqueta, menos ricos tratando de estar a la altura, algún intruso y también algún ministro del gobierno que un año antes había apeado del poder a Helmut Kohl. Los machos alfa de la recién estrenada coalición roji-verde, Gerhard Schröder y Joshka Fischer, no se contaban entre los afines al granero. Pero delegaban la presencia en otros.

El desfile inaugural incluyó a Angela Merkel. Acababa de cumplir los 45. Llevaba apenas nueve años en política y había pasado ya por dos ministerios con Kohl -primero, el de la Familia, Juventud, etc; luego Medioambiente-. Pero seguía siendo "das Kohls Mädchen", la muchacha de Kohl. La hija del pastor protestante, crecida en una parroquia perdida de territorio comunista, a una hora de Berlín, resumían sus biógrafos. La científica que saltó a la política en cuanto cayó el muro. Ingresó en la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Kohl en 1990; ese mismo año se hizo con su primer escaño de diputada en Stralsund, un distrito báltico. De ahí pasó a ministra del canciller necesitado de rostros jóvenes del este, a ser posible de mujer. Ella cumplía todos los requisitos. Fue una carrera prodigiosa.


Adecentando lo privado

Merkel era todo eso, había sido ministra de dos legislaturas de Kohl. De esa posición había pasado a la de secretaria general de la Unión Cristianodemócrata (CDU). Sin hacer ruido, apuntalada en su ya por encontes reconocido talento para organizar e inagotable capacidad de trabajo. Las horas que hiciera falta. Tal como había aprendido en ese austero hogar del pastor protestante del este alemán donde creció. 

En noviembre de 1998, unos meses después de la derrota conservadora ante el socialdemócrata Schröder, había accedido a la secretaría general del partido que desde hacía un cuarto de siglo era dominio de Kohl. Fue en el mismo congreso en que Kohl le traspasó, entre pucheros y emocionado por su propia grandeza, la presidencia del partido a Wolfgang Schaüble.

El 30 de diciembre de ese mismo año se casó Angela Merkel con Joachim Sauer, cinco años mayor que ella. Formaban pareja de hecho desde un tiempo no determinado. En cualquier caso, superior a lo que un partido conservador puede encajar sin impacientarse para su secretaria general. Sin hijos, por parte de ella. Con dos hijos varones, adultos, per parte de él.

Por Bayreuth apareció Merkel con esa sonrisa de recién casada. La pareja no era nueva. Se conocían desde 1984, aproximadamente; a Sauer le había dedicado Merkel una mención de agradecimiento por la "mirada crítica" que echó a la tesis en Ciencias Físicas  con que se doctoró, en 1986. Sauer era por entonces un científico destacado en Física Cuántica, llevaba unos tres años divorciado y tenía dos hijos. No se sabe mucho más. La discreción en lo privado era ya por entonces señal de identidad para Merkel. Mucho más iba a serlo para Sauer y familiar precedente.

lunes, 1 de noviembre de 1999

Vía Efe: La previa y el "Tristán" póstumo de Müller

La guerra de sucesion en los Wagner anima Bayreuth, a la espera del "Lohengrin"

Gemma Casadevall

Foto: Getty Images

Bayreuth (Alemania), 23 jul (EFE).- La guerra de sucesión en casa de los Wagner animará la apertura del elitista festival operístico alemán de Bayreuth, que este domingo abre su edición número 88 con el estreno del "Lohengrin" de Keith Warner y Antonio Pappano.
Los wagnerianos de todo el mundo, congregados un año más en la verde colina de la ciudad bávara, tendrán tema de conversación donde aligerar la descarga de emotividad que desprende el drama de amor entre el Caballero del Santo Grial y la hermosa Elsa.
El conflicto entre los herederos de Richard Wagner, latente desde hace años, se disparó a punto de levantarse el telón del "granero" más caro del mundo, como se apoda al teatro construido en 1873 por el compositor alemán para representar el "Anillo del Nibelungo".
Wolfgang Wagner, nieto del genio y director del festival desde 1966, no quiere soltar sus riendas por lo menos hasta el 2001 y sólo está dispuesto a dejarse ayudar en esta hazaña por su ex-secretaria y actual esposa, Gudrun, 25 años más joven que él.
A estos planes se opone su sobrina Nike, hija del fallecido Wieland Wagner, el artífice de la resurrección en la postguerra, concretamente en 1951, que pocos años antes había sido el "jardín operístico" de la elite hitleriana.