Imposible escapar a la realidad, ni siquiera en el interior del teatro de Richard. En lugar de desfile de políticos y farándula, recibía al asistente un cartel dedicado a las víctimas de los actos violentos "en los últimos días".
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| Foto @gemmacasa |
La noticia de este último atentado, el de Ansbach, se produjo justo cuando entraba en mi hotel de Bayreuth, la víspera de la apertura, decidida a soltar mi portátil sobre la cama y dormir. No era la primera vez que el mundo real del presente invadía mi propósito de sumergirme en Wagner en el mejor lugar del mundo para escuchar sus óperas, en definición de Richard. En esta ocasión llevaba ya demasiados días seguidos de atentados y muertes.
Lo que menos podía desear al entrar en la habitación del hotel era abrir de nuevo el ordenador para lanzar la noticia del atentado de Ansbach. Había recibido -y tratado de ignorar- en mi móvil algún urgente sobre una ambigua "explosión" en una ciudad bávara por la casualmente había pasado mi tren camino a Bayreuth. Lo siguiente fue resignarme a abrir ordenador y buscar informaciones fiables para trasladar los urgentes a mi redacción. Sobre la cama del hotel, de madrugada, mirando la franja roja de los informativos alemanes y el apoyo de una buena colega de guardia compartiendo la historia, probablemente en posición parecida, con el portátil sobre las rodillas, pero desde la cama de su casa.


























